Me llamo Antonio Luque y nací en Sevilla en 1970. Por suerte vivo en Málaga y escribo canciones. Si escribo otras cosas es sólo para que se conozcan más las canciones. He grabado cientos de ellas, pero me gustan sobre todo las de los dos últimos discos. Sacaba sobresaliente en lengua. En clase de música nos echaban al recreo. Así me luce el pelo.
Publicación: 20/02/2012
Otro disco de Chinarro. Y van... Ni yo lo sé. Tendría que contarlos, y me da pereza pasar por ese túnel del tiempo cada vez que hago públicas mis canciones. Entre otras razones, compongo para saber por dónde voy y por dónde voy a ir, no por dónde pasé. Esta vez es doble. El primer doble. Doble en vinilo, sencillo en CD: alguna ventaja tenía que tener este formato que tan revolucionario fue. Aunque para revolución la de Telefónica, ¿verdad? Dadme un ADSL y moveré el mundo: haré de él MOJAMUTILANDIA -con permiso de los chanantes-. Un inmenso patio de vecinos y vecinas. Un recreo abandonado. La antesala del botellón interminable. Un cursillo acelerado para nuevos drogadictos de festival. Toda revolución tiene sus víctimas, desde luego. Pero todo sea por la revolución.
¡Vaya hoja de promoción que va a quedarme! Me lloverán los insultos.
No importa: me gusta que quede claro qué es eso de la libertad internáutica.
Leí en el blog de Blas Fernández, periodista sevillano que entrevistó a Sr. Chinarro por primera vez, en 1990, en Radio Aljarafe, que al anunciar él un nuevo artículo en el periódico para el que trabaja, el Diario de Sevilla, sobre no sé qué disco reciente de Sr. Chinarro, alguien le reprochaba que se repitiera: “¿Oootra vez Chinarroooo?”. Se da por hecho que hacer música en España, en especial si es pop o rock, es apenas un entretenimiento de chavales (chavalas pocas) que antes era oportunamente interrumpido por el servicio militar y ahora debería ser abandonado por el sentido común de los buenos ciudadanos: se da por hecho que el Estado, el Estado en el que estamos, es suficientemente bueno y soleado, incluso en plena crisis (los inmigrantes de países realmente pobres se ríen de nuestra recesión, y yo también, porque viví la pobreza “tardofranquista” y sé qué es pobreza y qué es añoranza del consumismo estúpido e insostenible).
Nadie en verdad quiere un cambio, y el artista deja de ser el que con su especial sensibilidad (e inteligencia, por qué no decirlo) otea el horizonte (¿nubes o explosiones?) y cuenta lo que ve venir, aterrado ahora, para convertirse en un comparsa en los mítines juveniles, en el bufón disfrazado, en la orquesta de chimpón, en el putón verbenero o, en el mejor de los casos, en un conjunto de jazz de los años 20 del siglo XX o en afilados quitamiedos rompepiernas: deejays o grupos de hard rock.
¿Cómo es este doble disco? Hablar de música siempre fue un poco tonto, ahora es del todo absurdo: se descarga uno el disco, se oye por encima mientras se hace cualquier cosa que haya que hacer para pagar las mensualidades, se entra en un foro y se ponen cuatro tópicos y catorce
exabruptos: esa es la crítica que nos espera, amigo Blas.
El doble disco es de Sr. Chinarro, eso es todo.

Se grabó en Valencia porque los músicos de Maga que me acompañan estaban atareados con Maga y otros proyectos musicales que tienen (hace falta valor, y pluriempleo), así como Jordi Gil se encerraba en su estudio con los interminables experimentos de fusión flamenca -fuente inagotable la fusión flamenca, por suerte para la industria musical del sur, de la que forman parte los estudios de grabación y bebe el sediento poder autonómico-.
Como decía siempre Franco, no hay mal que por bien no venga:
Había visto a Marc Greenwood tocar con La Habitación Roja decenas de veces. No supe que además de bajista era productor hasta que no me llevó Pablo Maronda a ver y escuchar cómo grababan el disco de Maronda. Fue en un estudio bastante más modesto que el Sputnik de Jordi Gil; era El Sótano, en el bonito barrio del Carmen, en València.
Maronda me envió su disco y el sonido me gustó. Esto de los sonidos es como lo de los colores, ¿saben? Y las canciones me gustaron, dicho sea también. No dudé y me planté en El Carmen con la furgoneta llena de cacharros. Acerté: es el disco que más cómodamente he grabado. Solo faltaba que grabar fuese, además de un trabajo no remunerado, una pesadilla.
Cuando llegué, Dani Cardona, el regente del estudio, ¡había grabado ya las baterías sobre las maquetas que envié por email! Un baterista con
estudio: too good to be true. Marc grabó los bajos (de diecinueve canciones, las que trae el ¡Menos Samba!) de pie, sin descanso, sin fumar, sin beber, sin errores, una tras otra, con su Fender Precission de los 60, de cuando los aparatos se hacían como hay que hacer las cosas, BIEN: el sueño de cualquier empresario, este Marc.
¿No sabíais que un grupo de música es también una empresa? Y un estudio de grabación: es una empresa. Y una compañía de discos lo es.
Y un periódico. Y una tienda de discos. Y Telefónica, ya. Esta es la buena para vosotros, claro. ¿Síndrome de Estocolmo? Venga, decidme lo del nuevo modelo de negocio. ¿Hablamos con Don César Alierta? Eso tendríamos que hacer:
enseñarle los dientes.
Por abaratar, y porque confié en él enseguida, el disco se mezcló en la habitación de Marc, en su casa, con un resultado que da la razón a los que afirman -como he afirmado yo miles de veces- que la mayoría de los caros cachivaches de los estudios de grabación satisfacen más la fantasía acumuladora y el delirio de grandeza -la de todos, el de todos- que nuestras necesidades acústicas; que los estudios de grabación deberían ser sencillos como el radiocasete Sanyo que tuve de niño, pero a lo grande. Claro, eso de las mezclas fue después de que Pablo Maronda grabase sus coros y cantase conmigo, y de que un buen lote de músicos valencianos colaborase activamente y de manera altruista (sin cobrar, vaya) arreglando y grabando los arreglos del disco (fue sorprendente comprobar lo versátil y hábil que es Pau Roca, lo veloz y paciente que es Gilberto Aubán, lo apañados y amables que son los de La Muñeca de Sal con el pedal steel, los trombones y lo que hiciera falta, la habilidad que tienen en Valencia con los instrumentos de viento -en especial Adrián Recatalà y Yolanda Martínez-, pues hay allí en la terreta hay una buena tradición de bandas de música: bastó la primera toma casi siempre). En Mushroom Pillow pueden estar contentos -aunque calculo que en todo caso tendrán que vender unos dos mil ejemplares para recuperar lo invertido, y no sé yo quién paga en España por lo que podemos llevarnos sin hacer ruido ni sacar la dolorosa (la cartera)-. Sí, a veces descargo discos, lo confieso, y sé que mi pataleta es inútil, que el proceso es kafkiano e irreversible. Pero no me prohibís quejarme, ¿verdad? ¿O sí? ¿Estamos ante la demostración de que el anonimato da rienda suelta a lo peor de cada uno de nosotros, de que todos llevamos un führer en nuestro misterioso interior?
Los agricultores tiran los vegetales para mantener los precios, aunque sea verdad que hay hambre. Todos los internautas lo comparten todo menos sus contraseñas wifi, y yo compongo porque me sale del rabo, y grabo porque me pagan las grabaciones. Es así de sencillo. ¿Pueden asociarse los agricultores y, sin embargo, los músicos, más instruidos -se supone-, no podemos? En efecto, así es. ¿Por qué? ¿La bebida acaso?
Lo que no pienso hacer es la pelota al público, porque sí. No soy la Pantojita de Triana (ni Santana).
Bah, no escribo más por hoy, tengo cosas que hacer -escribir, concretamente-. Aprovecho esta tribuna para agradecer a los valencianos que sacaran este lote de canciones del ostracismo de mi portátil, en especial a Marc.
Una grabación de una selección de canciones mías, compuestas entre 2008 y 2011, algunas muy injustamente desechadas en su momento, eso es lo que se vende hoy aquí. Más adelante venderé libros y, sobre todo, conciertos. Descargaos las canciones si no tenéis dinero para comprarlas, yo os agradezco igual la atención (espero que en Mushroom no se enfaden). Y luego canturread en los bolos. Da gusto escucharos. Lo interactivo mola, ¡si lo sabré yo!
Ya sabéis que en persona soy más simpático, en especial si me dan de fumar.
:)
Abrazos.

Publicación: 28/11/2011
Sentado en el césped, mientras el niño juega al fútbol en un pequeño terreno de juego circular y vallado con una pared metálica (diseñada con dos prácticos orificios que hacen de porterías), no tardo en usar sin querer uno de los superpoderes derivados de mi nerviosismo: la visión microscópica. Me rasco la espalda, me pica todo; millones de seres diminutos, espantosos con su nuevo tamaño en mi imaginación -nutrida por los desasosegantes estudios científicos ilustrados y publicados en dominicales-, ácaros, pulgones, acaso piojos, trepan por la grama hasta mi piel atacada por champús de medio pelo y aguas calcáreas y me convierten en un mono insatisfecho con el mayor logro de los humanos en lo que a la adaptación de la naturaleza a nuestros deseos concierne: el jardín. La grama pica ya por sí misma, sin ayuda del reino animal, pues sus hojas acaban en punta; está muy crecida, ha llovido mucho, ni siquiera es necesario aquel cartel tan tonto de “prohibido pisar el césped” -¿para qué sembrarlo entonces?-; ha llovido tanto que se me está mojando el pantalón. Me pongo en pie, el niño discute un nuevo reglamento, busco asiento entre las madres -en general tanto más apetecibles cuanto más envejezco-, y observo que algunos abuelos han venido con sus butacas de playa: los famosos recortes sociales han llegado al Imserso y a las partidas presupuestarias para mobiliario urbano. No hay bancos para ver con preocupación pasar el tiempo; las madres se aburren, los maridos más aún. Se han puesto sus mejores ropas, ellas han ido a la peluquería para ser otras en lo que tarden en ducharse. Pasa una joven tirando de un jabalí atado: es su mascota. Digo: si vienen mal dadas siempre podrá acabar en la barbacoa. Uno se ríe por lo bajini. Su mujer no. La del jabalí nota que causa más estupefacción que admiración. El cerdo anda cansado. Mi hijo grita divertido, pero como pidiendo una explicación: yo miro el trasero de la chica por toda respuesta. Ella se aleja, incólume, y el bicho deja ver un colmillo aterrador. Nos vamos, a clase de tenis. La pista está rodeada de piedras blancas; restos de una cantera de mármol, supongo. Aunque Guillermo no ha acabado su colección de cromos de la liga de fútbol, porque es imposible que tales colecciones no escondan la trampa de lo inalcanzable, del cromo ideal, del borrego perdido por el que uno desprecia un rebaño completo (aún no he averiguado de quién se trata; acaso un escudo o una bandera, no sé, a “Muriño” ya lo tiene, ¿será el balón de oro?), quise distraerlo con una que siempre me gustó a mí y nunca comencé, pues me vanaglorio desde niño de no juntar nada -apenas ahora unos billetes en un banco que cualquier día encuentro reconvertido en quincalla y, a lo lejos, en neutrales cuentas suizas, cascarones de huevos en el popular juego del robo-: quise distraerlo con la colección de minerales. Puso sobre la raqueta unas cuantas piedras blancas y giró buscando el reflejo luminoso que las hizo preciosas, hoy de un sol de verano en noviembre para los cristales de carbonato cálcico, si mal no recuerdo. Hay un mineral de color caramelo, en el que podría haber azufre o algo peor, y un par de piedras negras que no son sino rocas, afectadas por el mal -malo en el ánimo de los hacedores de clasificaciones, normas, reglas y leyes- por el mal de la mezcla, de lo impuro, digo. Aún así, el pequeño geólogo de nuevo cuño regresa, las valora a su modo y las echa en una bolsa que ha encontrado tirada: se ha cansado de la negociación infinita de las normas deportivas y quiere subir a la montaña. Vamos a los pinares de San Antón, a las dos tetas, como dice él, malagueño ejemplar, pescador con suerte -sacó del mar un merillo no hace mucho, sin ayuda de nadie; y es capaz de construirse una caña con unos cuantos aparejos que recoge del suelo: con la manía de la gente de no usar las papeleras estoy por recuperar mi costumbre infantil de caminar cabizbajo sin razón-. Las dos tetas son dos elevaciones del terreno en las que puede uno encontrar mariposas en primavera, insectos horribles en cualquier estación y, dicen, un agujero por el que caer al interior de la tierra, a unos treinta metros de profundidad, oculto por unos palmitos (la palmera autóctona, enana y comestible -cuando había hambre-). No sería un mal lugar por el que desaparecer, tal agujero, pero para un tío como yo la fantasía del suicidio acaba con la redacción de la nota de despedida y, en tanto que cada vez que uno se pone a escribir trata de decirlo todo y de la mejor manera posible, entiendo que nunca escribimos sino notas de ese talante (palabra maldita por ZP que me dispongo a usar en su triste recuerdo). Por lo demás, en la medida en que uno ve que deja en la tierra un más que digno heredero -no un cochino ni una iguana, no un perro ni un gato-, ¿qué prisa hay por reventar o por lo contrario? Ni siquiera estoy dispuesto a fumar, y eso que sospecho que son las ganas de esa maldita droga las que me tienen tan irritable, tan incapaz de disfrutar de momentos como este en el que el niño decide escalar por el camino más corto y no se convence de que debe seguir las huellas de su padre hasta que encuentra un palmito y le recuerdo lo del agujero infernal; entonces retrocede, vuelve al sendero marcado por la gravilla, se convence de que es todo paisaje kárstico de piedras blancas y tierra roja, pasamos junto al árbol de la novia cadáver y en dos saltos llegamos a la cima y nos hacemos fotos en la cruz de rigor, simulando sendas crucifixiones.

En su afán por poseer un amplio muestrario del reino verdadero, el de la eternidad, el que es reflejo del de los cielos, El Reino Mineral, me pide que vayamos a las montañas de enfrente. Son los pomposa y ramplonamente llamados “Montes de Málaga”, y para llegar allí hay que encontrar la salida de Fuente Olletas: un barrio remoto de esta ciudad a la que vine a parar como va una medusa a la orilla. En cuanto me empadroné, antes de que él naciera, me obsequiaron con un bono bus inagotable que usé con absoluta aleatoriedad. Recorría aquellos protuberantes Mountain Pine Trees malacitanos con la esperanza de ser capaz de encontrar para cada parada la de enfrente, y en esta el regreso al punto de partida (nota: Pino Montano es un barrio de la Sevilla periférica, y la orografía hace de Málaga periferia toda). Tomaba notas rimadas de tipo abyecto en los trayectos y abominaba de las ancianas, que subían esperando el momento propicio para tropezar y pedir una indemnización. Hay un personaje en 'Crimen y castigo', si mi memoria no me falla, que se dedicaba a demostrar que cometían un fraude los que se arrojaban a los carruajes en su desesperación por el vil metal. Por un personaje dedicado a eso mismo yo tenía el bonobús deluxe y recorría las laderas deleznables componiendo mentalmente 'El Mundo Según' (un disco de Sr. Chinarro). Ahora me ayudo con el Iphone, para las notas y para orientarme: las instrucciones me llevan primero a pasar por la puerta del colegio del improbable monaguillo, mi hijo (es un colegio religioso; no me pregunte nadie por qué ni por quién). Intrigado acaso por los misterios de la existencia y la infinitud, me pregunta él si existe el número mil trescientos cuatro. Existe. El mil trescientos mil. No, ese no. Dejamos atrás una rotonda en la que debía de haber antes una fuente, la de Olletas; pasamos por delante de ventas de carretera que se apelotonan en las inmediaciones del cartel que indica que se ha dejado atrás el término municipal; pasa el 37, Monte Dorado, sí, aquí me miró el chófer con cara de “¿tú qué puñetas haces en el 37?”; creo que fue el día en que se burlaron de mí porque quise apuntarme en el conservatorio. Era yo muy mayor, y la secretaria muy estúpida, con ese humor malagueño tan áspero que al rato tratan de compensar con una broma de maldita la gracia gitana. Las parejas han subido a comer. Están de excursión. Se supera el límite, la palabra Málaga tachada con una franja roja en el rectángulo metálico, y la expedición se da por finalizada por las parejas estables: se hace la boca agua ante el espectáculo de los animales degollados y puestos al fuego, ante los pescados boquiabiertos y las aceitunas de la zona, bombones de hiel indigestos (un segundo en la boca y años en el culo). Ellas mirarán la carta con desidia, pues las cenas románticas quedaron en el recuerdo, fungible como la masa grisácea de las laderas, en las que se acumulan chalets a medio hacer sin permiso del ayuntamiento y balaustradas de mal gusto entre cuyos barrotes cualquier niño podría dejar quieta su cabeza hasta la llegada del sabelotodo que lo salva con mensajes tranquilizadores girándolo apenas. Pasamos por el tirabuzón. La carretera hace un tirabuzón. Mucho antes de sospechar que acabaría dando vueltas sin sentido por estas tierras yo sabía que había una carretera en Málaga que hacía un bucle absurdo. Una y dos veces la A-7000 sube en espiral y pasa sobre sí misma a través de túneles. Véanlo en el mapa. Si me acuerdo haré poner el mapa en la foto del blog al que irá a parar este escrito improvisado.

Yo miraba los mapas porque sí. No sé si ya era raro por eso o lo fui por las decisiones que tomé sin tomar partido, esperando la ocasión de hacer uso de otro de mis superpoderes, el urticante, cuando ya es tarde y yace uno en la orilla del tiempo. ¿Tacho esto, es cursi? A tomar viento. Aparco la furgoneta al comienzo de una vereda que Guillermo presiente sembrada de gemas diversas porque, esta sí, atraviesa un bosque de pinos al que no se le ve final; no se trata de un par de árboles, como el de Emily (la novia cadáver) y el de al lado, no. Este pinar es una masa arbórea verdaderamente preciosa (solo el reino vegetal puede competir con el mineral en mis preferencias); ha debido de sobrevivir a las romerías salvajes de muchedumbres extasiadas en sus borracheras por San Antón o tal o cual virgen de escayola; romerías que tenían lugar en las tetas peladas que ahora quedan ahí, al otro lado del vacío, interpuestas en el camino de la vista hacia el mar como una hornacina agrietada y siniestra en un falso tabique que emparedara niños de monjas piadosas. Celebro que los pirómanos dejaran de recibir encargos de los adalides de la ley del suelo y nos dejaran esta pendiente para que descendamos bajo el salto de las tímidas ardillas, bajo la caída de las bellotas -hay encinas-, y, ay, sobre la ausencia total de minerales puros y la presencia de una furgoneta custodiada por un pastor alemán que nos ladra con furia y nos hace dar la vuelta, pues, por supuesto, no está atado ni lleva bozal. Imagino una pareja haciendo el amor en su interior (en el interior de la furgoneta, no en el del perro), e imagino bien, porque hay un condón con aspecto fresco junto a una lata de cerveza oxidada: estamos demasiado cerca de la civilización, hijo, vayamos más lejos. La carretera sube. Recuerdo cuando tu tío tiró una colilla. Le dijimos que el bosque ardería. Juró que no se había dado cuenta y quiso dar marcha atrás. Paró el coche en la cuneta y esperamos por si salía humo. Veníamos de una venta de carretera. De una que está ahí, arriba, cuando se mira de tú a tú a la Maroma y a la provincia de Granada, y las tetas de Málaga parecen las de una adolescente en vez de las de una novia muerta. Una de esas ventas en las que se pide lomo con huevo, patatas, pimiento, chorizo y morcilla (plato de los montes: así se llama la bomba calórica que algunos alojan en su aparato digestivo, como si aún trabajaran esta tierra pobre, esperando de ella un tesoro -la fiebre del oro-). ¿Allí habrá minerales, en la venta? No lo sé, hijo, esperemos que sí. Pasamos una fuente de la que no mana nada, con un frontal que apesta a pasado franquista, a valle de caídos, caídos de entre los pobres. Ayer fueron las elecciones. ¿Cómo me preguntas a quién voté, hijo? ¿Que tú has votado a Rajoy? ¿Cuánta televisión ves al día, nene? Aquí está. Venta de La Nada. Construida en 1928. Hace un frío del carajo. La planta alta está abandonada. Hay una parterre de margaritas con una densidad de floración asombrosa: una explosión de amarillo en el atardecer ceniciento. Al otro lado de la calzada hay una casetilla y, cómo no, tres Pepes Goteras y Otilios con una rotaflex. Ponte la chaqueta. Deja que te suba la cremallera. Sal del coche, ya puedes. Mira, ¿ves?, allí en la Maroma, cuando vayamos, encontraremos minerales nuevos (miento: es una montaña enorme, pero de piedra caliza también). Dentro de la venta hay una máquina de esas en las que se echaba una moneda que rodaba sobre unos listones curvos pegados sobre un circuito de carreras dibujado sobre una superficie circular que se hacía rotar con un volante con el objetivo de obtener la misma moneda al final del trayecto: no intereses, no devaluación, no inflación, no bancos, no incendios, no revueltas; pericia para llegar al punto de partida y ya (nota: poner los verbos en presente, pues la máquina funciona -¿qué hace allí si no?-). Hay también un futbolín. Apenas se pueden mover las barras de hierro. Las bolas pesan lo suyo. ¿Cuánto tiempo hará que nadie juega? Echamos una partida. No, tú agarra los mangos alargados. Los otros son los topes de las barras de mis jugadores. Le dejo ganar como él me habría dejado perder con la Playstation, a la que no he jugado nunca. Pido un café. Hace veinte grados menos que a nivel del mar (aquí se puede usar “a nivel de”). Pido un pastel para el nene. Así que a Rajoy, ¿no, malandrín? Pago. El nene intenta quedarse las vueltas. Cincuenta euros, dice. No entiende eso de los céntimos, como tampoco lo entiende, a lo peor, la anciana que regenta esta casa perdida en una curva de la carretera de los bucles de mi época de estudiante de papeles cualesquiera. ¿Está bueno el pastel, nene? Se ha hecho de noche en la Venta de la Nada. Miro la fecha de caducidad del dulce. Me lo temía: junio del 36.
Publicación: 11/08/2011
Ella me acercó a la boca dos tubos de ensayo que no llevaban mi nombre para que dejara mi aliento en ellos. Se los llevó, empañados como los cristales de un coche para jóvenes amantes de invierno. Estaba yo en otra cosa mientas soplaba, y en otra comunidad autónoma.
En la mía me asignaron hace años la atención de un médico nacido al otro lado del charco. No se me enfaden los de United Colors Of Benetton si digo que, en efecto, tiene el hombrecillo cara de saltar charcos fácilmente: esto es, de batracio. Es un batracio y así se quedaría con un traje de seda, del mismo modo que la bata de médico no puede convertirlo en lo que no es.
Pronto entendí por qué me daban cita en el SAS (servicio andaluz de salud) siempre para el día siguiente a aquel en que, orgulloso de cómo funcionan las cosas en mi tierra, inocente yo, la pedía por teléfono: soy el único paciente del Dr. Frog (los demás usuarios, no necesariamente enfermos, pidieron el cambio para curarse en salud, como suele decirse).
Tengo que agradecer al de la bata que me recetara el Omeprazol después de que los de los laboratorios que lo fabrican hubiesen perdido la patente, pues antes el hoy popular medicamento valía un dinero. Estoy seguro además de que el de la bata habría asentido si le hubiese hecho partícipe de mis sospechas acerca de la comida de bares y restaurantes como causante de todas mis molestias gástricas, pues hasta los inspectores de sanidad deben de saber que el aceite de las freidoras no se cambia si no hay que cambiar la freidora, y eso por no hacer el esfuerzo de trasvasar tan repugnante fluido de la vieja a la nueva. El resto de profanos en la materia habría achacado a mi nerviosismo cualquier problema de salud que pudiese importunarme leve o gravemente. Acaso alguno entre estos hubiese llevado lejos la suposición tildándome de hipocondríaco, cuando no de loco. Y, exceptuando a los familiares, que nunca quitan hierro a un asunto sin echárselo a otro, el genérico y despreocupado interlocutor habría querido brindar conmigo por eso: porque estoy loco (y, a pesar de las molestias, no me va mal, ¿de qué me quejo?).
Resultado del análisis.
Helicobacter Pylori
Tengo que atiborrarme de antibióticos durante diez días. Dos pastillas rojiblancas de uno, una rosa de otro y una cuarta de, cómo no, Omeprazol, la azul celeste. Cada doce horas simulo mi suicidio, a lo Marilyn. Lo mejor de todo es que si quiero desatornillar esas puñeteras bacterias de mi estómago no puedo usar destornilladores, ni una humilde cerveza en los diez días.
He aprovechado las vacaciones de verano para cumplir la ley seca, dado que a mi hijo no le importa hacer chin chin con agua -lo disfruta vivamente-, ni necesita reponer las pérdidas del 90% de su pequeño cuerpo con el tesoro de ningún manantial en particular. Además, el Granini de naranja y zanahoria se bebe con más gusto que los combinados de infinidad de bares, por no hablar del líquido de las latas de piña sin azúcar añadido (valen las del Mercadona).
Solo fumo cuando ensayo, en los conciertos y cuando me emborracho. Es decir: llevo siete días sin beber ni fumar.
Voy a decirlo tal cual: en siete días he creado el mundo.
Tenía puñados de ideas sueltas, de secuencias de acordes, de notas perdidas, de bocetos traspapelados, de intentos falsamente fallidos, de perdices mareadas, de consejos incomprensibles, de pautas ignoradas, de arrebatos tontos, de ocurrencias felices y tristezas precoces... En siete días, como deshaciendo en colores un amasijo de plastilina gris, o un rayo de luz que antes no llegaba ni al fondo de un recipiente de cerveza, tengo una colección de veinticuatro canciones lista para ser mostrada.
-¿Por qué bebéis cerveza, si sabe mal? -pregunté una vez a mis padres.
No recuerdo la evasiva concreta con la que me respondieron con seguridad.
Las sustancias tóxicas, las que sean (hacer distinciones entre ellas debería ser cosa de químicos, no de expertos de taberna), sirven para anular cualquier fuerza y nada más.
Los niños confían en que eso de ahí fuera esté para utilizarlo al gusto: para jugar, para pasarlo bien, para reír. Ya, ya, hay niños muy malvados. ¿Habéis oído hablar de la mala leche? Los tóxicos no solo pasan a la leche materna. Pasan también a las palabras.
Mi hijo ha perdido el miedo al mar: he de estar atento. Él mira el horizonte, ondulado por las gotas saladas que caen por sus gafas de bucear, se mira las aletas y se sumerge en el acuario conquistado, esféricamente infinito: para él la pecera de la repulsiva tienda de mascotas del centro comercial debe de haber perdido hoy todo el interés (es hijo mío). Se aleja orgulloso como yo de él, sabe que voy a dejar de ordenar las canciones en los folios para admirar cómo ha aprendido el arte del buceo en un par de días.
¡Cuántos niños ahogados en piscinas o devorados por perros en reuniones familiares! En pareja siempre puede uno echar la culpa a otro: maquiavélica célula social, la pareja.
Bebí cerveza por primera vez en un bautizo, en el bautizo de un primo, junto al río. Un vaso. Cuando me puse en pie me tambaleé hacia el agua. Nadie se dio cuenta, menos mal.
Uno se hace adulto cuando cree que ya no es posible hacer nada para pasarlo bien. Entonces, para pasarlo bien, bebe. Como no funciona, bebe más. Luego unos tóxicos se suman a otros, sustituyen a otros, etcétera: un Quimicefa caro y aburrido.
Resultado del análisis: en sociedad los adultos se empeñan en anular sus fuerzas porque ya no creen que puedan usarlas para hacer aquello que querían, porque creen haberlo descubierto ya todo: encerrados en el centro comercial con la nariz pegada a los cristales.
Una vieja amiga lloró en el gran acuario de Barcelona porque un pez giraba y giraba sin perder la esperanza. Ella no soportó sus crisis y dejó atrás los vidrios, y a veces me acuerdo de ella al tomar las pastillas, aunque si miro al cielo he de agradecer sobre todo el regreso del buceador y la presencia frecuente de quien quiso investigar mi aliento; una presencia que acaso empezó jugando (con una presentación).
En fin, no quiero sermonear más. Hay médicos que no recetan, hosteleros que no cambian el aceite de las freidoras, músicos que no acaban nunca sus canciones... La crisis de la adolescencia mal superada. La crisis.
¿Y si probáramos a trabajar jugando sobriamente?
"Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar". PROVERBIO CHINO (extraído de 'Memorias de la Tierra')