Un relato colectivo sobre la marea negra en Galicia en el que puedes participar a partir de ahora.

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Capítulo 9
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Sin saber qué hacer con aquella carta, pensó en la baja audiencia de su programa de radio. Pensó que si hacía algo con esa información no iba a ser precisamente por su profesión, o por que las personas que escucharan su relato se fueran a conmover. A fin de cuentas, después de unos meses de la catástrofe, poco o nada le iba a interesar al resto del mundo lo que pasaría en Galicia. Por su mente pasaba a cada rato la imagen del hombre muerto. Imaginaba los pensamientos de Antonino mientras tomaba su decisión final. El camino oscuro y apagado hacia el muelle y el mar sombrío a sus pies. Como él, no desearía esperar la llegada de su hijo monstruo. Volver a la casa y ver el rostro desesperado de su mujer. Nada de lo que pudiere imaginar como futuro podría ofrecerle un consuelo. Y sin poder evitarlo, repasó los rostros del pueblo. Parecía que la marea negra lo inundaba todo. Deseó no haber llegado nunca para dejar de sentir esa responsabilidad inútil.
El peso de la pequeña mano de Alicia se posó sobre su hombro interrumpiendo la decisión que aún tardaría en tomar.
-Esto está encendido-dijo Alicia- la gente no para. 150.000 personas en Vigo.
Isma la miró, supo que ahora no podría hablarle sobre sus dudas. Ella aún tenía en su sangre la adrenalina contagiosa de la muchedumbre indignada.
-¿Qué pasa? -y mirándolo a los ojos- Vine por ti. Me llamaste para que te ayudara.
Por un momento sintió que si intentaba hablar su mandíbula sería incapaz de abrirse. Que en el lugar de las palabras estaría aquel grito horrible que había aguantado sacar durante todo este tiempo. Sus ojos se desprendieron del rostro de Alicia y recorrieron despacio la calle desierta, las paredes de piedra, las pequeñas viviendas. Empezó a caminar.
-Escucha Isma, -gritó Alicia mientras él caminaba- no vengas ahora conque te has acobardado al final. Lo he dejado todo ante tu insistencia... y si todavía no tienes una buena historia que contar, entonces, no me llames. Ya sabes que yo vivo de esto.
Isma se paró en medio de la calle y arrugando los papeles en su mano, dijo.
-Ese es el problema. Tu vives de esto. Todos viven de esto. La sobre vivencia nos vuelve incapaces de sentir. ¿Qué crees que ocurrió con el Prestige? ¿Tu crees que los responsables sienten o sintieron algún remordimiento al llenar sus bodegas? Lo tenían que hacer, al igual que tú o que yo que debemos hacer una historia y llenar papeles de imágenes y palabras.
-Isma ¡!! Estás cayendo como siempre en la falta de objetividad. Te involucras con los temas individuales y pierdes la visión general de...
-Ajá!!! Ven...
Arrastrándola de la mano Isma atravesó la calle pasando por el mercado donde antes se negociaba la pesca. Eran las 6 de la tarde y los espacios lucían más solos y tristes. Aún no se iniciaba la estación invernal pero un sol descolorido iluminaba apenas la plaza y oscurecía el mar. El alquitrán había vuelto como cada tarde con la marea. Parados al borde del pequeño malecón Alicia intentó tomar la cámara que colgaba de su cuello para hacer unas fotos, e inmediatamente sintió un crudo dolor en el pecho. A su lado, Isma seguía sin poder articular palabra. Poco a poco fue identificando lo que la invadía como tristeza. Soltó la cámara de un golpe como si todo estímulo hubiera cesado de repente. Todo el peso de la visión desolada cayó sobre ella. Por su mente desfilaban apretados los discursos de los políticos; las propuestas de solución de los científicos; las poesías y los cantos de protestas de los manifestantes; el disfrute de las marchas solidarias; los cientos de cámaras que cubrían los eventos convocados; las noches de vigilia junto a la botella que rodaba alegremente entre los amigos.
Isma no la miró. Se volteó y emprendió el camino de regreso. Siguiendo sus pasos Alicia lo siguió con dificultad hasta la pequeña casa celeste frente a la cual se detuvieron. La noche había caído y se podía ver la luz que salía por las ventanas de la casa de Antonino García.
La mujer abrió la puerta. Lucía más bella ahora. Se había quitado el vestido negro de la mañana y su pequeño vientre se ocultaba detrás de una bata floreada. Cuando vio que era Isma, turbada, entornó la puerta.
-¿Podemos hablar en la mañana? - le dijo mirando con desconfianza la cámara de Alicia.
-No, en realidad sólo quería devolverle esto... - y extendiendo la mano, le entregó el sobre. Ella, nerviosa los tomó apretándolo contra su vientre.
Ismael y Alicia escucharon las risas que salían de adentro. El sonido de la vajilla y el aroma de la comida.
-Hoy han venido los del seguro. He firmado algunos papeles y ellos me han entregado un cheque de 100.000 euros. Es el primero de una cantidad que aún no alcanzo a deletrear-
Y sonriendo quiso continuar -Quiero darle las gracias por...
Isma, agachó la cabeza y dio media vuelta. Alicia lo tomó de la mano en un suave gesto que pretendió ser de consuelo. Llegando al hotel, corrió a la habitación, como un loco sacó la mochila del viejo armario, guardó la ropa, apuntes, papeles y finalmente la pequeña grabadora.

- Hoy, 13 de Noviembre del 2003 se cumple un año de la tragedia del Prestige en las costas de Galicia-
Las palabras del locutor, moduladas para que suenen interesantes, fueron cortadas de repente por una mano que apretó el "power". Isma se dirigió hacia la ventana del pequeño departamento. Todo igual, a las 8 de la noche la gente era toda igual. Iban abrigadas, apuradas por llegar al metro. No alcanzaba ver el cielo desde la ventana, pero unas pocas gotas de lluvia pegaban suavemente sobre el cristal.

Texto: Matilde Ampuero
Guayaquil (Ecuador)

Fotos de Ana Bolívar


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