Los huevos del escorpión |
14/02/2008 |
A una playa de las Islas Canarias llevaron arena de un desierto africano. Miles de huevos de escorpión eclosionaron tiempo después para sorpresa de niños y mayores. Los socorristas dejaron los ligues de verano. En la Peña de los Enamorados una cantera dejó un mordisco apasionado. La industria pica piedra abandonada se da un aire al Partenón. Me gusta el estallido de las botellas vacías. Cuidemos la naturaleza. El viento y el mar arrancan las banderas azules. En Cádiz miraba los diferentes colores de los granos de arena, buscaba los transparentes, pensaba que sólo esos servirían para hacer vidrio, nunca tuve paciencia para juntar tantos como para un litro. Trabajos forzados en la cantera minúscula y fácil, tumbado en una toalla húmeda. Antes daban dinero por los envases. Primeras cervezas. Coca cola para los socorristas. Una vez les ganamos al béisbol. Otra vez me hice polvo un dedo con una puerta y me llevaron en la zodiac a la casa de socorro. Mientras duró el viaje no me dolía nada. Necesito una barca. Prometo que no necesito nada más. La barca es lo último. En una tienda de ultramarinos vi a un pobre hombre comprar medio litro de Don Simón envasado en una bolsita de plástico. Para navegar mi único título podría ser una etiqueta de anís del mono. Tampoco es que vea guardias civiles ni autoridades mar adentro. Mientras dure el viaje no sentiré dolor. Voy a chuparme el dedo. Anís. Cuando nací levantaron una presa en Egipto que va a ahogar a los dioses en su descanso tras la creación del mundo. Necesito descansar. Duermo bastante. En Girona pisé un erizo marino. Un chiste gaditano compara la fiesta en que se los comen con cierto tipo de películas. Un amigo mío salvó a otro de morir ahogado en Tarifa. No se conocían. Eran amigos de lugares diferentes. Tampoco es que tenga tantos. Casualidad. Qué bien se está en la arena mojada cuando has estado camino del fondo. Ni el mar deja a la tierra tranquila. Leo mi horóscopo mejor.
Escrito por Antonio Luque
a las 15:27 |
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Al final de la escalera |
13/11/2007 |
He visitado unas diez casas abandonadas como la mía. En algunas una cuadrilla de fumadores compulsivos ha empezado a trabajar. O eso parece. Ya están vendidas, y cuando vuelva a ser verano se asomarán las turistas a tender los bañadores suavemente. Los inquilinos antiguos deben de haber muerto, no habrían abandonado de otro modo las vistas. En una cuba de escombros hay una máquina antiquísima de coser que bien puede haber remendado enormes calzoncillos para el baño de principios del siglo pasado, un baño frío y pudoroso como la misma muerte. Ya se llevará tal artefacto alguien con ganas de cosas viejas que vender a marquesas aburridas y nostálgicas. Mi madre compró una en los 80, programada para hacer dibujos que nadie necesita en la ropa ni hoy ni entonces. Me gustaba rebuscar en los botones, aún sabiendo que sólo había botones. ¿Nadie ha inventado un sistema mejor para los sujetadores, por cierto? Hay mesas camillas que han sobrevivido los incendios para los que estaban diseñadas; hay pitas imposibles de reconocer cuando germinan en macetas y te lo pregunta una chica, sillas con tres patas y gatos con las cuatro; cientos. El mediterráneo era un espejo liso inclinado a los 23 grados de noviembre y subía de tomar café en el Manhattan, asilo de borrachos y espectadores de fútbol comercial, pues todo el vecindario estaba sin agua y yo hasta sin cafetera. Las tuberías son de los años treinta y en ellas podría escucharse, pegando el oído haciendo el indio, cual una música de órgano vacío, el eco de los bombardeos a niños y mujeres corriendo hacia Almería, como hago yo a veces, llegando igual de lejos, más bien poco. Ernesto, el dueño de todo esto, trató de explicarme los caminos que debía recorrer el agua desde los depósitos que ya se habían desbordado para nada, que desde lo más alto eran origen de un nuevo entramado de mangueras de plástico peor que el de hierro oxidado de preguerras, peor porque se supone que la humanidad progresa, aunque ya un alcalde en Marbella supo que no había que mejorar lo que no se ve, porque no se ve, como el espíritu de los antiguos inquilinos que yo querría haber visto, y porque además es imposible no pagar el IBI. Miré un poco los tubos negros y azules colgantes, le dije que me recordaban a la feria de Sevilla sin farolillos y pensé antes en el camino de las corrientes que trajeron las cañas desde Nerja y que dos meses después un solo operario había terminado de recoger. Sólo fumará, pero charlará menos, han debido de pensar sus cientos de superiores. Intenté comprender lo que me decía, le respondí que hace 14 años que aprobé ingeniería rural y que hiciese el favor de llamar al fontanero, que apareció esta tarde con un cigarro encendido y otro en la oreja, casi más cigarrillos que dientes, diciendo entre dientes…que si me corría prisa afeitarme. Desde entonces pienso en otros usos de las navajas, en un cuchillo enorme que vi clavado en mitad de un parque hace muy poco, en lo versátiles que son los de la marca Bic, en lo estúpido que es que no vendan cerveza en la tienda que está junto al Manhattan pero sí en el Manhattan, porque son más de las 22:00 cuando escribo y no quiero parecer un derrotado, como me sentí cuando semejante fontanero desaliñado resolvió el problema sacando el aire de los tubos, agachado como un aborigen australiano y abriendo una llave de paso que hay abajo del todo, junto a la carretera, al final de la escalera. Al subir por ella miré al monte en el que vivo, vi que lo de los 23 grados tiene los días contados y que con tantas pitas y tanto abandono no puedo evitar pensar que me he metido en un jardín peligroso. El del final de la escalera.
Escrito por Antonio Luque
a las 18:11 |
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Cuanto más miro más me gusta |
14/09/2007 |
Aquí estoy otra vez. Como esto es un diario y no me siento nada inspirado voy a contar qué pasó ayer, pues siendo de higos a brevas y viendo ya brevas deliciosas a ratos me temo que he de lanzarme y que sea lo que Dios quiera. Está hecho. A las cuatro de la mañana seguía escuchando una montaña de discos mientras una tormenta con enorme aparato eléctrico (ay, qué ganas tenía de escribir ese tópico, pues viene al pelo; todo viene al pelo cuando las cosas encajan) convertía el mar y el cielo de enfrente en una pista de baile en la que los barcos se hundían de miedo bajo luces estroboscópicas y hacían lo que podían con sus bombillas para peces, poca cosa, pescados de tallas pequeñas con los que las autoridades harán la vista y la barriga gorda. Muchas veces me dan ganas de ser pescador. Ayer me conformé con la música, por la cuenta que me trae, contamos los CD´s por encima, estaban en el suelo. En el supermercado dijeron que había alerta amarilla unas 8 horas antes. Me gusta mi jornada laboral. Compraban magdalenas porque regalaban el envase de plástico. Un yonki se atiborraba en la puerta de palmeras de chocolate. Compré ron y quise fotografiarme sobre el tocón de una palmera muerta en el paseo, víctima del escarabajo picudo o de algún iluminado de parques y jardines, picudo igual, fijo discontinuo. No tengo cámara. Vi las descargas eléctricas fascinado y ayudado por Bill Callahan hasta que las tuve encima y dejé el balcón y a mí mismo solo y remojado. No hacía ni media hora saltaban chispas y el fuego coloreaba de rojo mi chaleco rojo, y mi cara encendida por la timidez contemplaba la carne atravesada por los palos; protegía a los demás del infierno por el que paso cuando pienso en qué no tengo ya y me daba la vuelta para ver el horizonte a menos de un metro y daba un trago y me gustaba más y daba las gracias a Dios por estar escuchándome. También a Bill, que es una criatura como nosotros y va en el mismo barco, como los de “Man about the house” sobre el Támesis. Los viejos lo pasaban mal en los cruceros, imagino. Luchar contra la vejez consiste en no hacer lo que se espera de nosotros. Todo estaba en blanco y negro como las películas clásicas y mandé mensajes incomprensibles por Internet a todo cristo y me sentía tan solo como con el mundo entero, como el balcón mismo. Invité a la vecina que sonríe todo el rato por esa razón y a la mañana siguiente me despertaron para venderme placas solares y, aunque seguía lloviendo, le dije que quería una porque me dijo que si podía tutearme, y, al autorizarla, no lo hizo, sino que me llamó corazón, y eso no falla. Bueno, una vez me falló y estuve en urgencias 24 horas, cosa que no debe de ser tan mala viendo el incomprensible éxito de las repugnantes series de hospitales. Además, ya no vuelve a fallar porque cada vez es más viejo y más diablo y no hace lo que espero de él. Es completito. No piensen mal de mí. La botella sigue ahí casi entera y mi embriaguez también. Es la poesía y la virtud lo que más me gusta. Bueno, no. No sé. La duda me gusta también. Está saliendo el sol aunque sea por un rato, pues está atardeciendo y las gotas caen desde los bordes de la mesa circular al suelo, y de ahí al de la vecina, como si algo estuviese tirando del hilo de un collar de perlas transparentes y desiguales; será la gravedad o la diferencia de potencial que se ha llevado la tormenta a cualquier sitio en que no se necesite el agua, con lo bien que estaría una garbeo suyo por África, guiada por Julio Marvizón, al que le gustan las tormentas y la parapsicología aunque parezca Papá Noel. Eso le he dicho a una amiga que está preocupada porque había tendido sábanas, le he prometido que se secarán y olerán a lluvia limpia, que no se preocupe, que si no se secasen nunca se usarían para acabar con la hambruna; serían retorcidas por tribus sedientas con la misma pasión que ante otras sábanas santas siente nuestra tribu de extrañas y pantagruélicas ceremonias; que serían un manantial maravilloso de líquido vital sus sábanas rosas, que me aliste desde ya en esa tribu, que tengo hambre y me comeré la carne que sobra, que demos una vuelta, que me tengo que duchar, que igual vuelvo a nadar hoy por llevar la contraria a los que piensan que el verano se puede llegar a acabar, que la llamo luego y que ya no escribo más, discúlpenme todos. Hasta otra. Besitos.
Escrito por Antonio Luque
a las 11:42 |
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