tú ya sabes y nosotros también |
03/05/2007 |
- ¿Has visto alguna vez un indio por aquí? -le preguntó la chica. - ¿Con plumas y pintura de guerra montando su caballo a pelo? -respondió él. - No, idiota. Me refiero a un cheyén de esos, pero de paisano. Como puede ir vestido cualquiera-. La chica se levantó de la cama y cogió del suelo un slip muy rosa en el que enfundó su sexo y su trasero, antes de volver a la cama.-Me gustaría acostarme con un piel roja. No me preguntes por qué. - ¿Por qué? -Juan fumaba recostado en la cama y usaba de cenicero una cafetera de las de dos tazas, una de esas que usan los solitarios y las familias numerosas que sólo tienen en la vajilla dos tazas de café. La cogía por el asa, como si fuera una jarra de cerveza, y con el pulgar dejaba continuamente caer la tapa, consiguiendo un sonido tribal e hipnótico. - Porque al no tener bandera los pieles rojas dan unos besos más sabios, más libres y más salvajes. - Bueno, si se ponen así las cosas, yo soy un indio. ¿No querrás que sea tu indio particular? Te aseguro que puedo ser el más salvaje que vas a encontrar. Los indios de verdad están muy domesticados. Están más cerca de escribir tesis filosofales que de arrancar cabelleras. Así es el progreso.
Cris se abalanzó sobre Juan, haciendo caer sobre ellos las colillas de la cafetera y las leyes de la gravedad.
En el suelo Juan y su chica jugaban a los ozonizadores. Cada uno de ellos era una de las placas, el carrete de Ruhmkorff era una sábana extendida en el suelo del dormitorio, de la que hacían saltar chispas mediante caricias y movimientos muy estudiados, y el oxígeno que entraba por la ventana al pasar entre sus cuerpos desnudos se convertía en ozono, que volvía a salir por la ventana en busca de su capa.
Cris tenía caprichos y manías de niña pequeña que sólo Juan podía contentar de manera tan solícita y eficiente.
Juan y Cris eran la pareja perfecta.
Cuando Cris cumplió quince años Juan se enamoró de ella. Nadie pensó que fuera un disparate o una locura que se enamoraran. El trece de aquel mes de aquel año Juan besó a Cris en la fiesta de su decimoquinto cumpleaños y todo el mundo allí presente pensó que estaban hechos el uno para el otro.
Toda la ciudad, incluso los más reticentes al principio (la resistencia francesa de la ciudad, el centro de la ciudad, su familia en la ciudad y los trenes parados en la estación de la ciudad) esperaban oírles declararse su amor. A los pocos días lo hicieron público. En el instante en que una emisora de radio anunció que Juan y Cris estaban enamorados, la mayoría de las frutas que pasaban el verano en blancas y lujosas neveras murieron y acabaron pudriéndose. Juan le dijo a su chica que aquello era un mal presagio.
Todos lo sabían ya y eso les hacía daño. Más daño del que podían soportar, e incluso imaginar.
Por todo esto, por el dolor que su amor les inflingía cotidianamente, los momentos que podían disfrutar a solas los apuraban como apuran las últimas bocanadas de aire los condenados.
Cris empezó a faltar a clase y Juan no iba casi nunca a su trabajo. La ciudad parecía decir "haced lo que queráis, pero es mejor para todos que no os veamos". En la nueva situación, a la que les había arrastrado su amor, era difícil contar con la simpatía de los lugareños. Los amigos y la familia dijeron que podían contar con ellos para lo que quisieran. Pero lo dijeron en un marcado tono premeditadamente falso. Todas las puertas se les cerraban y cuanto más fuerte era el rechazo que sufrían a causa de su relación, más fuerte les latía el corazón, más enamorados estaban.
Lo único que les preocupaba era que si las cosas seguían así, jamás podrían irse de casa, pensaban asomados a la ventana del dormitorio.
Habían pasado toda la mañana jugando a los ozonizadores y estaban agotados. De seguir con esa intensidad iban a terminar por tapar el agujero de la Antártida de manera anónima. Juan vio pasar a un hombre con bigote y dijo: - Mira, el conde de Montecristo. - Mira una patata frita con traje de seda.- dijo Cris al ver pasar una chica china.
Del final de la calle venía un olor inconfundible y arrebatador a munición. Tras él, enseguida apareció Yolanda que, al verlos asomados a la ventana hizo un gesto con la mano.
-¿Puedo subir?
Juan asintió conmovido al verla tan guapa. Era mucho más atractiva que Cris y todavía la quería. Pero sin ella podía vivir y cuando pasaba más de un día sin Cris se quería matar.
Yolanda era la mujer de Juan. Se conocieron en Brasil, a orillas del río Yuruá.
Juan nunca había visto una mujer que calmara de un modo tan sutil a las bestias de la selva, que hablara con tanta dulzura de la mierda y las miserias de la vida, que oliera a munición y que si era necesario la usara. De dos arómaticos disparos acabó con dos asaltadores de caminos que pretendían atracar a Juan. Pensó que era la mujer ideal, la que tanto tiempo había estado esperando.
Yolanda serraba a las chicas de los pueblos que jalonaban el río Yuruá y luego las sacaba de la caja intactas, hacía aparecer palomas rojas de las gorras de los indígenas, tragaba fuego y devolvía aguardiente a la boca de Juan. Todo lo que hacía Yolanda le parecía mágico.
Se casaron en Esperanza, un pequeño pueblo peruano cerca de la frontera con Brasil. Cada día era un jardín que cuidaban o arrasaban según el humor con el que se levantaran. El amor que se tenían parecía indestructible. Hasta que, fruto de ese amor, nació Cris, y quince años después, se obró la maravilla de un amor todavía más poderoso.
Yolanda todavía estaba más hermosa y aromática desde que le mataba la pena. Había empezado a beber y no hablaba de otra cosa en los bares que de la mierda y la miseria de la vida.
Entró en el dormitorio en el que tantas noches había pasado con Juan y miró con frialdad, pero por primera vez sintiéndose cómplice de todo, a la feliz pareja.
- Me da igual que tú no vayas a trabajar. Tú, Juan, haz con tu vida lo que quieras. Si necesitas dinero te puedo ayudar. Pero haz que la niña vaya al colegio. Podéis pasar las noches aquí. Me he alquilado una habitación. Creo que será lo mejor para todos.
Yolanda movió su mano izquierda con suavidad y la cama se levantó del suelo unos centímetros.
- Mi magia me dará de comer.
Juan y Cris la miraron y sintieron el mismo impulso. Empujaron, riendo, a Yolanda sobre la cama levitante y se tumbaron junto a ella a contarle cosas.
(Del libro A los hombres de buena voluntad. Xórdica, 2006)
Escrito por Sergio Algora
a las 14:7 |