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Lunes 12
Mayo 2008

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Portada


El dealer pornográfico
20/04/2007

El dealer pornográfico se ha vuelto hoy en día una figura imprescindible para el aficionado a la pornografía que carece de tiempo y de un buen antivirus. Veámoslo así: hay pocas cosas que hagan sentir a una persona tan vulnerable como verse en la situación de buscar recursos externos para sus juegos privados pero también hay pocas cosas más despreciables que lucrar con la necesidad.

A la pornografía se le conceden segundos valiosos, robados a la rutina diaria, son momentos solitarios o no, pero alcanzados sólo gracias a una férrea voluntad de evasión y luego de cálculos y acomodos horarios imposibles que el usuario de pornografía hace para acabar sentado frente a una pantalla que reflejará su rictus congelado en el éxtasis. Es justo antes de llegar a ese momento que aparece el temible cartelito aquél: Join Now y es cuando toda la diversión se acaba y el navegante debe elegir una vez más para terminar la ceremonia su ejemplar de Playboy del 84, un CD con imágenes pixeleadas o lo que tenga más a la mano. Internet te estafa o, lo que es peor, te cobra, los videoclubs nunca tienen novedades y te humillan con cuartuchos aislados, los cines porno se han convertido en iglesias de sectas horrorosas. ¿Cómo seguir refinando y actualizando ese gusto irreprimible por las equis?

Así aparece la figura del dealer pornográfico, alguien capaz de proveer a domicilio material de gran calidad no apto para menores de edad que descarga gratis de Internet. Su misión es brindar ayuda a aquellas personas que tienen una enorme curiosidad pero les hacen falta horas y fuerzas para avanzar hacia los cauces adecuados sin convertir sus ordenadores en enfermos crónicos que vomitan coitos.

El dealer pornográfico es ya alguien de carne y hueso. Yo lo conozco. En realidad, lo conocí hace algún tiempo pero solo hace poco supe de esta otra faceta. Primero la necesidad y luego la necedad lo llevaron muy lejos. Lo suyo ya no tiene que ver con la palabra necesidad sino quizá con la palabra conocimiento. Su relación con la pornografía puede resumirse en un episodio: a los trece años su mamá le preguntó si quería probar su teta como cuando era un bebé y él le respondió que sí. Fue algo inocente entre madre e hijo que la gente a la que lo ha contado suele ver como pornográfico. Eso es lo que piensa este dealer de la pornografía: es una etiqueta que usa la gente para hablar de cosas que no entiende.

Su erudición es la que comparte con los consumidores, nada más. Suele llegar a las casas, sudoroso, con una mochila en la espalda en la que lleva una selección de lo mejor de sus pesquisas y capturas en la red. Abre uno a uno cada video y muestra fragmentos, como si diera a saborear la "merca" para probar que sí es de la "pura", que no hay cuento. Trae los videos clasificados: amateur, vouyeurs…y, sin que el usuario se de cuenta, ha formado  de pronto una panorámica histórica de la evolución del porno hasta la fecha. Un día detalla la biografía de Taylor Rain, una chica que iba a ser aeromoza hasta que ocurrió lo del 11-S y entonces se volvió actriz porno y estrella del sexo anal-- de ahí que, sugiere, algunos agradezcan tangencialmente lo providencial del atentado--. Y otro día es capaz de sacarse de debajo de la manga algunas webs curiosas, como www.youporn.com, el clon lujurioso de You Tube, en la que la gente común cuelga videos amateur propios y sobre todo ajenos.

Por supuesto, cuando trabaja nunca se excita, ni pretende que se eso le ocurra a su interlocutor, sería poco profesional, más bien se enfrasca en algún tema polémico, como que las estrellas porno ya no tienen el look de Pamela Anderson y son chicas como nuestra vecina que pasea el perrito, que las actrices ahora son todo menos estrellas, más bien se trata de actrices involuntarias, anónimas, pilladas, novias de alguien; que los directores porno somos en realidad nosotros mismos. Que todos podemos hacer el porno de moda. El dealer pornográfico piensa que sería genial que existan blogs porno donde las chicas y chicos cuelguen sus videos sólo porque les gusta colgarse, exhibirse, y escriban sus diarios sexuales, dando la cara. Porque un rostro --concluye el dealer pornográfico-- aunque sea uno o dos segundos de rostro, es algo que sube muchos puntos a un video amateur. Como dije, él sabe de lo que habla.

Lo más enigmático del dealer pornográfico es que no cobra. Al parecer, no ceja en su empeño de engancharte únicamente porque sabe que cuanto más te cuelgues a su mercadería estará menos solo en el mundo. Y tú también.

Escrito por Gabriela Wiener a las 11:42

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Se busca
02/04/2007

Busco a Natalio, a mi Columbine particular pero sin escopeta. Mi "Bully" de aquellos remotos días en un colegio alternativo de Lima, Perú, donde nos enseñaban sobre los valores de la igualdad y la solidaridad entre compañeros. Se llamaba así, Natalio. A diferencia del hombrecito de la canción de Sui Generis, no tiene un sombrero gris pero sí un pasado negro. Lo busco porque quiero algo de él aunque todavía no sé bien qué. Ahora es el webmaster de Evo Morales pero de niño era mi verdugo. No es que piense en él todos los días de mi vida pero la otra vez vino su nombre a mi cabeza y lo tecleé rabiosamente en google y así me enteré que lleva la web del MAS, el partido del presidente de Bolivia. Si Evo está leyendo este blog, quiero decirle que tiene entre los suyos a alguien que traiciona los ideales de la izquierda, un sujeto que no cree en la igualdad, ni de géneros, ni de raza, ni de nada, un discriminador y agresor consumado. A mí me insultaba todos los días. Me ponía apodos crueles, todos tenían que ver con el color de mi piel (por cierto, él era casi tan negro como yo). No pondré aquí los insultos, pues podría parecer un homenaje a su torpe inventiva. Siempre que podía se burlaba de mí, dejándome indefensa, ruborizada y callada, escuchando las carcajadas que él había provocado en los demás a costa mía, esas risas me acompañaban después del colegio, recordarlas era una demolición constante de mis endebles seguridades en este mundo. Nunca supe qué responderle, cómo reaccionar, cómo mirarlo, cómo hacer para que no viera mi sufrimiento. Mi esfuerzo por no tenerle miedo era tan notorio que es posible que le diera estímulos para seguir.  

El otro día alguien me comentó que había leído este blog pero que no lo leería más porque no le gustaba la manera en que decía las cosas, le parecía que yo era una persona llena de resentimientos y eso la cargaba de energías negativas que afectaban su chacra. No sé por qué se ve tan mal que uno tenga resentimientos, estoy tan harta de esta cultura de la gente en paz consigo misma. ¿Hay alguien que realmente haya dejado atrás el pasado y no tenga de qué liberarse? No me importa lo que diga Nietzsche. Pienso rebelarme, aunque quede mal. Los resentimientos son como la cicatrices, tienen estas formas raras, un poco feas, y siempre hay alguien dispuesto a preguntarte por ellas. Y, a veces, hablan solas, sin tu permiso. Como ahora. Esta es la mía. Por eso busco a Natalio o quizá no lo busco, quizá sólo quiero escribir su nombre, como cuando las mujeres golpeadas se miran al espejo y lloran y dicen nunca más o cuando por fin van a la policía y luego las matan.  

Lo busco, y como el chico es webmaster, entonces yo lo denuncio on line. Y lo reto a hackearme. Sobre todo porque no hace mucho supe que el acoso infantil en las escuelas es un delito y ahora sé que todo lo que me ocurrió no fue por culpa de mi hipersensibilidad. Albergo la secreta esperanza de que se haga justicia, así lo que hizo mi bulli no quedará impune. Aunque sea de esta manera.  

El bulli es el acosador escolar, término que se deriva del vocablo inglés Bulliying, algo así como un ataque personal o una broma pesada. Así es llamado el fenómeno de la intimidación y la violencia entre escolares. Ahora sé que los niños humillados y ridiculizados son considerados ya víctimas de violencia, aunque no estén en las estadísticas. Me enteré que hay niños que se deprimen, que tienen pesadillas, miedos y sudoraciones, que no quieren ir al colegio. Supe que la Asociación Nacional de Educación de Estados Unidos calcula que diariamente 160 mil niños faltan a la escuela porque tienen miedo de ser acosados. En Japón se suicidan por lo mismo y también en España (Yokin no ha sido el único mártir del hostigamiento escolar). Y que ahora la tolerancia es cero.  

Creo que nunca he dejado de ser esa niña acosada, aún vive oculta dentro de mí y, en ocasiones, cada vez menos, se asoma, inmóvil, con el mismo rostro descompuesto. Por eso lo busco, porque ahora ya soy grande y puedo verlo cara a cara y hasta podría decirle que a las cinco te espero en la calle, maldito imbécil.

Escrito por Gabriela Wiener a las 15:31

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Reclutas de la belleza
16/02/2007

Para P, al natural.  

La superación personal nunca ha sido mi fuerte, ni el maquillaje mi debilidad. Por eso me sentí tan rara cuando entré a la sede de aquella empresa de cosméticos. Era difícil de creer que existiera en este siglo un último reducto de esos viejos centros de producción en serie que entregaban al mundo la modelo de las mujeres trabajadoras: la vendedora de maquillaje. P me había pedido que la acompañara. P es alguien a quien quiero. Y es también una de las miles de mujeres que esta empresa recluta para la venta directa de sus productos de tocador.  

Me había topado con ellas en varias ocasiones y en varias etapas de mi vida. Tenían el don de la ubicuidad, las había visto entrar a la cafetería de la universidad, al baño de la oficina, colándose subrepticiamente en el cumpleaños de alguna amiga, abordando a alguien en el autobús. Abrían sus maletines negros como si fueran traficantes de joyas robadas y te pintaban la boca. Podía ser una desconocida, mi vecina o alguien de mi propia familia, pero su estrategia era siempre la misma: ofrecían una limpieza de cutis gratis, con lo cual se ganaban rápidamente una legión de chicas con patas de gallo y un vacío en sus vidas. Al segundo, sin embargo, ya estaban lanzando todo el sainete sobre cómo hacerte rica formando parte de su ejército de vendedoras estrellas.  

Su estilo era casi idéntico al de los Testigos de Jehová, sólo que en lugar de la revista Despertad! sacaban un catálogo con las últimas mascarillas antiarrugas. En lugar de la vida eterna, prometían jugosas comisiones mientras explicaban por qué ese delineador labial con brillo de cristal era una verdadera ganga. Hacerte socia no sólo suponía ingresos extra, la posibilidad de elegir tu horario y comenzar un negocio propio, también podían conseguirte una vida, si te hacía falta. Nunca más sentirte inútil por ser una pensionista sentada en la banca del parque. Nunca más desengrasar los platos creyéndote la improductiva de la familia. Gracias a la venta de la última loción exfoliante, podrás conocer personas y hacer amistades con otras mujeres que están ganando dinero a manos llenas en muchas partes del mundo. El prospecto que leí esa tarde en el local de la compañía decía que era una gran oportunidad de crecimiento personal y de integrarse a una "familia" que reconocía tus logros. "¡No se requieren estudios, experiencia, capital o condiciones físicas para triunfar!", anunciaba un enorme cartel verde fosforescente en la pared.  

Mi querida P está enganchada a los cosméticos. Había sido introducida por una amiga. Lo hizo  no porque le entusiasmara su filosofía de empresa sino el saber que las vendedoras tienen un 25 por ciento de descuento por la compra de un producto. El sistema personalizado incluía una serie de bonos y descuentos por rendimiento. Ahora, si no llegaba a cumplir con la venta pautada, me explicó, estaba obligada a pagar algo más. El negocio funcionaba más o menos así: podías, por ejemplo, tener 20 clientes por mes, cada uno debía comprarte productos por un valor, digamos, de 50 euros, en total cobras mil euros a tus clientes, le pagas 700 a la empresa y te quedas con 300. Y listo. Adiós al intermediario. La plusvalía de la belleza funciona.  

Ya estaba haciendo cuentas mentales, cuando reparé en que todas las mujeres que nos rodeaban estaban maquilladas, ya podían vestir humildemente, con muy mal gusto o no ser físicamente agraciadas, todas, grandes y pequeñas, gruesas y delgadas, pequeñas y altas, blancas y morenas, jóvenes y maduras, todas estaban muy bien maquilladas, con los ojos perfectamente delineados y la piel del rostro recubierta por alguna base anti imperfecciones que les daba un aire de irrealidad. Algunos cuerpos no parecían pertenecer a ciertos rostros y algunos rostros no parecían pertenecer a ciertos cuerpos, pero estaban, eso sí, muy activas recibiendo charlas y probando los nuevos productos. Se veían felices con sus máscaras "sensitivas". La sala estaba empapelada de fotografías de socios modelos, cuanto más lejos habían llegado más se parecían al guasón.  

De pronto, nos salió al paso una mujer que según P era su "líder", así la llamó, con esa palabra salida de alguna novela de Orwell. Llevaba un vestido imitación chanel. Era la misma mujer que un día había llegado a la casa de una amiga de P para enseñarles a maquillarse y había terminado por reclutarla. La socia líder era una figura ejemplar que había escalado posiciones en la pirámide de la estética, había empezado en la venta directa y ahora ganaba reclutando a chicas que querían ganar vendiendo o comprando. Porque en todo el tiempo que llevaba ahí, P no había ganado nada, pero había gastado lo inimaginable en formar su propio kit de belleza.  Ese había sido su objetivo y lo había cumplido. Claro que había muchas otras que mientras creían estar haciendo negocio, en realidad hacían negocio con ellas. Ahí estaba el truco: las socias eran las principales clientas de la compañía, además de sus principales portavoces para el márketing; si acaso alguna conseguía llegar a explotar con mucha dedicación y horas de incentivo y persecución a otras mujeres igual de emprendedoras, se convertía en líder.  

Aquella lidereza nos llevó a la recepción donde P recibió más productos y un nuevo catálogo "de regalo". Entonces, dispuesta a hacer la demostración del nuevo kit de P, la líder sacó un espejo, como un arma de doblo filo, me lo puso en la mano, me untó una crema tonificante de algas del océano y observó que me hacían falta unos polvos compactos satinados y una máscara rizadora de pestañas, a prueba de lágrimas, acotó. Pensé si P, en el fondo, me había llevado ahí porque creía que me hacía falta maquillaje o alguna cosa más importante. Me pregunté si estos productos podían maquillar la infelicidad o si para eso se necesita cirugía.

Escrito por Gabriela Wiener a las 15:40

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Gabriela Wiener
Periodista. Sus textos pueden leerse en la revista peruana Etiqueta Negra, de la que es corresponsal en Barcelona. Además ha publicado en el Magazine de La Vanguardia, Suplemento Libros de El Periódico, Letras Libres, Lateral, Primera Línea, Club Cultura, Paula (Chile), El Ajo, El Universal (México), Travesías (México), El Rocoto, El Comercio (Perú), entre otros. Se encargó de la sección de crónicas de la revista Lateral. En el 2005, organizó las Jornadas Literatura Sin Ficción con el Círculo Lateral y la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente prepara un libro testimonial para la editorial Martínez Roca. Fue semifinalista del "Premio Nuevo Periodismo 2004" que otorga la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es Licenciada en Lingüística y Literatura. Vino a Barcelona a seguir el Máster Cultura Histórica y Comunicaciones en la Universidad de Barcelona y por el momento se está quedando. Escribirle a gabrielawb@hotmail.com

20/04/2007
El dealer pornográfico

02/04/2007
Se busca

16/02/2007
Reclutas de la belleza

Laura en Yo fui una freak (pero me operé) (11/05/2008 - 22:26)

maritza en Yo fui una freak (pero me operé) (08/05/2008 - 05:22)

d. en El dealer pornográfico (03/05/2008 - 04:48)

LO QUE LEO:

El teatro de Sabbath de Philip Roth.Ya no quiero leer a nadie más que a Roth. En esta novela está especialmente imaginativo y cómico, todo gracias a un personaje como Sabbath, un titiritero judío, pervertido y adúltero. La novela, "un ataque de histeria que dura cuatrocientos cincuenta páginas" (Martín Amis) relata su camino a una redención imposible que lo lleva a tumbos del sexo a la muerte y viceversa. Sabbath perdió la oportunidad de su vida -ser el hombre debajo de la gallina Caponata de Barrio Sésamo- y desde entonces se dedicó a dar clases de teatro en la universidad y a pasear por las plazas su espectáculo callejero de títeres.

El acto favorito de Sabbath era dar vida a uno de sus dedos, un dedo libidinoso como su dueño. Una tarde su dedo llegó demasiado lejos, desabrochando la blusa de una guapa joven del público y retorciéndole el pezón. Lo llevaron a juicio. Otra vez, Sabbath fue expulsado de la universidad por el acoso sexual a una alumna a la que llevaba cuarenta años y con quien sostenía largas conversaciones telefónicas (la transcripción completa y no censurada de las charlas, puestas por Roth como notas al pie de páginas durante casi veinte, es impagable). Pero el principal problema de Sabbath no es tanto el alcoholismo de su esposa, que tras la desintoxicación despierta y duerme leyendo los Doce Pasos de AA, sino la reciente muerte de Drenka, su amante croata que poco antes de morir le había pedido que no volviera acostarse con otra mujer. Ella, que estaba casada con un honorable hotelero, quería "la monogamia fuera del matrimonio y el adulterio dentro". En una de las primeras escenas de la novela, el titiritero hace cola en el cementerio para poder masturbarse él también sobre la lápida de la promiscua e inolvidable Drenka.

Sabath vive en una orgía perpetua, una borrachera de sexo que termina en soledad, la única vida apasionada que puede llevar. "Eres el panegírico de la obscenidad ambulante que ha escogido una época inadecuada para abrazar el sexo como rebelión. Una jodida reliquia trabajando día y noche para crear un escándalo erótico. Que va por ahí con su barba y su enorme barriga defendiendo las bondades del fetichismo. Su aislamiento es horroroso". Así se lo dice Norman, su piadoso y antiguo compañero que ahora vive en el Village. En ese momento Sabbath se guarda el tanga de la hija adolescente de su amigo para aspirarlo en el camino. 

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