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-¿Algo
más? -preguntó Isma
sin poder ocultar un brillo especial
en sus ojos.
-Sí, pero... mejor ¡Olvídese!
-respondió Gabino esquivo
y como queriendo retractarse del
error cometido al abrir demás
la boca.
-No, no Gabino... no me deje así.
Usted iba a decirme algo.
-Le aseguro que no... ¡Coz!
¡Coz! - la tos lo interrumpió
al tiempo que un escándalo
atrajo la atención de ambos.
-¡Antonino! -grito Gabino
entre el ahogo y la tos a la vez
que apresurado se dirigía
hacia su amigo. Isma lo siguió.
-¿Qué te pasa hombre?
¿Porqué estás
así?
-¿Y cómo voy a estar?
Ya estoy harto de este jodido trabajo
-Por favor, cálmate Antonino,
vamos a tomar algo y charlamos con
tranquilidad.
-¿Tranquilidad? ¡Al
coño con la tranquilidad!
¿A quién carajo le
importa? Al fin y al cabo esta mierda
está acabando con todos nosotros
y lo que es peor, con nuestras familias
también y nadie hace nada...
Si hasta el gobierno prometió
ayudarnos, el rey vino pero... ¿y
ahora?. ¿De qué me
estás hablando Gabino? ¿A
quién defiendes tú?
¿A la empresa? ¡Hombre!
Abre los ojos que estás tan
jodido como yo.
Gabino empalideció, trató
nuevamente de calmarlo pero el hombre
se ofuscaba aún más.
-Basta Gabino, no me jodas más.
¿Qué carajo dirías
vos si fueras a tener un hijo y
te enteraras que tu hijo... ¡es
un monstruo!?
-¡¿Qué decís?!
Isma, que desde el primer momento
había encendido la grabadora
que llevaba en su bolsillo sintió
que estaba en el lugar y momento
indicados. Antonino comenzó
a llorar desconsolado y el morocho
aprovechó la oportunidad
para apartarse los tres a un lugar
desocupado.
-Por favor ¿Pueden decirme
qué está pasando aquí?
-No sé -respondió
nervioso Gabino- déjeme hablar
con él y después yo
me contacto con usted. No es conveniente
que nos vean juntos, váyase
Isma.
-Este es mi teléfono móvil
-dijo Isma a la vez que, con disimulo,
sacaba de su bolsillo una tarjeta-
llámeme Gabino, se lo suplico.
-Sí, lo haré. No tenga
duda, ahora sí que lo haré.
Pero ¡Desaparezca!
Gabino y Antonino hablaron largo
tiempo. Éste último
estaba desesperado, su esposa presentaba
un embarazo de cuatro meses pero
el feto mostraba malformaciones
muy graves. No era descabellado,
para los médicos, pensar
que el continuo trabajo del padre
de la criatura con el chapapote
fue la causa de tales malformaciones.
Gabino, que con su amigo, venían
limpiando chapapote y evacuando
playas desde la época del
Casón, le prometió
que iba a hacer algo, él
también estaba cansado de
estar en medio de tanto negociado.
No podía solucionar lo del
niño, pero podía dar
el primer paso para evitar que esto
ocurriera otra vez.
Isma se reunió con Breixo
y Velasco y se retiraron del lugar.
Quedó tan impresionado como
esperanzado de conseguir algo que
valga la pena.
¿Un hijo monstruo?, esa frase
lo atormentaba. Él había
escuchado algo pero no podía
recordar qué. Caminaba sin
rumbo, miraba sin ver, sumido en
su pensamiento.
De repente recordó: ¡Argentina!.
Se dirigió a su hotel, encendió
su computadora personal e investigó
los datos que tenía. Efectivamente,
allí estaba la noticia. "Cutral
Co, Argentina: Una joven de 17 años
embarazada de un feto sin cabeza.
Su esposo, de 28 años, hijo
de un cacique mapuche, es uno de
los miembros de la comunidad que
presenta la mayor contaminación
de compuestos derivados del petróleo
en su organismo. El muchacho tiene,
además, un hijo de 5 años
que padece constantes problemas
de salud.
La reserva mapuche está ubicada
junto a yacimientos de gas y petróleo
donde se vienen dando nacimientos
de animales con espantosas malformaciones,
como cabritos anacéfalos
y con las orejas pegadas al cuerpo
y cerdos sin cabezas y sin patas."
Isma sintió que se le helaba
la sangre. Sintió miedo y
se sobresaltó cuando su celular
sonó.
-¡Hola!
-No pronuncie mi nombre, mañana
a las cinco de la tarde en el Faro
de Fisterra.
-¿En el...
-Sí, no diga nada más.
Lo espero -interrumpió Gabino
desde el teléfono.
-Bien, así será.
Isma se preguntaba por qué
ese lugar. Finisterra era demasiado
atrapante, rodeado y alimentado
por fantásticas leyendas
que le daban un toque muy misterioso.
Decidió salir en ese mismo
momento para aquella región.
Se alojó en el Hostal Mariquito
y apenas si pudo conciliar el sueño
por unas horas. Muy temprano, casi
de madrugada, salió del hotel
para recorrer la zona. Pudo averiguar
algunos datos interesantes pero
todo le parecía "poca
cosa" al lado de lo que estaba
esperando de Gabino.
Recorrió la capilla de Bon
Suceso y el Castillo de San Carlos,
construido para defender el puerto
de los ataques de Inglaterra y Francia.
Sus pensamientos estaban tan lejos
como aquellas batallas.
A las cuatro de la tarde estaba
ya en el faro y la adrenalina casi
había intoxicado su organismo.
Eterno como el mar que tenía
enfrente fueron los minutos que
aguardó hasta que Gabino
apareció.
-Hola, Isma.
-Hola Gabino... ¿Por qué
aquí?
-¿Qué ves a tu alrededor?
-Mmm... pues, ¡Mar!
-Así es. Ves mar porque estamos
cinco kilómetro dentro de
él. Invadimos su intimidad.
Como siempre el hombre, ¡qué
gran cosa el hombre!, se cree el
dueño y señor de todo,
hasta del mar... y lo invade...
Y él responde así.
Con furia, con esas olas endemoniadas
que golpean incansablemente como
queriendo derribar esta mole de
piedra. Pero ¿sabes qué
le molesta más?
-¿Qué? -preguntó
Isma sin entender.
-Que desgarren su lecho yendo y
viniendo con esas chatarras oxidadas
y contaminantes. Por eso tantos
barcos hundidos aquí frente
a nosotros. Él no es culpable.
Él se defiende. Interpone
el Centolo, la bruma intensa y la
violencia de su alma y como recompensa
guarda en sus entrañas el
Bitten, el Sunrise, el Denewell,
el Blas de Lezo, el Ulster Duke,
el Casón... y miles de almas
de ingleses, suecos, españoles...
-Sí pero... el Prestige no
se estrelló...
-No. Claro, esa es la diferencia.
En este caso el mar no pudo defenderse,
fue despreciablemente atacado con
la indiferencia de la ley y el poderío
de la mafia fortalecida por la impunidad
de la globalización. ¡Hombre!
Pregúntate ¿qué
hacía un monocasco con semejante
carga? ¿Crees que alguien
se perjudicó aparte de nosotros?
¡No! El negocio es la destrucción.
-¿Cómo?
-¡Vamos hombre! ¡Qué
pichón eres! Es la ley del
capitalismo. Tragsa, por ejemplo,
tiene concesión en exclusiva
para la limpieza de las playas...
-¿Pero...?
-Y eso no es nada -continuó
exaltado Gabino- el Prestige llevaba
navegando doce años más
de lo debido, no estaba en condiciones.
-¿Y la gente que lo contrató
no lo sabía?
-¡Ay, muchacho, qué
ingenuo!
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Texto:
Claudia
Pioli de Bonino-
(SAN
FRANCISCO CÓRDOBA,
ARGENTINA)
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