La Propia Defensa |
16/04/2008 |
Y vivía desquiciado por la estúpida sospecha
de que alguien llegaría a arrebatarle su existencia.
Su paciencia y pertenencias, sus creencias y su ser.
Podría ser mucho peor, el mundo entero conspirando.
Y vivió su vida entera enfrentado a los demás,
y planeó todas sus tácticas en forma de defensa.
Una táctica que va del odio hasta la indiferencia.
‘No me lleven la contraria, nunca me convencerán’,
decía mirándose al espejo antes de salir a la calle.
¿Cuantos hay que puedan permitirse el lujo
de no preocuparse jamás en la propia defensa?
Sospechó que las palabras eran flechas afiladas.
Solo oía ese silbido que al volar las acompaña.
Todo eran dobles sentidos, y eso no era lo peor:
las miserias siempre crecen entre las debilidades.
Puede ser real, o no, pero él creía en las señales.
Y perdió la perspectiva y se asustaba al escuchar:
‘No somos flechas ni mentiras,
somos restos de verdades’.
¿Cuantos hay que puedan permitirse el lujo
de no preocuparse jamás en la propia defensa?
¿Y cuantos hay que se preocupan por nada?
Y así moría atormentado por la estúpida sospecha
de que alguien, algún día, le arrebataba su existencia.
Y antes de cerrar los ojos le llegó la inspiración,
¿pero ahora qué?
Escrito por Julio de la Rosa
a las 14:7 |