La tele luce que da gusto verla (II) |
04/12/2006 |
Capítulo 2: Aaron Sorkin: un moralista
Me gustaría presentar dos textos antes de comentar la excelencia de las series de Aaron Sorkin ("El Ala Oeste de la Casa Blanca" y "Studio 60 on Sunset Strip"), de lo inverosímiles –pero no incongruentes- que parecen muchas veces las historias de este autor, y de esa cualidad tan extraña que es un moralismo exento de moralina, o mejor dicho, la presentación de un ideal sin ruborizarse, porque se posee la conciencia de que uno no debe avergonzarse del propio talento.
Primer texto: "La tiranía imprime un carácter de bajeza a toda clase de producciones; la lengua misma no se halla a cubierto de su influencia; en efecto ¿es indiferente para un niño el oír alrededor de su cuna el murmullo pusilánime de la servidumbre, o los acentos nobles y orgullosos de la libertad? He aquí los progresos necesarios de la degradación: al tono de la fineza que comprometería sucede el tono de la fineza que se recata, y ésta cede el sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación."
Segundo texto: "Los sueños de libertad se agotan y se disuelven a medida que el mundo se burla de ellos con sus versiones de la realidad. Se disuelven porque aquel que se sintió vivo gracias a esos sueños ahora debe vivir en ese mundo. Él o ella no se someten a ese mundo, necesariamente, pero se acomodan al mismo a diario de ciertas maneras: con cada pensamiento que descartan, con cada palabra que callan, con cada fantasía de violencia, liberación o muerte que se desvanece entre los sueños nocturnos que uno no comprende y tampoco tiene demasiadas ganas de comprender."
Doscientos años separan estos textos. Los dos son comentarios de una obra. El primero es de Diderot (capítulo X de su "Vida de Séneca") El segundo, de Greil Marcus (un comentario sobre el disco de Sly and the Family Stone: There´s a riot goin' on) Parecen escritos el mismo día, a la misma hora, por la misma persona. Sin embargo, al llegar a las mismas conclusiones sobre el proceso de la disolución de la verdad y del coraje, sometidos al martilleo de una tiranía, que no posee apariencia totalitaria, pero es muy eficaz en su voluntad de opresión, los dos autores, cuando hacen su comentario, se refieren a una tercera persona o situación. Diderot al reinado de Luis XV. Marcus al gobierno de Nixon.
Séneca era un estoico. Su doctrina decía que no hay más victoria que aguantar con dignidad las múltiples y severas demoliciones de la vida.
Sly Stone era un artista desesperado. Por decirlo claro, "There´s a riot..." es un vómito de sangre al que sólo salva la increíble belleza de su música, la rabia de sus letras, el modo magnífico en que están enlazados esa letra y esa música. Una belleza intrincada. Una belleza que busca consuelo y sólo encuentra más desesperación: "No puedes llorar, porque parecerías hundido/Pero estás llorando igual, porque estás hundido del todo" (Family affair)
Aaron Sorkin no es ni Séneca ni Sly Stone, más bien todo lo contrario, pero comparte la visión del mundo de sus comentaristas y tiene esperanzas de reforma. Es la visión de Diderot y Greil Marcus transformada en narración ideal, en una tercera vía. Aaron Sorkin nos ha querido mostrar que la frase hecha "Mira, es lo que hay..." es la peor manera de mentirse a uno mismo. "Claro que hay más, dice Sorkin: podría haber esto que ahora os muestro."
"El Ala oeste de la Casa Blanca" se empezó a emitir en 1999, el último año del mandato de Bill Clinton, y nos presenta, lo diremos rápido, un gobierno de los Estados Unidos imposible, una Atenas de Pericles tal como nos gusta imaginarla y no como fue. El presidente es Premio Nobel de Economía y, además de poseer una bien medida capacidad de liderazgo, lo sabe todo. Es un científico (si la Economía es ciencia, que yo creo que es hechicería) y un humanista. ¿Tiene ese presidente bajo sus órdenes a subalternos que puedan estar a su altura? De sobra. Los que escriben los discursos son, ya que lo hemos citado, reencarnaciones de Diderot políticamente adecuadas (que no correctas - ni incorrectas tampoco). Las señoras, en sus diversos papeles de secretaria de prensa, primera dama, analista de campaña sordomuda o hasta puta de alto standing son, casi al unísono, una reencarnación de Dorothy Parker con sólo un martini en el cuerpo. Hasta los republicanos tienen dos o tres mentes bien afiladas. Estamos ante un gobierno ideal que debe bregar con este bajo mundo, que es complicado, lleno de malicia y de injusticia, sí, pero superable. No es un mundo como debería ser, pero ahí están esos hombres para lograr que sea algo mejor con su brillo y su esfuerzo. También son humanos, sí, pero, jo, qué humanos.
En las dos primeras temporadas de la serie, ese gobierno (un Camelot de Kennedy elevado al cuadrado, un gobierno de Clinton sin lamparones) luchó contra extremistas de todo cuño, contra el demonio de las armas, contra un supuesto intento de magnicidio, contra extorsiones de diversa índole, contra los fantasmas de Oriente Medio. Una y otra vez nos explicaba lo fácil que es convertirse en cómplices de la corrupción generalizada. Los protagonistas de "El Ala Oeste de la Casa Blanca", siendo poderosos como eran, se hallaban tentados a cruzar esa línea que te hace indigno, pero ganador, luchaban contra esa tentación, se las ingeniaban. "Nosotros no hacemos esto" era su divisa. ¿Cómo podíamos nosotros, espectadores, humanos del montón, aguantar a esa pandilla de inmaculados lechuguinos sabelotodos? Porque las historias eran buenas o muy buenas, el diálogo brillante y la puesta en escena dinámica. Que levante la mano quien lo niegue, que le llamaré mentiroso: los episodios del "Ala Oeste..." empujaban a la emulación, te levantabas del sofá y te decías "Yo también puedo", dejabas de ser un cínico, un gandul, un vergonzoso o un gilipollas que vivía en el mismo sitio en que su presidente, un antiguo inspector de Hacienda, repetía con voz de pato "España va bien, España va bien...". Y te alegrabas de que ese hombre no siguiera siendo inspector de Hacienda, porque se supone que es un oficio con mayor responsabilidad que el de títere. De alguna manera, mientras duraba la sensación, te dabas cuenta, aunque fuera ingenuamente (lo que no está nada mal) que tu vida no dependía del tío del bigote, ni de tu jefe, ni de esa esterilidad absoluta en todos y en todo, de esa enfermiza falta de ilusiones, de ese ganar los malos siempre sin que ni siquiera se juegue el partido.
Entonces llegó el 11-s y nos enseñó que, como dicen en el Rey Lear, "Aún no estás en lo peor mientras puedas decir 'Esto es lo peor'". Casualmente, a partir de ese momento, se pusieron de moda los libros sobre los nazis y la Segunda Guerra Mundial, supongo que por una maniobra inconsciente de la astucia de la razón comercial. Una vacuna para los semicultos. Y aún sigue la racha, por cierto, y los franceses nos cuelan por la escuadra "Les Bienveillantes", un best-seller de toda la vida con datos duros que cualquiera puede encontrar en "La destrucción de los judíos europeos" de Hilberg, su poco de biografía de Heydrich, su gotita de Barbey D' Aurevilly y un chorro de "Las últimas orgías de la Gestapo", aquella película burra. Los intelectuales se ponen nerviosos y como, no sé por qué, toca hablar del libro, sólo se les ocurre decir con Steiner, dado el gusto del protagonista por Beethoven o Vermeer, que "las humanidades no humanizan". O cantan a coro por las calles: "¡El mal, el mal, es cosa banal!" (o lo contrario). Al parecer, nunca han conocido a hijos de puta con cierto buen gusto, o más aún, a hijos de puta que se las dan de refinados. Y hasta se pueden encontrar novelas inteligentes con muchos datos reales y que no contengan más verdad que un zurullo, o sólo esa verdad. Algo bien real, bien humano, bien constante, el zurullo.
Pero volvamos al "Ala oeste...". Desde el 11-s, Bush ha hecho lo posible para burlarse de su antagonista de ficción, ese Josiah Bartlet (Martin Sheen) que lucha una y otra vez contra los ángeles malos de su interior, espíritus que el mando de un imperio debe potenciar con suma facilidad. Lo de Aznar no tiene nombre, así que lo dejamos, no sin antes mencionar que todos nos hemos encontrado en la vida a alguien como Aznar, que no podemos evitar que los aznares de este mundo nos reduzcan a la nada espiritual. Irresponsables, trepadores, moralmente mezquinos, faltos de sentido del humor, de ingenio, de cultura, de una idea de los hombres y las cosas que no sea el sacarles provecho, de una incapacidad absoluta de estar a la altura de los acontecimientos, camufladas sus interesadas decisiones en los más peregrinos símiles históricos (¡Churchill!, por el amor de Dios) cuando sólo es, y así se ha demostrado, propia conveniencia. Ahora es palmero de Rupert Murdoch. Y los otros, los que hubo antes que él y los de ahora, no son mejores, sólo distintos. Y los puede haber peores, claro. "Es lo que hay...". "Aún no estás en lo peor..." ¡Que vienen los benveillantes!
Aaron Sorkin siempre ha escrito sobre lo mismo. "Algunos hombres buenos", su primer guión, nos lo decía todo en el mismo título. Aunque me parece que hacía referencia a quienes redactaron la Declaración de Independencia, la proposición se extendía a esos otros hombres que, alguna vez, en algún lugar, dan cohesión al mundo y le impiden caer en el caos de la bajeza. Como la estrella Tom Cruise no se halla entre estos hombres y su interpretación en la película se puede calificar de abominable sin paliativos, el mensaje (que no es mensaje, sino actitud) se diluyó en una jungla de muecas, autoconsciencia y excesos interpretativos. De todos modos, en aquella película ganaban los buenos porque tenían la fuerza de la razón, porque trabajaban duro, porque se la jugaban. Lo que nos gustaría que pasase alguna vez.
Años después, tras el éxito de "El Ala Oeste...", pero cuando la serie ya no es sólo inverosímil, sino además incongruente, debido a la, no por implacable y aterradora, completamente estúpida evolución de la realidad, Sorkin lo intenta de nuevo. La nueva serie, "Studio 60 on Sunset Strip" se centra en el mundo de la televisión. Todos vuelven a ser inteligentes, brillantes, dinámicos, incansables. Todos son conscientes de su talento y todos saben la fragilidad de ese talento cuando se somete a las fuerzas absurdas, pero bien reales, de este mundo. La serie tiene el mismo arranque de "Network", pero mientras esa gran película optaba por el apocalipsis y lo grotesco, por un lado (y bien profético que fue, por cierto, y qué poco grotesco parece ahora) y el dolor y el estoicismo, por otro, esto es, tenía mucho más que ver con una combinación de Séneca y su casi contemporánea "There's a Riot goin' on" que con el idealismo, "Studio 60" toma la dirección contraria. Se puede hacer un gran show de televisión, se puede dignificar el medio, darle significado, elegancia, elevación y entusiasmo, si se cumplen los requisitos adecuados, si se salvan los obstáculos, si se lucha. Todo vuelve a ser poco menos que imposible ¡pero qué ganas de que la realidad se parezca sólo un poco a eso! ¡qué hambre de cierta grandeza, de ser competentes y hacernos libres y poder decir: "¡esto lo hicimos nosotros!" "¡este es nuestro legado!"
Advertencia: esta serie está especialmente recomendada para todo aquel que trabaje en equipo y/o le guste su trabajo. Además, de la gente de la televisión, periodistas de diversos medios y artistas de variada índole se sentirán estimulados por su visionado. Absténganse cenizos, burócratas de espíritu, niñatos que se creen que están de vuelta cuando aún no han ido, personajes diversos que se han convencido de que el cinismo lo han inventado ellos, políticos en activo (pero no políticos en ciernes) y, en general, envidiosos del talento de Sorkin, el cual, por cierto, en "Studio 60", libre de corsés patrióticos, alcanza su mayor altura. Un talento que quizá se base en un espejismo del consuelo, pero me gusta.
Escrito por Francisco Casavella
a las 12:50 |