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Sin
saber qué hacer con aquella
carta, pensó en la baja audiencia
de su programa de radio. Pensó
que si hacía algo con esa
información no iba a ser
precisamente por su profesión,
o por que las personas que escucharan
su relato se fueran a conmover.
A fin de cuentas, después
de unos meses de la catástrofe,
poco o nada le iba a interesar al
resto del mundo lo que pasaría
en Galicia. Por su mente pasaba
a cada rato la imagen del hombre
muerto. Imaginaba los pensamientos
de Antonino mientras tomaba su decisión
final. El camino oscuro y apagado
hacia el muelle y el mar sombrío
a sus pies. Como él, no desearía
esperar la llegada de su hijo monstruo.
Volver a la casa y ver el rostro
desesperado de su mujer. Nada de
lo que pudiere imaginar como futuro
podría ofrecerle un consuelo.
Y sin poder evitarlo, repasó
los rostros del pueblo. Parecía
que la marea negra lo inundaba todo.
Deseó no haber llegado nunca
para dejar de sentir esa responsabilidad
inútil.
El peso de la pequeña mano
de Alicia se posó sobre su
hombro interrumpiendo la decisión
que aún tardaría en
tomar.
-Esto está encendido-dijo
Alicia- la gente no para. 150.000
personas en Vigo.
Isma la miró, supo que ahora
no podría hablarle sobre
sus dudas. Ella aún tenía
en su sangre la adrenalina contagiosa
de la muchedumbre indignada.
-¿Qué pasa? -y mirándolo
a los ojos- Vine por ti. Me llamaste
para que te ayudara.
Por un momento sintió que
si intentaba hablar su mandíbula
sería incapaz de abrirse.
Que en el lugar de las palabras
estaría aquel grito horrible
que había aguantado sacar
durante todo este tiempo. Sus ojos
se desprendieron del rostro de Alicia
y recorrieron despacio la calle
desierta, las paredes de piedra,
las pequeñas viviendas. Empezó
a caminar.
-Escucha Isma, -gritó Alicia
mientras él caminaba- no
vengas ahora conque te has acobardado
al final. Lo he dejado todo ante
tu insistencia... y si todavía
no tienes una buena historia que
contar, entonces, no me llames.
Ya sabes que yo vivo de esto.
Isma se paró en medio de
la calle y arrugando los papeles
en su mano, dijo.
-Ese es el problema. Tu vives de
esto. Todos viven de esto. La sobre
vivencia nos vuelve incapaces de
sentir. ¿Qué crees
que ocurrió con el Prestige?
¿Tu crees que los responsables
sienten o sintieron algún
remordimiento al llenar sus bodegas?
Lo tenían que hacer, al igual
que tú o que yo que debemos
hacer una historia y llenar papeles
de imágenes y palabras.
-Isma ¡!! Estás cayendo
como siempre en la falta de objetividad.
Te involucras con los temas individuales
y pierdes la visión general
de...
-Ajá!!! Ven...
Arrastrándola de la mano
Isma atravesó la calle pasando
por el mercado donde antes se negociaba
la pesca. Eran las 6 de la tarde
y los espacios lucían más
solos y tristes. Aún no se
iniciaba la estación invernal
pero un sol descolorido iluminaba
apenas la plaza y oscurecía
el mar. El alquitrán había
vuelto como cada tarde con la marea.
Parados al borde del pequeño
malecón Alicia intentó
tomar la cámara que colgaba
de su cuello para hacer unas fotos,
e inmediatamente sintió un
crudo dolor en el pecho. A su lado,
Isma seguía sin poder articular
palabra. Poco a poco fue identificando
lo que la invadía como tristeza.
Soltó la cámara de
un golpe como si todo estímulo
hubiera cesado de repente. Todo
el peso de la visión desolada
cayó sobre ella. Por su mente
desfilaban apretados los discursos
de los políticos; las propuestas
de solución de los científicos;
las poesías y los cantos
de protestas de los manifestantes;
el disfrute de las marchas solidarias;
los cientos de cámaras que
cubrían los eventos convocados;
las noches de vigilia junto a la
botella que rodaba alegremente entre
los amigos.
Isma no la miró. Se volteó
y emprendió el camino de
regreso. Siguiendo sus pasos Alicia
lo siguió con dificultad
hasta la pequeña casa celeste
frente a la cual se detuvieron.
La noche había caído
y se podía ver la luz que
salía por las ventanas de
la casa de Antonino García.
La mujer abrió la puerta.
Lucía más bella ahora.
Se había quitado el vestido
negro de la mañana y su pequeño
vientre se ocultaba detrás
de una bata floreada. Cuando vio
que era Isma, turbada, entornó
la puerta.
-¿Podemos hablar en la mañana?
- le dijo mirando con desconfianza
la cámara de Alicia.
-No, en realidad sólo quería
devolverle esto... - y extendiendo
la mano, le entregó el sobre.
Ella, nerviosa los tomó apretándolo
contra su vientre.
Ismael y Alicia escucharon las risas
que salían de adentro. El
sonido de la vajilla y el aroma
de la comida.
-Hoy han venido los del seguro.
He firmado algunos papeles y ellos
me han entregado un cheque de 100.000
euros. Es el primero de una cantidad
que aún no alcanzo a deletrear-
Y sonriendo quiso continuar -Quiero
darle las gracias por...
Isma, agachó la cabeza y
dio media vuelta. Alicia lo tomó
de la mano en un suave gesto que
pretendió ser de consuelo.
Llegando al hotel, corrió
a la habitación, como un
loco sacó la mochila del
viejo armario, guardó la
ropa, apuntes, papeles y finalmente
la pequeña grabadora.
-
Hoy, 13 de Noviembre del 2003 se
cumple un año de la tragedia
del Prestige en las costas de Galicia-
Las palabras del locutor, moduladas
para que suenen interesantes, fueron
cortadas de repente por una mano
que apretó el "power".
Isma se dirigió hacia la
ventana del pequeño departamento.
Todo igual, a las 8 de la noche
la gente era toda igual. Iban abrigadas,
apuradas por llegar al metro. No
alcanzaba ver el cielo desde la
ventana, pero unas pocas gotas de
lluvia pegaban suavemente sobre
el cristal.

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Texto:
Matilde Ampuero
Guayaquil (Ecuador)
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