Me llamo Antonio Luque y nací en Sevilla en 1970. Por suerte vivo en Málaga y escribo canciones. Si escribo otras cosas es sólo para que se conozcan más las canciones. He grabado cientos de ellas, pero me gustan sobre todo las de los dos últimos discos. Sacaba sobresaliente en lengua. En clase de música nos echaban al recreo. Así me luce el pelo.
Publicación: 09/08/2012
Me pregunto cuántos blogs habrá abandonados por la red: son la basura del sentido, falsas medusas flotantes. Nuestros cerebros mismos son los que impiden que el universo se contemple a sí mismo en paz en su nadería. La posmodernidad ha hecho del mundo un Monopoly al que solo los dueños del dinero están acostumbrados a jugar con éxito, entendiendo por tal el correcto desarrollo del timo de la estampita.
Una comunidad de tontos fabricantes de fregonas, de vendedores de papeletas de fin de curso, de bebedores en festivos campos de concentración, de amantes edípicos e histéricas electrizantes, de entertainers caninos, de expertos en la deglución hipercalórica, de aspirantes tatuados a actores y actrices porno, de antiguos propietarios de coches tuneados e inmuebles para fantasmas, de enganchados a smartphones, de aficionados a la lectura rápida de aquello que puede inmediatamente ser rebatido -y de nada más-... es una comunidad a cuyas reuniones no puedo asistir ya si no es con la protección de las vallas de seguridad.
Esta noche me despido de Sevilla. No de la banda que me acompaña desde hace exactamente siete años, no: de Sevilla entera. Es probable que nos derritamos sobre el escenario, Javi, Pablo, Jordi y yo. Sería una desintegración mejor que la de The Cure.
He hecho tantos viajes Málaga-Sevilla-Málaga que me basta ver el mar para saber que hoy el sol caerá líquido (el único oro que queda de aquella edad de Las Indias) sobre la ciudad del nuevo rascacielos de La Caixa -antes Cajasol-.
¿Me basta con ver el mar? ¿Por qué no me quedé en Barcelona en 1994, entonces? ¡Tengo que dejar de hacerme esta pregunta! Mi cobardía no tiene remedio, acaso porque sea típicamente andaluza.
Es la primera vez que unos Sr. Chinarro se separan por falta de ilusión. La ilusión no es nada posmoderna. La historia terminó en el siglo XX. Me da igual que los discos se vendan hoy día solo por encargo, me da igual que mi MacBook tenga que ser renovado aunque funcione perfectamente por culpa de la trampa de las actualizaciones, no me importa que haya gente que me prevenga mediante comentarios vertidos a la Red de lo difícil que me será librarme de Jazztel cuando vengan mal dadas: YO COMPONGO Y GRABO, y lo haré mientras me sea posible.
Pronto comenzaremos a grabar un nuevo doble elepé de Sr. Chinarro.
¿Quién lo ha pedido? Mis santos cojones.
Muy agradecido de antemano a la Red Bull Music Academy y a Mushroom Pillow por sus gestiones. Gracias.
Marc Greenwood repite a la producción y al bajo. Alfonso, el baterista de Tachenko, se encargará de los tambores y las percusiones. Pau, de La Habitación Roja, como Marc, se pasará por allí y nos echará una mano. Invitaré a algunos colegas más y me atreveré, incluso, a arreglar yo mismo alguna copla.
Lo que en los niños es ilusión en los adultos es cabezonería.
Mi cabeza es mía.
Me voy a correr. Voy a practicar el salto de la caca de perro en esta Smartcity. ¿Escuchasteis al alcalde de Málaga anoche en la SER? Debo de haberme vuelto loco, no entiendo NADA.
Hasta la próxima, amigas y amigos.
Publicación: 14/05/2012
En el 85/86, los viernes, había “taller de novela”. ¡Taller de novela!
Era una idea de una profesora que no era como las/los de las demás asignaturas, y no porque lo suyo fuese Lengua y Literatura en vez de Física o gimnasia, sino porque dedicar los viernes a ejercicios escritos de Libertad parecía una desfachatez en aquel instituto de pueblo, plagado de profesores viejos que no tramaban sino cómo conseguir la siguiente baja por depresión. Ella era alta, elegante, esbelta, casi guapa, o así la recuerdo yo. ¿Ana María? Puede ser. No recuerdo su apellido. Ojalá lea esto.
Menos acostumbrados a relacionar trabajo y placer que a la perversión de los castigos bíblicos y sus cómputos groseros de panes y sudores, o al devenir incesante de las pelotas hinchadas y las redondeces recientemente púberes, de los cuarenta mochachos y mochachas que cursábamos 2º de BUP (bachillerato unificado polivalente), apenas 5 ó 6 nos tomábamos en serio (es decir, en broma) el bendito taller:
Francamente, me divertía, era la hora de clase que salvaba el resto de la semana, era un alivio del paso del tiempo, que ya entonces se reveló en su fugacidad acompasada como una completa estafa. Al fijar con palabras nerviosamente caligrafiadas sobre el papel cualquier anécdota que medio inventase, sentía que burlaba el desperdicio de las horas a solas en la cama, las horas de consejos no deseados, las de las trampas matemáticas, las de la pederastia en potencia del cura -quien vio en mí cierta vocación, glups-, las de las flexiones y genuflexiones innecesarias, las del puto potro y el puto plinto, las del análisis de los juegos de ordenador que en el recreo hacían los que ya habían comenzado la interminable y estúpida carrera del comprador de gadgets: yo contaba, por ejemplo, cómo unos años atrás me alejaba del barrio para ir a clases particulares de ciencias, contaba el camino, la distancia, la incipiente soledad del que se sabía ya un incomprendido, pues si no había aprendido a derivar o integrar, matrices o cónicas, estequiometría o movimiento vibratorio armónico simple era porque no me interesaba nada de eso, porque vi que se trataba de inventos inútiles apenas poéticos, no por mi torpeza, y así lo demostré obteniendo notables y sobresalientes en lo sucesivo en esas “materias”, tan solo por ahorrar a mis padres unas cuotas que se embolsaban los mismos profesores que en las horas lectivas ordinarias se explicaban sobre lo mismo bastante peor (porque cuarenta son muchos alumnos, está claro). Ana María aplaudía mis textos, y no había viernes que no tuviese que leer en voz alta y temblorosa el mío. Era también el caso de Ventura (con quien acababa de hacer un grupo musical simplemente comprando una hucha para la primera guitarra), muy dado a lo escabroso y lo escatológico, el de Llatas (también del grupo, muy al principio, cuando nos prestaba la guitarra de palo y el órgano de pared de sus hermanas y el chalet de sus padres para hacer ruido), pura literatura humorística la de Llatas; el caso de Tinoco (un talento que se desperdició, creo, en la vaquería de la que apenas pudo salir para estudiar aquellos años y acompañarnos “a la batería” (¡tocando las teclas de una máquina de escribir!) y el de Brígida, una mochacha que estaba buenísima, oh, que parecía mayor que todos nosotros y que siempre salía a la pizarra en matemáticas mientras Mariano buscaba con ahínco su llavero. Brígida escribía cosas de mochachas, y según la profesora, mochacha ella en verdad, no lo hacía tampoco mal. Éramos libres de entender el conocimiento como un juego, y eso hicimos: de milagro en mi caso, pues mi familia apenas atesoraba un par de enciclopedias de esas con las que se entendían vendedores con talento y amas de casa aburridas. Pasaron y se perdieron los años y con ellos poemas y textos más o menos largos, y, claro, hubo que poner letras a las canciones, aunque en ningún momento sentí que tuviese que separar lo que escribía según lo extenso que fuese, pues, excepto los vendedores de enciclopedias, todos saben ya que el saber no se vende al peso, y menos el saber de uno y del prójimo, que es muy escaso. Acaso el saber de lo distante pueda ser verdaderamente heavy y nacarado; es el caso de la Biblia, libro de los libros para los de la secta más exitosa por nuestros lares. Siempre desconfié del éxito.
Ahora veo el libro gordo, el mío, el de El Aleph, Exitus, en los estantes de las librerías, de la Fnac, y, ¿qué siento? Un poco de alegría, puesto que demostré a mis padres que no había que ser Antonio Gala para dedicarse a escribir (lo tienen por rico y por marica, no sé cuál de las dos supuestas características del poeta de nacimiento preocupa o debería preocupar más a mi familia), y un poco de tristeza, pues, como ya habréis leído mil veces por ahí, lo que uno pone en el papel o en el archivo de texto es, en verdad, como la vida misma, material (inmaterial) de desecho, excreción cerebral, últimos coletazos en la ciénaga del sentido.
Y corto el rollo, sé que nadie lee más de página y media de texto. Son tiempos de Twitter: se ingiere poco, poco se excretará, todo quedará registrado por el Gran Hermano Macroeconómico-tecnológico y su Gadgetoespía.

(Pronto saldrá a la venta Exitus en versión digital: aprovechad para comprar las últimas novedades y ampliar la maraña de cables y cargadores del cajón de los calcetines zurcidos.)
Publicación: 20/02/2012
Otro disco de Chinarro. Y van... Ni yo lo sé. Tendría que contarlos, y me da pereza pasar por ese túnel del tiempo cada vez que hago públicas mis canciones. Entre otras razones, compongo para saber por dónde voy y por dónde voy a ir, no por dónde pasé. Esta vez es doble. El primer doble. Doble en vinilo, sencillo en CD: alguna ventaja tenía que tener este formato que tan revolucionario fue. Aunque para revolución la de Telefónica, ¿verdad? Dadme un ADSL y moveré el mundo: haré de él MOJAMUTILANDIA -con permiso de los chanantes-. Un inmenso patio de vecinos y vecinas. Un recreo abandonado. La antesala del botellón interminable. Un cursillo acelerado para nuevos drogadictos de festival. Toda revolución tiene sus víctimas, desde luego. Pero todo sea por la revolución.
¡Vaya hoja de promoción que va a quedarme! Me lloverán los insultos.
No importa: me gusta que quede claro qué es eso de la libertad internáutica.
Leí en el blog de Blas Fernández, periodista sevillano que entrevistó a Sr. Chinarro por primera vez, en 1990, en Radio Aljarafe, que al anunciar él un nuevo artículo en el periódico para el que trabaja, el Diario de Sevilla, sobre no sé qué disco reciente de Sr. Chinarro, alguien le reprochaba que se repitiera: “¿Oootra vez Chinarroooo?”. Se da por hecho que hacer música en España, en especial si es pop o rock, es apenas un entretenimiento de chavales (chavalas pocas) que antes era oportunamente interrumpido por el servicio militar y ahora debería ser abandonado por el sentido común de los buenos ciudadanos: se da por hecho que el Estado, el Estado en el que estamos, es suficientemente bueno y soleado, incluso en plena crisis (los inmigrantes de países realmente pobres se ríen de nuestra recesión, y yo también, porque viví la pobreza “tardofranquista” y sé qué es pobreza y qué es añoranza del consumismo estúpido e insostenible).
Nadie en verdad quiere un cambio, y el artista deja de ser el que con su especial sensibilidad (e inteligencia, por qué no decirlo) otea el horizonte (¿nubes o explosiones?) y cuenta lo que ve venir, aterrado ahora, para convertirse en un comparsa en los mítines juveniles, en el bufón disfrazado, en la orquesta de chimpón, en el putón verbenero o, en el mejor de los casos, en un conjunto de jazz de los años 20 del siglo XX o en afilados quitamiedos rompepiernas: deejays o grupos de hard rock.
¿Cómo es este doble disco? Hablar de música siempre fue un poco tonto, ahora es del todo absurdo: se descarga uno el disco, se oye por encima mientras se hace cualquier cosa que haya que hacer para pagar las mensualidades, se entra en un foro y se ponen cuatro tópicos y catorce
exabruptos: esa es la crítica que nos espera, amigo Blas.
El doble disco es de Sr. Chinarro, eso es todo.

Se grabó en Valencia porque los músicos de Maga que me acompañan estaban atareados con Maga y otros proyectos musicales que tienen (hace falta valor, y pluriempleo), así como Jordi Gil se encerraba en su estudio con los interminables experimentos de fusión flamenca -fuente inagotable la fusión flamenca, por suerte para la industria musical del sur, de la que forman parte los estudios de grabación y bebe el sediento poder autonómico-.
Como decía siempre Franco, no hay mal que por bien no venga:
Había visto a Marc Greenwood tocar con La Habitación Roja decenas de veces. No supe que además de bajista era productor hasta que no me llevó Pablo Maronda a ver y escuchar cómo grababan el disco de Maronda. Fue en un estudio bastante más modesto que el Sputnik de Jordi Gil; era El Sótano, en el bonito barrio del Carmen, en València.
Maronda me envió su disco y el sonido me gustó. Esto de los sonidos es como lo de los colores, ¿saben? Y las canciones me gustaron, dicho sea también. No dudé y me planté en El Carmen con la furgoneta llena de cacharros. Acerté: es el disco que más cómodamente he grabado. Solo faltaba que grabar fuese, además de un trabajo no remunerado, una pesadilla.
Cuando llegué, Dani Cardona, el regente del estudio, ¡había grabado ya las baterías sobre las maquetas que envié por email! Un baterista con
estudio: too good to be true. Marc grabó los bajos (de diecinueve canciones, las que trae el ¡Menos Samba!) de pie, sin descanso, sin fumar, sin beber, sin errores, una tras otra, con su Fender Precission de los 60, de cuando los aparatos se hacían como hay que hacer las cosas, BIEN: el sueño de cualquier empresario, este Marc.
¿No sabíais que un grupo de música es también una empresa? Y un estudio de grabación: es una empresa. Y una compañía de discos lo es.
Y un periódico. Y una tienda de discos. Y Telefónica, ya. Esta es la buena para vosotros, claro. ¿Síndrome de Estocolmo? Venga, decidme lo del nuevo modelo de negocio. ¿Hablamos con Don César Alierta? Eso tendríamos que hacer:
enseñarle los dientes.
Por abaratar, y porque confié en él enseguida, el disco se mezcló en la habitación de Marc, en su casa, con un resultado que da la razón a los que afirman -como he afirmado yo miles de veces- que la mayoría de los caros cachivaches de los estudios de grabación satisfacen más la fantasía acumuladora y el delirio de grandeza -la de todos, el de todos- que nuestras necesidades acústicas; que los estudios de grabación deberían ser sencillos como el radiocasete Sanyo que tuve de niño, pero a lo grande. Claro, eso de las mezclas fue después de que Pablo Maronda grabase sus coros y cantase conmigo, y de que un buen lote de músicos valencianos colaborase activamente y de manera altruista (sin cobrar, vaya) arreglando y grabando los arreglos del disco (fue sorprendente comprobar lo versátil y hábil que es Pau Roca, lo veloz y paciente que es Gilberto Aubán, lo apañados y amables que son los de La Muñeca de Sal con el pedal steel, los trombones y lo que hiciera falta, la habilidad que tienen en Valencia con los instrumentos de viento -en especial Adrián Recatalà y Yolanda Martínez-, pues hay allí en la terreta hay una buena tradición de bandas de música: bastó la primera toma casi siempre). En Mushroom Pillow pueden estar contentos -aunque calculo que en todo caso tendrán que vender unos dos mil ejemplares para recuperar lo invertido, y no sé yo quién paga en España por lo que podemos llevarnos sin hacer ruido ni sacar la dolorosa (la cartera)-. Sí, a veces descargo discos, lo confieso, y sé que mi pataleta es inútil, que el proceso es kafkiano e irreversible. Pero no me prohibís quejarme, ¿verdad? ¿O sí? ¿Estamos ante la demostración de que el anonimato da rienda suelta a lo peor de cada uno de nosotros, de que todos llevamos un führer en nuestro misterioso interior?
Los agricultores tiran los vegetales para mantener los precios, aunque sea verdad que hay hambre. Todos los internautas lo comparten todo menos sus contraseñas wifi, y yo compongo porque me sale del rabo, y grabo porque me pagan las grabaciones. Es así de sencillo. ¿Pueden asociarse los agricultores y, sin embargo, los músicos, más instruidos -se supone-, no podemos? En efecto, así es. ¿Por qué? ¿La bebida acaso?
Lo que no pienso hacer es la pelota al público, porque sí. No soy la Pantojita de Triana (ni Santana).
Bah, no escribo más por hoy, tengo cosas que hacer -escribir, concretamente-. Aprovecho esta tribuna para agradecer a los valencianos que sacaran este lote de canciones del ostracismo de mi portátil, en especial a Marc.
Una grabación de una selección de canciones mías, compuestas entre 2008 y 2011, algunas muy injustamente desechadas en su momento, eso es lo que se vende hoy aquí. Más adelante venderé libros y, sobre todo, conciertos. Descargaos las canciones si no tenéis dinero para comprarlas, yo os agradezco igual la atención (espero que en Mushroom no se enfaden). Y luego canturread en los bolos. Da gusto escucharos. Lo interactivo mola, ¡si lo sabré yo!
Ya sabéis que en persona soy más simpático, en especial si me dan de fumar.
:)
Abrazos.

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CARLOS MARZAL ('La arquitectura del aire'. Tusquets)