En 1994, un urgido Paquito d’Rivera contactó a su amigo Bebo Valdés para realizar un disco y poder cumplir el contrato firmado con la casa discográfica alemana Messidor. El disco finalmente se llamó Bebo Rides Again, y nada hacía suponer que la ahí retomada andadura de Bebo Valdés –alejado de los escenarios y los estudios de grabación por treinta años— se extendería por muchos años más. Hasta granjearle al pianista cubano un merecido reconocimiento mundial, que incluye los dos premios Grammy obtenidos por El arte del sabor, junto a Cachao, Patato y Paquito d’Rivera, o el abrumador éxito de Lágrimas Negras –que firmó junto al cantaor flamenco Diego El Cigala—, elegido por Ben Ratliff, crítico de The New York Times, como mejor disco del 2003. Ahora vuelve a la carga con un disco triple (dos CDs y un DVD), Bebo de Cuba, que supone una revisión a su larguísima carrera.

¿Cómo decidió dedicarse a la música?

Fue mi madre quien descubrió que lo mío era la música. Dice que yo tocaba en piedras y cantaba, yo no me acuerdo de eso. Había un pianista que se llamaba Antonio María Romero, mi madre cuenta que cuando yo tenía cinco años una noche me senté cerca de él y me pasé toda la velada ahí. Al otro día me ponía a cantar cosas y cogía piedras, las acomodaba y hacía como que tocaba el piano. Yo no me acuerdo, pero ella me lo contó mil veces. Después me puso a mi primera maestra de piano, que se llamaba Moraima. Yo tenía diez u once años y ya venía cantando y tocando en la escuela desde los siete años.

¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con la música?

Ése. El primer piano sobre el que Moraima me hizo poner las manos, cuando me enseño cómo debía poner las manos, cuáles eran las notas sostenidas, cómo tenía que tener la muñeca, cómo poner un dedo y levantar el otro, ese momento nunca se me ha olvidado.

¿Le costó aprender?

Nada. Para mí era sublime saber cómo se ponían las manos, cómo se tocaba. Yo salí de la escuela en el año 37 y sigo estudiando, igual que sigo haciendo ejercicio todos los días.

La colaboración con Diego el Cigala en Lágrimas Negras, ¿fue una puerta de entrada a un mayor conocimiento de la música española o era usted ya un aficionado a ella?

No, no, ya la conocía. Como en México, en Cuba siempre ha habido zarzuela y tablados flamencos. Además mi madre es medio española, es hija de español, de asturiano. En la familia de mi madre siempre se oía música española. Cuando estudiaba piano también tocaba música española, otro tipo claro. Los flamencos no tienen nada que ver con aquello que era más clásico. Aunque la bulería y el guaguancó africano, estilizado en Cuba, son primos hermanos.

¿Y qué le han aportado estos nuevos flamencos como El Cigala o el Niño Josele?

Bueno, la razón por la que estamos aquí ahora: éxitos.

¿De alguna manera llegó a imaginar el éxito que luego tendría Lágrimas Negras?

Nunca, nunca. Cuando hicimos ese disco a petición de Fernando Trueba –que fue quien hizo todo— pensé que era un buen disco y que podía tener aceptación como tuvo durante un tiempo la rumba flamenca, con la diferencia que nosotros hicimos las cosas en tiempo de bolero. Y al bolero supimos ponerle otras cosas: Diego puso el flamenco y yo, rasgos de la música cubana que no se usan ya. Parece que eso, junto a que el ambiente estaba saturado de ciertos tipos de música, es lo que pegó.

¿A eso le atribuye el éxito?

Bueno, el éxito creo que nadie sabe en realidad por qué ocurre. No hay quien pueda predecir un éxito, nadie.

He leído en una entrevista que usted niega que Pérez Prado sea el inventor del mambo...

Claro, yo tocaba mambo en 1937. El tiempo en que Prado se hizo famoso en México fue el 47, 48. Él era un buen arreglador, éramos tres, René Hernández, él y yo. El mambo es la tercera parte de un danzón. Y lo hizo Cachao (Israel López). Pérez Prado fue quien lo internacionalizó, lo que no significa que lo inventó, claro. En Cuba, Pérez Prado nunca se inscribió como el “rey del mambo”. Ahí todos sabíamos que fueron Cachao y su hermano Orestes. El mambo es la desintegración de una parte del danzón. La propaganda es propaganda y él lo sabía. Pérez Prado tocaba mambo como lo tocábamos René y yo, pero no lo inventó.

En 1994, tras muchos años de ausencia de los escenarios y los estudios de grabación, vuelve con un disco Bebo Rides Again, ¿qué lo motivó?

Ese fue un problema que tuvo Paquito d’Rivera. En realidad no era mi disco. Él se fue a la Argentina, estuvo de gira por Chile, por Sudamérica, y había firmado un contrato con la Messidor de Frankfurt para hacer un disco en noviembre. Llegó a Buenos Aires por el día 20 y se encontró que tenía un cable de la Messidor. Me llamó a mí y yo le dije: “Mira Paquito, hace tiempo que no estoy en eso. Tengo música en la cabeza, tengo guiones escritos, pero no arreglos” Y él me dice: “No importa, los inventamos. Tú fuiste muy amigo de mi padre, Bebo. Necesito hacer esto y no tengo otra cosa”. Y bueno, trabajé 36 horas, hice nueve arreglos, el último arreglo me lo envió mi hijo Chucho. Se los pasé a Paquito. La compañía dijo: “Si Bebo lo hizo, Bebo es quien se lleva el nombre”.

Y de ahí en adelante ya no ha vuelto a parar...

No, ya no. Pero mira, ahora mismo tengo un nieto que también es músico, como mi hijo Chucho. Yo no me voy a retirar de golpe, pero voy a empezar a quitarme y quitarme cosas. Voy a hacer mis grabaciones pero me voy a ir quitando conciertos y eso. Porque yo ya estoy bastante mayor, tengo 85 año, voy a cumplir 86. Mi hijo y mi nieto están nuevos. Tengo una hija también cantante y otra pianista. Esa es mi herencia musical.

Usted no ha vuelto nunca a Cuba ¿cierto?

Así es, desde el 44 no he ido.

¿Y no tiene intenciones de volver?

Bueno, yo podría ir a Cuba mañana si quisiera. Lo que no quiero es ir al “régimen” de Cuba. Yo soy un hombre libre y debo hacer lo que quiero y cuando quiero. No obedezco a nadie porque soy mayor de edad ya. Para mí, según mi manera de ser y de pensar, un pueblo debe tener su Constitución. Yo tengo la mía, hay dos incluso, las de 1940 y 1902, pero en Cuba es como si no existiesen. Si eso no existe en Cuba, yo no puedo ir a un país donde no tenga ninguna seguridad. No soy político, ni de izquierdas ni de derechas, no te hablo de política. Es por eso que no voy a Cuba, no por otra cosa, por el “régimen”.

¿Vio usted la película Buena Vista Social Club?

Sí. Y me gustó mucho. Hombre, a esos individuos los conozco yo. Muchos de ellos era compañeros míos hace muchos años.

¿Los ha visto luego?

Los vi, los vi en América, en Nueva York, los vi aquí en España, en Suecia. Nos hemos cruzado muchas veces.

¿Y ha colaborado con ellos?

No, no, Nunca hemos tocado juntos. Hasta ahí no llegamos. Ellos ya tienen su grupo hecho.

Entre los artistas con los que ha colaborado se encuentran grandes leyendas de la música ¿le importaría hacer un breve retrato de algunos de ellos?

De quién, Nat King Cole ¿por ejemplo?

Por ejemplo

Para mí, Nat es uno de los mejores cantante que he oído en mi vida. Además era un hombre que tenía un oído absoluto, era tan buen pianista como buen cantante. Tenía una voz grave lindísima y una pronunciación única, lo que se puede decir también de Perry Como, de Frank Sinatra, Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan.

¿Benny Moré?

Bueno, Benny Moré tenía su cosa. Yo lo conocí cuando iba a México con Miguel Matamoros, allá por el año 45. Porque Miguel estaba medio ronco y lo llevó. Lo conocí tocando la guitarra con un amigo de él. Creo que fue un genio. Lo único que no puedo aceptar es que, siendo Benny un músico muy bueno, muy bueno, muy bueno en su género, pero así como en piano hay muchos estilos y por ende, el mejor pianista cubano clásico era Ernesto Lecuona, pero el mejor versonero era Antonio María Romeu. Y así en cada instrumento y en cada estilo. No es igual tocar guaguancó que tocar clásico o tocar jazz. Por eso creo que es un error de mi país haber puesto a Benny Moré como el mejor en todos los géneros, porque eso supone eliminar a Abelardo Barroso en el son, a Miguelito Cuní, a René Cabrero de los cancioneros, es negarle a Rita Montaner sus méritos. Es erróneo.

¿Celia Cruz?

Muy buena, muy buena. Esa es otra cosa. La mejor cantante que ha tenido Cuba, la más completa, Rita Montaner. Ha habido cantantes clásicas muy buenas, pero la mejor cantante de Afro Cuban es Celia. Pero Mercedita Valdés es la mejor santera. Olga Guillot es la mejor cancionera. Son distintas. No puedes decir Olga y Celia son las mejores, una canta boleros y la otra canta otras cosas. Celia no nació para cantar boleros.

¿Tocó usted con Celia Cruz?

Sí, mucho. Entre 1944 y 1947 tocábamos en la misma orquesta. Y después de eso seguí haciéndole arreglos a ella. Hasta que se fue de Cuba y luego estuvimos juntos en México por un tiempo.

¿Qué música escucha hoy?

De todo. Música clásica, música mexicana, española, de todos lados. Creo que de todos los ritmos que he escuchado el que más me gusta es éste mexicano del guitarrón... El son huasteco. Es el único ritmo de latinoamérica que conozco que nunca da un down beat, las notas de abajo, eso me encanta. Y mucho los tríos mexicanos también, conocí uno en el año 33 que se llamaba trío Calavera, divinos, encantadores. México es uno de los países de América Latina donde más adoran la música. Yo tuve un éxito despampanante ahí, en el poco tiempo que estuve. En realidad, me gustan todas las músicas del mundo si son buenas, cualquier tipo de música si es buena.

¿Le gusta vivir en Suecia?

Sí, claro. Mucho. Llevo 41 años viviendo ahí.

¿Viaja mucho?

Ahora sí, pero antes no salía. Me dedicaba a mi familia, a mis hijos. Tocaba en una cadena de hoteles muy grande y también en el ballet, pero estaba sobretodo dedicado a mi familia y mis hijos.

¿Tiene algún proyecto para un nuevo disco?

Sí, estoy haciendo un nuevo disco, uno sólo de piano, que va a hacer mi último disco mío solo. Voy a hacer también otro disco con Diego el Cigala, lo vamos a empezar el mes que entra, estamos recogiendo los números y faltan los arreglos. Voy a hacer esos dos discos y a ver qué pasa luego, haré unas cuántas presentaciones y después veremos. Porque ahora cuando estoy cansado mando a mi nieto, mando a mi hijo y ya está. Jajajajaja.

Tiene sucursales...

Jajajajaja. Sí, a mi nieto ya lo mandé a Colombia antes.

¿Qué nos puede contar de éste último disco, Bebo de Cuba?

Bueno, para este disco yo hice una recopilación, escogí seis ritmos cubanos. Empiezo con una orquesta grande: 5 saxofones, 5 trompetas, 4 trombones, guitarra, bajo, piano, tumba, bongó, timbales... Agarro diferentes ritmos antiguos y muestro cómo se tocaban, cómo se sentían. Hay contrapuntos, hay fugas. Está muy bien hecho, como si fuera música europea, internacional, pero hacia el final, los estribillos, me voy en todos los números hacia el folclore, hacia las cosas que yo oí de niño. La idea era hacer la música de ayer cómo se toca hoy y terminar tocándola de la misma manera que en esos tiempos. Retornar un poco al espíritu de las big bands.

¿Los músicos de dónde son?

Son los mejores músicos que hay. Son de todos los países, hay mexicanos, cubanos, americanos. Es una selección mundial que hizo la gente de Blue Note.

¿Ha quedado contento entonces?

Es una maravilla. Es candela, candela, chico. Eso sí es una orquesta, hombre.

Diego Salazar
Foto: Ana Bolívar