La vergüenza. El buen frontón |
20/03/2009 |
Ha sucedido. Un año después de acabar el rodaje de La vergüenza, mi primer largo, el Festival de Málaga ha decidido programarlo en su sección oficial a concurso. Por si el sofocón no fuera suficiente, también han considerado que la película debe inaugurar el festival. Ups.
Dan ganas de salir corriendo. De meterte debajo de la cama y no salir hasta el día después. Dan ganas de quedarse afónico para no dar entrevistas. De que alguien te secuestre (es un decir, je) para no ser el centro de todo.
Pero ojo, también dan ganas de que se apaguen finalmente las luces, que la peli diga lo que tiene que decir y que espectador valore si la historia y la forma de contarla le merece interés y respeto, o si se pasa la película pensando "el calor que hace en este cine y a qué hora acaba esto" para irse corriendo a los canapés.
En cualquier caso, ya está. Fin de trayecto. En apenas un mes, el viaje habrá terminado. Los que habéis leído un poco de mi blog (o de otros blogs de películas) conocéis la soledad, las dudas y la falta de confianza que nos asalta a los que hacemos historias para el cine. Pero siempre hay un lugar al que llegar. Puede ser Málaga, o cualquier otro destino. Cada película tiene el suyo.
El caso es que el 17 de Abril de 2009, viernes, en el Festival de Málaga se cerrará un círculo que se abrió hace ahora tres años, cuando escribí la primera versión del guión de La vergüenza.
Os he hablado del guión de la película, de los actores, el montaje, la fotografía, el arte, la música… y ahora, a punto de acabar el viaje, me doy cuenta de que hay una figura crucial de la que no os he hablado. Me refiero al frontón que da título a esta entrega.
Ya lo sabemos: un frontón son tres paredes entre las que golpeas una pelota con la habilidad o fuerza suficiente para que tu contrincante no consiga devolverla.
Obviamente no es este el frontón del que os quiero hablar.
Para un guionista (cosa que, como sabéis, soy mucho antes que director) un frontón es una persona (normalmente también guionista aunque no es condición necesaria) con la que uno se sienta para charlar de ideas sobre una historia, valorar si están bien o no, dar unas vueltas a lo que hay pensado o ver cómo convertir lo pensado en algo nuevo.
Hay un precioso librito de David Lynch que compré en FNAC y que recomiendo desde aquí, "Atrapa el pez dorado", donde el director habla de meditación, conciencia y creatividad. Pues bien, un buen frontón es alguien que te ayuda a atrapar tu pez dorado.
El buen frontón se sienta frente a ti, tú le cuentas lo que tienes pensado, y mientras le vas contando él toma alguna nota, pone caras, emite alguna frase corta, gruñe de placer o de disgusto, enarca una ceja escéptica o se agarra a la silla sobrecogido por lo que está oyendo.
Cuando acabas de contarle lo que tenías pensado, por si sus gestos mientras lo hacías no han sido lo bastante expresivas, el frontón te cuenta cómo ve la historia. A veces bien, a veces mal, a veces con muchas pegas, a veces con ninguna.
El buen frontón es como un espectador medio con conocimientos de cine, pero cuyo equipaje debe incluir el conocimiento de literatura, géneros, chistes de bar, alta filosofía, buen conocimiento de sí mismo y sus flaquezas y una esponjosa experiencia de la vida (esponjosa porque al contacto con la vida la absorbe y la hace suya: o sea, la convierte en material).
Es útil que el frontón sea guionista. Porque así no sólo opina sobre la historia que le estás contando, sino que aporta a veces soluciones a problemas, desenreda líos, normaliza rarezas o da luz a zonas innecesariamente oscuras.
También puede ayudar a reestructurar, puede obligarte a matar alguno de tus personajes favoritos porque no es interesante o empasta su perfil con otro, o puede aconsejarte tirar de un hilo que pensabas negligentemente cortar porque no te has dado cuenta de que en él hay un meollo interesante que estabas a punto de tirar a la basura.
El buen frontón no escribe. A veces lee, pero muchas ni eso. Sólo escucha y habla.
El buen frontón es desinteresado. No quiero decir que no deba cobrar (de hecho es un papel que puede ser crucial en la gestación de un guión, y como tal debe ser acreditado y remunerado), sino que a él, en realidad, lo que tiene entre manos ni le va ni le viene.
Es consciente de su servidumbre al proyecto de otro. No está ahí para demostrar su talento. Está ahí para ayudar en lo posible al proyecto de otro.
Todos sabemos lo perjudicial que puede ser el exceso de ego en el proceso creativo. Lastra, enturbia, envanece las decisiones y las convierte en peligrosamente caprichosas o gratutitas.
El buen frontón se deja el ego en la puerta. Aunque lo tiene, porque claro que lo tiene, lo aparca junto a las ganas de imprimir su huella en el proyecto, y ofrece su talento al creador, solo y asustado, con la tranquilidad de que al acabar la reunión quizá nunca tenga nada más que ver con el material que ha ayudado a parir.
A veces un buen frontón dice una frase que para él no tiene la menor importancia pero que a ti te sacude de pronto y te sumerge en un mundo del que sólo sales un rato después cuando oyes: "Eh, que te estoy hablando". Quiero decir que a veces el buen frontón da en el centro de la diana sin darse cuenta.
Otras veces el frontón no dice nada, pero en el esfuerzo de explicarle con claridad algo de la historia de pronto por tu boca sale algo que nunca hubiera visto la luz sin ese esfuerzo de que el otro comprenda lo que tienes en la cabeza.
El buen frontón te ayuda a encontrar en ti eso que incluso tú mismo quizá ignorabas que tenías.
Así nació la idea central de La Vergüenza.

Antonio Mercero (no confundir con su padre, ilustre cineasta y creador de brillantes fábulas televisivas) es mi amigo, y un guionista de primera fila. Pero su colaboración en La vergüenza fue puntual, y no como guionista sino como frontón. Un frontón de lujo, claro.
Antonio sabe de cine, es lector compulsivo, le encanta la buena televisión, tiene humor y a sus apenas cuarenta años ha vivido lo bastante como para alejar su trabajo del trillado camino del cliché que asola los páramos de la ficción española.
Yo buscaba un proyecto para lo que debía ser mi primera película y le pedí a Antonio que me ayudara a buscar material.
Mi premisa era: al hilo de una adopción, una pareja debe demostrar ante los servicios sociales que son capaces de ser buenos padres. Tenía la impresión de que en la simple definición de este argumento ya hay comedia clásica. De ocultamientos, de engaños, de trapos sucios.
Así que con esta idea central empezamos a quedar para comer y charlar; para cenar y charlar; para desayunar y charlar… (como veis todas las citas fueron en torno a una mesa: nos gusta la comida rica, el buen vino y mezclar la ebriedad gastronómica con las charlas creativas).
Durante tres o cuatro o cinco sesiones, yo le contaba a Antonio mis ideas y él ponía caras, o decía cosas. Pero yo no estaba contento, algo faltaba, me empezaba a impacientar.
Hasta que un día en el café del Nuncio de Madrid (no olvidaré esa tarde de invierno) me escuché diciéndole a Antonio algo así como: ¿y si en vez de querer ser padres adoptivos, ya son padres adoptivos, y lo que quieren en realidad es devolver a su hijo adoptado porque no lo saben gestionar?
Quizá Antonio no hizo mucho caso de esta idea, quizá siguió habando de otras cosas, o quizá no. Eso no lo recuerdo.
Sólo sé que de pronto, crack, en mi mente la historia cobró todo su sentido. No porque la idea fuera mejor o peor, diera más o menos juego o resultara más o menos interesante o actual.
Cobró sentido porque me di cuenta de que, otros factores aparte, yo entendía ese planteamiento de la historia. Porque hay remordimiento, personajes presos de su mala conciencia y de paralizante y familiar vergüenza. Otras cosas no sé, pero yo ese material lo entiendo.
A lo mejor la escritura de un guión no es más que la búsqueda de un material que sabes que entiendes mejor que nadie.
Si hoy le preguntas a Antonio sobre aquella tarde en el Nuncio, seguramente dirá que se acuerda vagamente. Es posible que él nunca percibiera el temblor que me sacudió cuando enuncié aquel titular: padres desean devolver hijo.
Pero sólo con Antonio sentado frente a mí y a un café irlandés fue posible que aquel pensamiento emergiera de algún sitio de mi cerebro y yo pudiera pronunciar aquellas palabras.
Puede que sin Antonio esa misma idea hubiera visto la luz durante una ducha, un paseo, un viaje o un simple momento de ensimismamiento. O puede (qué horror pensarlo) que esa idea se quedara para siempre colgando en una sinapsis incompleta, en un fallido gesto neuronal, y que mi primera película fuera una comedia de usurpación de identidades o un thriller político (por decir algo, son géneros tan válidos como otro cualquiera).
Un buen frontón te ayuda a encontrar tu propia voz, sea cual sea esta.
Para un director que empieza, esa y no otra es la prueba que hay que superar. Por eso tenía esta deuda con la figura desconocida y fundamental del frontón.
Desde aquí agradezco a Antonio Mercero su talento como frontón de lujo, su generosidad y su desinteresada e inconsciente colaboración. Espero que, si las lee, estas líneas le ayuden a entender la deuda que la película y yo tenemos con él.
Cineastas, peliculeros y creadores de fábulas: os aconsejo que busquéis vuestro frontón, y si lográis encontrarlo, que lo miméis. Sentaos frente a un buen frontón y buscad con su ayuda y sin desmayo vuestro pez dorado.
Porque nunca se sabe de dónde puede salir el embrión de la historia a la que dedicaréis obsesivamente los próximos tres o cuatro años de vuestra vida.
Escrito por David Planell a las 10:14
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