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Alicia
trepó sobre el contenedor
y, tras echar atrás su melena
castaña, comprobó
con su cámara que el encuadre
era perfecto. Los reportajes gráficos
de las movilizaciones siempre se
los tomaba muy en serio, máxime
cuando, como en este caso, no se
trataba de las aburridas fotos que
solía vender a los periódicos
sino de fotografías para
medios alternativos.
Manipuló
su cámara hasta lograr el
enfoque adecuado y decidió
esperar a que la pancarta que ponía
"El petróleo mata. Madrid
con Galiza" se acercara un
poco más. Su teléfono
empezó a sonar. Una vez.
Dos veces...
-Mierda,
-dijo Alicia entre dientes, mientras
apartaba la cámara de su
cara- foto perdida.
Sacó
el teléfono del bolso y pudo
ver en la pantalla el nombre de
quien realizaba tan inesperada llamada.
-Hola,
Isma, ¿Qué tal?
-Hola,
Ali, espero no pillarte en mal momento.
¿Qué es ese ruido?
-Estoy
en una mani por lo del Prestige,
¿tú sigues en Galicia?
-Sí.
Continuo con el reportaje. Y necesito
tu ayuda.
-Tú
dirás.
Tras
un par de minutos Alicia volvió
a guardar el teléfono en
el bolso, ya había olvidado
la foto perdida y observaba la manifestación
que avanzaba por la calle Atocha
con la mirada ausente de quien tiene
un trabajo duro e intenso por delante
y ni tan siquiera sabe por dónde
empezar.
Isma
dejó el teléfono sobre
la mesa junto al café, ya
frío, y rebuscó entre
sus notas. Él, allí,
podía oler el chapapote,
podía ver a los soldados
ir de aquí para allá,
ver las miradas tristes de los niños
que miraban el mar al atardecer,
podía sentir la frustración
de los marineros y las mariscadoras,
pero iba a necesitar ayuda para
saber qué hay tras las manchas
del mar y las mentiras de la prensa.
-¿Ismael
Pérez?
Isma
levantó la mirada para encontrarse
con un joven de unos 30 años,
moreno y de complexión atlética,
a quien acompañaba un señor
canoso que parecía rondar
la cincuentena. Isma hizo un gesto
afirmativo con la cabeza.
-Policía,
-dijo el joven que había
preguntado- ¿Podemos hacerle
algunas preguntas?
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