Determinado cuerpo celeste |
24/06/2009 |
Me gusta hablar de aeropuertos; los aeropuertos me gustan. Por muchos motivos. Una leyenda urbana afirma que los aeropuertos no están sobre tierra, quiero decir que flotan a pocos milímetros del suelo, y que ése es el motivo por el que atraen a tantas personas, por su carácter de simulacro, de fantasía que, no obstante, posee materialidad. Así es. No se aprecia a simple vista, pero permanecen suspendidos [pistas de despegue incluidas], por eso nada les afecta, parecen inmunes al frío, al calor, al los vientos del norte, a los millones de personas que los atraviesan, a las subidas y bajadas de la Bolsa, a las multas de la ORA, al electromagnetismo, a las suelas de los zapatos, a los espaguetis con carne, a todo. Nada pude cambiar su estructura, composición, distribución, sus tiendas y restaurantes, su virtud de objeto eterno, inasible a la corrupción que origina el tiempo; en cierta manera, los aeropuertos son las nuevas catedrales. Me gusta hablar de los aeropuertos, los aeropuertos me gustan. Hace años, los paneles que anunciaban las llegadas y las salidas eran naipes de letras rodantes, máquinas tragaperras que en vez de plátanos y fresones componían nombres de ciudades, horas y fechas. Me sentaba en aquel casino, y pasaba las tardes de invierno mirando, especulando sobre el azar. Todo viaje era eso: un producto de la arbitrariedad, una piedra rodante, como decía aquel mariachi. Otra costumbre de aquellos años, y que aún conservo, era llegar 2 horas antes de la salida de mi vuelo. Baudelaire afirmó a finales del Siglo 19 que el lugar natural del dandy es la ciudad, el invento moderno más moderno de su época, algo que iba más allá de la simple urbanística, era el territorio donde la humanidad había conseguido su máxima expresión: volar sola, desprendida de la Naturaleza, el lugar donde el dandy podía exhibirse tal y como es, un ser perfecto, desarraigado, certeramente diletante. Hoy, muertas las ciudades, el lugar natural de dandy es el aeropuerto. Me paseo entre las tiendas, hago que miro unos CDs, me pruebo una corbata, en la perfumería no cometo esa vulgaridad de llevarme las muestras, me perfumo allí mismo, consumo el tiempo razonando tácticas de flirteo, doy vueltas, emito señales sin comprometerme en esa nave que flota a pocos milímetros del suelo. Tal flotación produce un leve mareo, que deviene en placer. Te sientas en alguna mesa un poco apartada y comes el sandwich de pechuga de pavo y queso cheddar, bebes una Coca-Cola Zero, las burbujas en tu boca son globos, zeppelines, pasajeros en tránsito. La comida de aeropuerto es extraordinaria, tiene un sabor especial, genuino, es algo auténtico, muy auténtico, irrepetible, como la fabada asturiana, la sobrada mallorquina o el jamón de Guijuelo, que son así porque son así y no hay más vueltas que darle. Hay un clásico dilema, ¿qué sabe mejor, el citado sándwich de pavo y cheddar envuelto en plástico, o el mismo pero en caja de cartón reciclado? No se sabe, lo digo en serio, no se sabe; la gente lo discute, a veces lo he oído. Te pasmas viendo a los viajeros pasar, y oyes cosas, y de pronto piensas que es raro que ese pasillo tan embudo, tan pequeño, canalice literalmente las aspiraciones, sueños, apatías, delirios, y felicidad de tanta gente, tan distinta, tan a lo suyo y sin embargo tan secretamente conectada: flotan a pocos milímetros del suelo. Después compras chicles, los aeropuertos está llenos de cajas de chicles, hay viajeros que tras masticarlos los pegan bajo los asientos, se comunican a través de ellos, pequeñas esculturas, signos táctiles, algún día me gustaría poder acceder a ese lenguaje secreto de chicles pegados bajo los asientos de aeropuerto. Y te internas en la sala de fumadores, bendita sala de fumadores, miras a través del cristal, y las naves, en rigurosa formación, mirándote con ojos de máquina a la espera de su reconversión animal, dispuestas a salir, dispuestas a cualquier cosa, te recuerdan que en este mundo aún hay algo seguro: la simetría, lo bien hecha que está la esperanza. En las salas de fumadores de los aeropuertos la gente se hermana, se cuenta cosas, como cuando en la película La aventura de Poseidón algunos se quedan atrapados en un camarote, y se salvan, se salvan no porque tengan que salvarse sino porque han hablado, han hablado de sus cosas, han compartido algo más que un pasaje de barco: su flotación. Están perdidos en alta mar, pero flotan como flotan los aeropuertos, a pocos milímetros del suelo, esa fe en algo absolutamente cierto, real, les salva. En las salas de fumadores de los aeropuertos se oyen cosas interesantes. Una vez oí una conversación en la de Barajas, era un domingo, a las 8 de la tarde, regresaba de Málaga tras presentar mi último libro y me dirigía a Mallorca. Dos chicas, aún adolescentes, miraban a través de la ventana mientras fumaban Fortuna. Las aeronaves, detenidas, alguna destripada, ejercían en la penumbra de la pista la fantasmática atracción de lo que, aunque cotidiano, no se llega a comprender del todo. Todos echábamos humo en silencio, todos mirábamos las aeronaves en silencio. Pensé en lo raro que era ese silencio. Las dos adolescentes, usaban cazadoras coreanas, muy cortas, de colores verde fósforo y naranja, con grandes capuchas rematadas en pelo sintético. Parecían 2 peluches llenos de aros y piercings, recuerdo que pensé entonces. Y una, con acento muy gallego, le dice a la otra, "pues mi madre tienen un blog, sabes, se llama El Aeropuerto Está en El Cielo, sabes, es lo que hoy comentaba mi hermana en la comida, sabes, el blog es muy chulo, pone cosas así, ya sabes, muy chulas, es lo que contaba mi hermana hoy en la comida, sabes, como la historia de un avión que venía de Nueva York a Málaga, bueno, no lo sé bien, pero creo que era a Málaga, y los mecánicos de Nueva York antes de despegar le habían puesto tornillos nuevos a las ventanas de delante, las del piloto, y en mitad del Atlántico los tornillos se salieron, porque eran muy nuevos y a veces los nuevos no se aprietan bien, sabes, como lo que le pasó al Fede cuando tuneó el Ibiza, sabes, y el piloto salió despedido del avión, pero quedó enganchado por un pie a la cabina, y ahí afuera, el tío, tirado en el morro del avión, y el copiloto agarrándolo por el pie para meterlo dentro, pero no lo daba subido, sabes, no lo daba subido, y se fueron turnando para tirar de él las azafatas y los pasajeros, pero nada, y una azafata decía que estuvo a punto de soltarlo porque, total, estaba muerto, pero después también pensó que era feo que un comandante se cayera así al Atlántico, como un saco de boxeo, sabes, y joder, el tío estaba vivo, no podía hablar, pero estaba vivo, sabes, y cuando lo subieron lo reanimaron, sabes, y dijo que el abismo era tan oscuro que creía que no había abismo, que creía que si lo soltaban caería sólo unos pocos metros en una cama elástica, y que rebotaría muchas veces, eso dijo el comandante, tía, eso dijo". "Joder –dijo la de la coreana naranja- qué canguelo. Dame fuego, que fumo otro". Yo aplasté mi cigarrillo en el cenicero y miré a través del cristal la fantasmática batería de aviones que nos miraban. Las caladas de la adolescente, palpitantes en el reflejo del cristal, parecían estrellas emitiendo a rachas su desconcierto, su rostro entonces se iluminaba desde abajo y la luz de cada calada le proporcionaba al reflejo unos ojos de tuneada felicidad, por estar viva, quizá, no lo sé. Eché a andar. Miré hacia atrás. Otra vez la sala de fumadores estaba en silencio. Ocho espaldas observando aeronaves. Sólo eso. Ocho espaldas. Esa fue la conversación que oí un día en la pecera de fumadores de Barajas, [pecera, qué bonita palabra, ya da a entender que está flotando]. Es verdad, no está bien dejar caer a un comandante como un saco de boxeo al Atlántico. Por otra parte, quienes escribimos, sabemos que los aeropuertos son la cosa más intocable que existe. El aeropuerto es el mejor amigo del escritor, como lo fuera la ciudad para Baudelaire. En la ciudad la gente escupe en las aceras, hay ruidos, humo de coches, gente desagradable, en los aeropuertos nadie escupe, las personas se vuelven amables, se civilizan, deberían recomendarlos como terapia, y además todo está limpio, nada malo te puede ocurrir, sólo hay chicles pegados bajo los asientos, es lo único raro, pero son chicles buenos, no hacen mal alguno, son códigos inofensivos, una especie de morse táctil, comunicaciones secretas entre pasajeros de todo el mundo, millones de pasajeros lo practican, y tanta gente no puede estar equivocada, y mucho menos ser mala. A fecha de hoy los aeropuertos son los mejores amigos de los escritores, todo escritor, más tarde o más temprano, termina hablando de aeropuertos. Aunque la mayoría los presenten como lugares incómodos y donde ocurren cosas incómodas, en realidad saben que no pueden escapar a su magnética flotación, porque donde no existe el mal hay que inventarlo, fantasearlo, todas las culturas lo han hecho, a todo Paraíso siempre hay inventarle su Infierno, infiernos que no existen pero que son necesarios para no morir por exceso de bondad, eso es lo que provoca que todos los escritores, sean de la escuela que sean, hablen en algún momento de su carrera de aeropuertos. Por poner dos casos opuestos, elegidos al azar, recuerdo un libro de Rosa Montero, cuyo título ahora no recuerdo, en el que en la primera página la protagonista perdía a su marido en los lavabos de un aeropuerto, así, sin más, en la primera página, tremendo, ¿no? En el otro extremo de la cuerda, recuerdo muchas novelas de JG Ballard, [recientemente fallecido, un saludo desde aquí, JG, estés donde estés], en las que los aeropuertos son el único lugar seguro de la Tierra, y al mismo tiempo escupen la presencia de cualquier ser humano, son objetos ambivalentes, raros. Yo mismo, que literariamente hablando no tengo que ver ni con Rosa Montero ni con JG Ballard, he escrito en una de mis novelas sobre un tipo que vivía en una terminal de un aeropuerto, vivía allí muchos años, sin papeles ni nada, de la caridad de los trabajadores aeroportuarios, y cuando el gobierno de Australia le dice que le da por fin los papeles para poder entrar al país, él dice que no, que se queda en la Terminal Internacional para siempre. Así se lo expresó al funcionario que le trajo la noticia: "seré luz en esta carabela", qué inmejorable frase para dar a entender que él ya era un místico de aeropuerto, de catedral, que ya flotaba. Luz en esa carabela. Ya digo: los aeropuertos me gustan. Me gusta hablar de aeropuertos. Pasan cosas curiosas de veras. Sin ir más lejos, hace poco más de un mes, también en la pecera de fumadores de Barajas, vi a un tipo con pantalón como de traje sin ser de traje, zapatos como de traje pero sin ser de traje, camisa blanca, perfectamente planchada, también como de traje pero sin ser de traje, y una cazadora de cuero negro con los cuellos levemente subidos en la nuca, apoyaba el cigarrillo sobre su labio inferior, me fijé bien en su cara, era el mismísimo Ian Curtis, líder de un grupo antiguo y muy famoso llamado Joy Division. Ian Curtis murió hace muchos años, en 1980, pero allí estaba, impasible en la pecera de Barajas, pensando, a lo suyo, como todos los genios, que siempre están a lo suyo, como los aeropuertos, que siempre están a lo suyo, parecía meditar en la catedral, era tremendo, era tremendo, no me atreví a decirle nada, fue él quien, sin previa ojeada ni aviso, giró 45 grados la cabeza, y sin mirarme a los ojos [porque un genio del rock nunca mira los ojos], y sin retirar el cigarro de su labio inferior, me dijo: "amigo -dejó un silencio de un par de segundos -, ¿sabes que flotamos a pocos milímetros del suelo?" Imagínense, Ian Curtis y su cigarrillo casi mirándome a la cara, verbalizando lo que el resto sólo intuíamos, diciéndome a mí, a mí que no soy nadie, que los aeropuertos son naves flotantes, limbos en tránsito. Estaba claro, el mismo Ian Curtis lo afirmaba, ésa era la confirmación que todos estábamos esperando. Después aplastó el cigarrillo en el suelo con la punta del zapato, y se perdió en la cola del restaurante de comida rápida: cuando le tocaba el turno de pagar en caja, había ya desaparecido. Me gustan los aeropuertos, los aeropuertos me gustan. He visto que un antropólogo muy famoso llamado Marc Augé, les llamó "no lugares", espacios de tránsito, lugares que no llegan a echar raíces, y eso no es malo, no. Otros "no lugares" son, por ejemplo, las autopistas y los hipermercados, pero ¿qué otro "no lugar" hay más "no lugar" que un aeropuerto? Así es, nadie lo supera, flota a pocos milímetros del suelo, nunca podrá echar raíces, y eso lo distingue de las autopistas y los supermercados, que terminan pareciéndose a sus gasolineros las unas, y a sus cajeras los otros. Una vez fui a un aeropuerto extraño, quizá el más extraño en el que he estado en mi vida, el de una ciudad llamada Salamanca, Oeste de España. Llegué un amanecer de febrero, hacía mucho frío, y aunque una niebla rodeaba el edificio, corría un aire que provocaba un silbido constante; hay aeropuertos que son un western. Todos los pasajeros debían ser locales, porque había coches esperándolos fuera. Ni un taxi. Ante la parada vacía, posé la maleta en el suelo. La extensión del páramo castellano, tan quieta, me conminaba a no moverme, a imitarla, a esperar, una de esas esperas que no tienen otro sentido que la propia espera, no esperas nada en concreto, así que entré de nuevo y me senté. La joven del mostrador del único check-in, totalmente vacío, se atravesaba la melena con un lápiz. Un camarero oía la radio y masticaba lo que parecía ser un bocadillo. Una nave y tres almas, eso éramos, tres almas, vértices de un salmantino Triángulo de las Bermudas. Permanecí así unos minutos, sentado. Sobre mi cabeza un letrero decía, meeting-point. Cerré los ojos, sentí el flotar del aeropuerto a pocos milímetros del suelo, pero también noté que su línea de flotación no era totalmente horizontal, estaba inclinada, lo supe por un suave dolor de cabeza que se escoraba hacia el lado derecho de mi cerebro. Saqué entonces la bolita. Cuando voy de viaje siempre llevo conmigo la bolita, mi particular test. La pongo en el suelo, y si rueda es señal de que el aeropuerto no flota horizontalmente. En efecto, nada más apoyarla en la baldosa que tenía a mis pies, comenzó a rodar. No daba crédito, nunca me había ocurrido algo así, aquel aeropuerto fallaba, iba a la deriva, directamente al desastre, eso me dije. La bolita avanzó [pensé en un barco de papel en un río] como llevada por una corriente, dando curvas suaves, pequeños zig-zags, buscando los lugares más bajos y estables. Observé su errática trayectoria, que discurrió por delante del camarero, quien en ese momento masticó varias veces sin reparar en ella. La chica del check-in, la miró boquiabierta cuando se coló entre sus pies para después seguir en dirección al fondo del hall, y la seguí, alargándose de esta manera cada vez más el triángulo que formábamos el camarero, la joven del lápiz en el pelo y yo. La fuerza gravitatoria llevó así a la bolita hasta el lavabo de hombres, chocó contra la puerta, estaba cerrada, giré lentamente el picaporte, nada más abrir continuó rodando, hizo varios giros antes de meterse en una de las cabinas de váter, concretamente en la tercera, y allí de repente se frenó. Volvió un poco hacia atrás, después hacia delante, y osciló varias veces en ambas direcciones hasta detenerse definitivamente en mitad de una baldosa. Pasaron unos segundos. Yo y la bolita, la bolita y yo, midiéndonos en la penumbra de aquella cabina. Levanté entonces la vista y, junto a la taza del váter, la vi, una bola de color fresa pálido, muy grande, del tamaño de un balón de playa. Me acerqué [no sé si podré expresarlo con claridad], era esférica pero en su superficie había muchas irregularidades, como una Tierra vista desde una Luna. Me agaché, olía fresa gastada, desprendía calor, calor húmedo y una especie de vaho; por un momento pensé en alguna clase organismo. Extendí la mano y al tacto supe que era una bola de chicle, una inmensa bola de chicle. Retrocedí unos pasos hasta la puerta. Ni se me ocurrió intentar cogerla, pero diría que aquella masa pesaba toneladas, cientos de toneladas, de ahí que el aeropuerto estuviera ligeramente inclinado hacia ese lado. No lo sé. Observando el vapor que emanaba de su superficie, entendí que no me encontraba en un aeropuerto cualquiera, sino en la boca de todos los aeropuertos, la cavidad oral a la que van a parar todos los chicles de todos los aeropuertos. Entendí también que todos los aeropuertos del Planeta son los diferentes órganos de un cuerpo que los supera y que ni ellos mismos conocen. Todos con su correspondiente función fisiológica asignada.
(publicado en la revista Aena-Arte, verano 2009)
Escrito por Agustín Fernández Mallo
a las 12:2 |