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Septiembre 2010

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La tele luce que da gusto verla (II)
04/12/2006

Capítulo 2: Aaron Sorkin: un moralista

Me gustaría presentar dos textos antes de comentar la excelencia de las series de Aaron Sorkin ("El Ala Oeste de la Casa Blanca" y "Studio 60 on Sunset Strip"), de lo inverosímiles –pero no incongruentes- que parecen muchas veces las historias de este autor, y de esa cualidad tan extraña que es un moralismo exento de moralina, o mejor dicho, la presentación de un ideal sin ruborizarse, porque se posee la conciencia de que uno no debe avergonzarse del propio talento.

Primer texto:
"La tiranía imprime un carácter de bajeza a toda clase de producciones; la lengua misma no se halla a cubierto de su influencia; en efecto ¿es indiferente para un niño el oír alrededor de su cuna el murmullo pusilánime de la servidumbre, o los acentos nobles y orgullosos de la libertad? He aquí los progresos necesarios de la degradación: al tono de la fineza que comprometería sucede el tono de la fineza que se recata, y ésta cede el sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación."  

Segundo texto:
"Los sueños de libertad se agotan y se disuelven a medida que el mundo se burla de ellos con sus versiones de la realidad. Se disuelven porque aquel que se sintió vivo gracias a esos sueños ahora debe vivir en ese mundo. Él o ella no se someten a ese mundo, necesariamente, pero se acomodan al mismo a diario de ciertas maneras: con cada pensamiento que descartan, con cada palabra que callan, con cada fantasía de violencia, liberación o muerte que se desvanece entre los sueños nocturnos que uno no comprende y tampoco tiene demasiadas ganas de comprender."

Doscientos años separan estos textos. Los dos son comentarios de una obra. El primero es de Diderot (capítulo X de su "Vida de Séneca") El segundo, de Greil Marcus (un comentario sobre el disco de Sly and the Family Stone: There´s a riot goin' on) Parecen escritos el mismo día, a la misma hora, por la misma persona. Sin embargo, al llegar a las mismas conclusiones sobre el proceso de la disolución de la verdad y del coraje, sometidos al martilleo de una tiranía, que no posee apariencia totalitaria, pero es muy eficaz en su voluntad de opresión, los dos autores, cuando hacen su comentario, se refieren a una tercera persona o situación. Diderot al reinado de Luis XV. Marcus al gobierno de Nixon.

Séneca era un estoico. Su doctrina decía que no hay más victoria que aguantar con dignidad las múltiples y severas demoliciones de la vida.

Sly Stone era un artista desesperado. Por decirlo claro, "There´s a riot..." es un vómito de sangre al que sólo salva la increíble belleza de su música, la rabia de sus letras, el modo magnífico en que están enlazados esa letra y esa música. Una belleza intrincada. Una belleza que busca consuelo y sólo encuentra más desesperación: "No puedes llorar, porque parecerías hundido/Pero estás llorando igual, porque estás hundido del todo" (Family affair)

Aaron Sorkin no es ni Séneca ni Sly Stone, más bien todo lo contrario, pero comparte la visión del mundo de sus comentaristas y tiene esperanzas de reforma. Es la visión de Diderot y Greil Marcus transformada en narración ideal, en una tercera vía. Aaron Sorkin nos ha querido mostrar que la frase hecha "Mira, es lo que hay..." es la peor manera de mentirse a uno mismo. "Claro que hay más, dice Sorkin: podría haber esto que ahora os muestro."

"El Ala oeste de la Casa Blanca" se empezó a emitir en 1999, el último año del mandato de Bill Clinton, y nos presenta, lo diremos rápido, un gobierno de los Estados Unidos imposible, una Atenas de Pericles tal como nos gusta imaginarla y no como fue. El presidente es Premio Nobel de Economía y, además de poseer una bien medida capacidad de liderazgo, lo sabe todo. Es un científico (si la Economía es ciencia, que yo creo que es hechicería) y un humanista. ¿Tiene ese presidente bajo sus órdenes a subalternos que puedan estar a su altura? De sobra. Los que escriben los discursos son, ya que lo hemos citado, reencarnaciones de Diderot políticamente adecuadas (que no correctas - ni incorrectas tampoco). Las señoras, en sus diversos papeles de secretaria de prensa, primera dama, analista de campaña sordomuda o hasta puta de alto standing son, casi al unísono, una reencarnación de Dorothy Parker con sólo un martini en el cuerpo. Hasta los republicanos tienen dos o tres mentes bien afiladas. Estamos ante un gobierno ideal que debe bregar con este bajo mundo, que es complicado, lleno de malicia y de injusticia, sí, pero superable. No es un mundo como debería ser, pero ahí están esos hombres para lograr que sea algo mejor con su brillo y su esfuerzo. También son humanos, sí, pero, jo, qué humanos.

En las dos primeras temporadas de la serie, ese gobierno (un Camelot de Kennedy elevado al cuadrado, un gobierno de Clinton sin lamparones) luchó contra extremistas de todo cuño, contra el demonio de las armas, contra un supuesto intento de magnicidio, contra extorsiones de diversa índole, contra los fantasmas de Oriente Medio. Una y otra vez nos explicaba lo fácil que es convertirse en cómplices de la corrupción generalizada. Los protagonistas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca", siendo poderosos como eran, se hallaban tentados a cruzar esa línea que te hace indigno, pero ganador, luchaban contra esa tentación, se las ingeniaban. "Nosotros no hacemos esto" era su divisa. ¿Cómo podíamos nosotros, espectadores, humanos del montón, aguantar a esa pandilla de inmaculados lechuguinos sabelotodos? Porque las historias eran buenas o muy buenas, el diálogo brillante y la puesta en escena dinámica. Que levante la mano quien lo niegue, que le llamaré mentiroso: los episodios del "Ala Oeste..." empujaban a la emulación, te levantabas del sofá y te decías "Yo también puedo", dejabas de ser un cínico, un gandul, un vergonzoso o un gilipollas que vivía en el mismo sitio en que su presidente, un antiguo inspector de Hacienda, repetía con voz de pato "España va bien, España va bien...". Y te alegrabas de que ese hombre no siguiera siendo inspector de Hacienda, porque se supone que es un oficio con mayor responsabilidad que el de títere. De alguna manera, mientras duraba la sensación, te dabas cuenta, aunque fuera ingenuamente (lo que no está nada mal) que tu vida no dependía del tío del bigote, ni de tu jefe, ni de esa esterilidad absoluta en todos y en todo, de esa enfermiza falta de ilusiones, de ese ganar los malos siempre sin que ni siquiera se juegue el partido.

Entonces llegó el 11-s y nos enseñó que, como dicen en el Rey Lear, "Aún no estás en lo peor mientras puedas decir 'Esto es lo peor'". Casualmente, a partir de ese momento, se pusieron de moda los libros sobre los nazis y la Segunda Guerra Mundial, supongo que por una maniobra inconsciente de la astucia de la razón comercial. Una vacuna para los semicultos. Y aún sigue la racha, por cierto, y los franceses nos cuelan por la escuadra "Les Bienveillantes", un best-seller de toda la vida con datos duros que cualquiera puede encontrar en "La destrucción de los judíos europeos" de Hilberg, su poco de biografía de Heydrich, su gotita de Barbey D' Aurevilly y un chorro de "Las últimas orgías de la Gestapo", aquella película burra. Los intelectuales se ponen nerviosos y como, no sé por qué, toca hablar del libro, sólo se les ocurre decir con Steiner, dado el gusto del protagonista por Beethoven o Vermeer, que "las humanidades no humanizan". O cantan a coro por las calles: "¡El mal, el mal, es cosa banal!" (o lo contrario). Al parecer, nunca han conocido a hijos de puta con cierto buen gusto, o más aún, a hijos de puta que se las dan de refinados. Y hasta se pueden encontrar novelas inteligentes con muchos datos reales y que no contengan más verdad que un zurullo, o sólo esa verdad. Algo bien real, bien humano, bien constante, el zurullo.

Pero volvamos al "Ala oeste...". Desde el 11-s, Bush ha hecho lo posible para burlarse de su antagonista de ficción, ese Josiah Bartlet (Martin Sheen) que lucha una y otra vez contra los ángeles malos de su interior, espíritus que el mando de un imperio debe potenciar con suma facilidad. Lo de Aznar no tiene nombre, así que lo dejamos, no sin antes mencionar que todos nos hemos encontrado en la vida a alguien como Aznar, que no podemos evitar que los aznares de este mundo nos reduzcan a la nada espiritual. Irresponsables, trepadores, moralmente mezquinos, faltos de sentido del humor, de ingenio, de cultura, de una idea de los hombres y las cosas que no sea el sacarles provecho, de una incapacidad absoluta de estar a la altura de los acontecimientos, camufladas sus interesadas decisiones en los más peregrinos símiles históricos (¡Churchill!, por el amor de Dios) cuando sólo es, y así se ha demostrado, propia conveniencia. Ahora es palmero de Rupert Murdoch. Y los otros, los que hubo antes que él y los de ahora, no son mejores, sólo distintos. Y los puede haber peores, claro. "Es lo que hay...". "Aún no estás en lo peor..." ¡Que vienen los benveillantes!  

Aaron Sorkin siempre ha escrito sobre lo mismo. "Algunos hombres buenos", su primer guión, nos lo decía todo en el mismo título. Aunque me parece que hacía referencia a quienes redactaron la Declaración de Independencia, la proposición se extendía a esos otros hombres que, alguna vez, en algún lugar, dan cohesión al mundo y le impiden caer en el caos de la bajeza. Como la estrella Tom Cruise no se halla entre estos hombres y su interpretación en la película se puede calificar de abominable sin paliativos, el mensaje (que no es mensaje, sino actitud) se diluyó en una jungla de muecas, autoconsciencia y excesos interpretativos. De todos modos, en aquella película ganaban los buenos porque tenían la fuerza de la razón, porque trabajaban duro, porque se la jugaban. Lo que nos gustaría que pasase alguna vez.

Años después, tras el éxito de "El Ala Oeste...", pero cuando la serie ya no es sólo inverosímil, sino además incongruente, debido a la, no por implacable y aterradora, completamente estúpida evolución de la realidad, Sorkin lo intenta de nuevo. La nueva serie, "Studio 60 on Sunset Strip" se centra en el mundo de la televisión. Todos vuelven a ser inteligentes, brillantes, dinámicos, incansables. Todos son conscientes de su talento y todos saben la fragilidad de ese talento cuando se somete a las fuerzas absurdas, pero bien reales, de este mundo. La serie tiene el mismo arranque de "Network", pero mientras esa gran película optaba por el apocalipsis y lo grotesco, por un lado (y bien profético que fue, por cierto, y qué poco grotesco parece ahora) y el dolor y el estoicismo, por otro, esto es, tenía mucho más que ver con una combinación de Séneca y su casi contemporánea "There's a Riot goin' on" que con el idealismo, "Studio 60" toma la dirección contraria. Se puede hacer un gran show de televisión, se puede dignificar el medio, darle significado, elegancia, elevación y entusiasmo, si se cumplen los requisitos adecuados, si se salvan los obstáculos, si se lucha. Todo vuelve a ser poco menos que imposible ¡pero qué ganas de que la realidad se parezca sólo un poco a eso! ¡qué hambre de cierta grandeza, de ser competentes y hacernos libres y poder decir: "¡esto lo hicimos nosotros!" "¡este es nuestro legado!"

Advertencia: esta serie está especialmente recomendada para todo aquel que trabaje en equipo y/o le guste su trabajo. Además, de la gente de la televisión, periodistas de diversos medios y artistas de variada índole se sentirán estimulados por su visionado. Absténganse cenizos, burócratas de espíritu, niñatos que se creen que están de vuelta cuando aún no han ido, personajes diversos que se han convencido de que el cinismo lo han inventado ellos, políticos en activo (pero no políticos en ciernes) y, en general, envidiosos del talento de Sorkin, el cual, por cierto, en "Studio 60", libre de corsés patrióticos, alcanza su mayor altura. Un talento que quizá se base en un espejismo del consuelo, pero me gusta.

Escrito por Francisco Casavella a las 12:50
Hay 20 comentarios de este artículo

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Sigue escribiendo allá donde estés,más tarde o más temprano iré a leerte, mientras tanto leeré lo que aquí nos dejaste.
(19/08/2010 - 03:44)

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Qué pena que te conociera el dia de tu muerte.
Sigue escribiendo allá donde estés,más tarde o más temprano iré a leerte, mientras tanto leeré lo que aquí nos dejaste.
(12/06/2010 - 10:55)

June
Tiene muchos huevos que me haya puesto a escribir este comentario a alguien que no está, pero algo tenía que hacer con lo mucho que me está gustando "Lo que sé de los vampiros " , hasta el punto de hacer cenizas mis propias aspiraciones literarias; aunque si soy sincera , con esta lección de historia y literatura y podredumbre poética seguro que harás de mí , involuntariamente , una escritora mejor .
Donde quiera que estés , Francisco, gracias .
Las palabras nunca mueren .
Tu alma habrá de repetirse para durar más la próxima vez , qué viaje tan corto .
Descansa en el cielo de las letras , de las ideas, de lo que más te gustara.

(28/10/2009 - 18:56)

Juanma 61
Qué pena que te conociera el dia de tu muerte.
Sigue escribiendo allá donde estés,más tarde o más temprano iré a leerte, mientras tanto leeré lo que aquí nos dejaste.
(19/12/2008 - 00:47)

Kate
La vida es decepcionante y la muerte tan inesperada es una putada.
D.E.P. mi querido amigo. Hasta siempre!!.
(18/12/2008 - 02:58)

Pedro Mª
El mundo literario lamenta sin duda tu muerte, ahora te toca seguir tus entrelineas en lo mas alto, Mucha suerte en esa otra vida de escritor.Un abrazo
(18/12/2008 - 02:43)

Antonio
Ha muerto la promesa de las letras españolas. D.E.P.
(18/12/2008 - 00:16)

Manuel
Que un escritor muera a los 45 años es morir muy joven. Y más en su caso donde además de lo ya conseguido,hubiera podido tener una mucho más larga y fructífera carrera.
Lo conocía como articulista (tengo guardados en el disco duro sus artículos sobre 'The Wire' o Kiko Veneno) pero ahora cuando alguna vez lea 'El día del Watusi' y muy probablemente disfrute,aun me sabrá más mal su prematura muerte .

Además,como sólo a veces pasa y sin ser necesario en un escritor,tenía toda la pinta de ser un gran tipo.

Dejo el enlace de la entrevista de una hora que le hicieron en el programa 'Converses':

http://www.catradio.cat/reproductor/audio.htm?ID=274156


(17/12/2008 - 23:01)

a
No me lo puedo creer, no me lo puedo creer... ¿Y ahora que hacemos sin tus futuros libros?
(17/12/2008 - 21:42)

David
Descansa en paz, lleno de letras y con el sentido puesto en lo que no se ve, en lo que se siente. Las palabras hoy esquivan un poco su cometido. Atrápalas allá donde estés. Hasta siempre.
(17/12/2008 - 20:40)

cualquiera
Esta mañana me ha llegado su último libro.
Buen viaje, señor escritor.
(17/12/2008 - 20:39)

buko
Antes, Foster Wallace; y ahora, tú.

Descansa en paz, maestro.
(17/12/2008 - 20:33)

Raúl
Muy bueno el artículo. Sorkin es un genio; al acabar un capítulo de El Ala Oeste el espectador se siente con más energía vitalidad que cuando se sentó a verlo. Sólo por el inicio de Studio 60 merece la pena toda la serie.

A ver cuándo nos regala otra obra maestra...

Y felicidades.
(07/01/2008 - 10:50)

Mel
Enhorabuena!!!! Ya sabes por qué.
(06/01/2008 - 16:38)

serial killer
Gran artículo. Studio 60 es una pequeña gran joya que permite numerosas lecturas, muestra del inmenso talento de Sorkin. Tenéis un repaso episodio a episodio en http://blogs.plus.es/serialkiller/studio_60/index.html
(23/08/2007 - 22:21)

manolo
Adoro esa serie
(10/01/2007 - 10:02)

sandra
Me parece un artículo muy interesante. Lo que ocurre es que yo no consigo sobreponerme al patriotismo siempre presente en las series de Sorkin. Lo sé, lo sé es un problema mio.
(13/12/2006 - 13:31)

Jaime Ripoll
Genial artículo!

“Walk fast, talk fast”. Así es la televisión de Sorkin. Su mundo. Creador derrotado demasiadas veces por su propio genio, Sorkin cambió la forma de entender la ficción episódica pues nadie contó con tantos medios para abandonarse a la forma, a planos onanistas de grandes decorados en los que actores con pasado excelso (y presente de sombras – Martin Sheen, Rob Lowe) comparasen supuestos talentos, e hizo todo lo contrario. Que hablen mucho y piensen más. No hay tiempo (ni en el Gobierno de Camelot ni en la ficción de 41 minutos) para malgastarlo en espejos. Exponer, enseñar, aprender. Así se entiende “The West Wing” pero también sus extremos “Sports night” (serie pionera, 20 minutos por episodio, el ritmo de la cocaína, el final infeliz) y “Studio 60” (la serie de rehabilitación, la mañana después de la derrota, Jonás de viaje por el vientre maquillado de una bestia televisiva que vive con la amenaza, programa sí, audiencia también de cancelación).

El desencanto que sí existe en “Studio 60” es el que dejó en “West Wing” para quienes iban a recoger su testigo. En la quinta temporada el Gobierno de ficción estaba demasiado lejos del Presente Bullshit. “West Wing” corría el riesgo de ser vista como fantasía, ya no sólo ficción. Actualizó contenidos. Aceptó que la paz mundial es imposible, que los gobiernos se disuelven, sus miembros se separan, enferman y mueren a ritmo (eso sí) siempre menor que el de sus ideales. Las banderas estadounidenses siempre compartieron plano en “West Wing”. El patriotismo de Sorkin sólo difiere en el de Wells en la genialidad con el que se expone. Sorkin moraliza desde el choque de contrastes, Wells evita accidentes y crea personajes con una moral. La del mínimo común.

Y no, no es justo decir que tras la pausa autodestructiva de Sorkin (huída o expulsión según quien lo cuente), “The West Wing” nunca más recuperó la excelencia que la convirtió en pilar. No. La campaña por las presidenciales con la que se construye la sexta temporada es otro viaje al mundo imposible de brillantes y bienintencionados republicanos, de brillantes y desunidos demócratas; de discursos que producen envidia por ocurrentes, por ficticios. Aún más cerca que nunca de un presente político siniestro, “The West Wing” siguió siendo hasta el día de su episodio final, “Tomorrow”, una escapada furtiva y necesaria para quienes sabemos que, llegados a este punto, la realidad es incapaz de beber de esta ficción y la ficción incapaz de construir edificio alguno sobre un presente político de humo y mierda. De mentira y mediocridad. No, no hay puente posible. Y el mar, el mar sigue siendo de madera.

Saludos,


(10/12/2006 - 08:24)

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Francisco Casavella

Francisco Casavella se llama en realidad Francisco García Hortelano y nació en Barcelona el 15 de octubre de 1963. Ha practicado diversos oficios sin pasar en ninguno de ellos de la categoría de aprendiz. Considera que desde hace diecisiete años se gana la vida como escritor aficionado. Por lo tanto, aquí hay un error. Ha publicado las novelas "El Triunfo" (1990), Quédate (1993), "Un enano español se suicida en Las Vegas" (1997) y "El Día del Watusi" (2002-2003) aparecida en tres partes tituladas "Los juegos feroces", "Viento y joyas" y "El idioma imposible". Ésta última ha sido traducida al francés, alemán, holandés, italiano y en octubre será publicará en inglés por la prestigiosa editorial Faber. Ha ganado algún premio, pero tan excéntrico como la relación del autor con el medio cinematográfico. Colabora en el suplemento de libros de El País. Una vez leyó en Internet el comentario de un lector: "Cuando no sé qué hacer, abro "El día del Watusi" por cualquier página". Al leer eso, al autor le dio un vuelco el corazón.

Próximas aventuras:
"El secreto de las fiestas" (novela): Mondadori. Septiembre 2006.
"Lo que sé de los vampiros" (novela): O como Napoleón dijo lo más certero sobre la Historia Universal, mientras huía de cientos de conejos. ¡Hecho real! En su librería en el 2007.
"La verdadera historia de la verdad" (ensayo). Galaxia Gutenberg. 2007

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