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UNA SINFONÍA DE 'ASHÁ'
Borrachera de jazz y rock argentino en Madrid

Javier Malosetti, Fat's Fernández, Dino Saluzzi,
Leo García, Antonio Birabent, Ariel Rot y Fito
Páez desgranaron sus mejores gorgoritos y elevaron
el listón musical muy alto para el resto de Iberoamerica
(si exceptuamos Brasil y Cuba, dos fuentes
inagotables de flujo y savia para los oídos). Las salas
Galileo Galilei y La Riviera (ambas en
Madrid) acogieron esta representación generosa
del jazz y del rock&roll argentino, organizada por la
SGAE y la Fundación Autor.
La crisis económica salvaje que acosa a este país ha
afectado también al gremio de la música, y mucho de
ellos han considerado seriamente que sus visitas a
España, en cuanto sus ahorros lo permitan, se prolonguen
sin fecha concreta de regreso a Argentina.
Mientras tanto, estos portavoces exprimieron su talento
pieza a pieza ante aforos completos (mitad españoles
y mitad compatriotas de los protagonistas). Malosetti
encandiló a todos los presentes con su maestría
al bajo, instrumento al que dota de liderazgo y virtuosismo
pero también de co razón y locura. Puro jazz-rock que
bebe de Pastorious tanto como de Cream.
Fernández domó y desbocó a su trompeta, la aduló y la
fustigó. Demostró llevar la música insertada en su corazón
y dominar un oficio que no se adquiere. Y Saluzzi
descubrió registros desconocidos de su bandoneón y del
encuentro entre el folclore y el jazz, materia que sublima
como sólo algún otro elegido en el mundo. Esto en lo
que al jazz y sus alrededores se refiere.
El r&r despegó con García, conocido como el
teclista "parecido a Lennon" con que el ex Soda Gustavo
Cerati presentó su disco "Bocanada". Tomó
el relevo el hijo de Moris, Antonio Birabent,
cada vez más emancipado e inspirado. Ha sabido heredar
un espíritu y reciclarlo en un contenido nuevo, moderno
pero ajeno a modas aventadas. Y el clímax lo proporcionaron
Rot y Páez. El primero enseñó la mejor
de las versiones de las canciones de Los Rodríguez
y sus propias en solitario, con perdón de Calamaro.
Y la estrella más próxima al firmamento argentino, Páez,
simplemente necesitó de su timbre, imperfectamente genial,
y de sus dedos en el teclado -pausados como los de Clapton
a la guitarra- para crear una atmósfera soul de efectos
adictivos. El calderón que pintaron en sus partituras
todos estos músicos lo recibimos en España con la esperanza
de que sea real. Que no se vayan nunca (la embajada
argentina nos tememos que tendrá algo que objetar).
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