Un relato colectivo sobre la marea negra en Galicia en el que puedes participar a partir de ahora.

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CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
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Capítulo 5
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-¿Algo más? -preguntó Isma sin poder ocultar un brillo especial en sus ojos.
-Sí, pero... mejor ¡Olvídese! -respondió Gabino esquivo y como queriendo retractarse del error cometido al abrir demás la boca.
-No, no Gabino... no me deje así. Usted iba a decirme algo.
-Le aseguro que no... ¡Coz! ¡Coz! - la tos lo interrumpió al tiempo que un escándalo atrajo la atención de ambos.
-¡Antonino! -grito Gabino entre el ahogo y la tos a la vez que apresurado se dirigía hacia su amigo. Isma lo siguió.
-¿Qué te pasa hombre? ¿Porqué estás así?
-¿Y cómo voy a estar? Ya estoy harto de este jodido trabajo
-Por favor, cálmate Antonino, vamos a tomar algo y charlamos con tranquilidad.
-¿Tranquilidad? ¡Al coño con la tranquilidad! ¿A quién carajo le importa? Al fin y al cabo esta mierda está acabando con todos nosotros y lo que es peor, con nuestras familias también y nadie hace nada... Si hasta el gobierno prometió ayudarnos, el rey vino pero... ¿y ahora?. ¿De qué me estás hablando Gabino? ¿A quién defiendes tú? ¿A la empresa? ¡Hombre! Abre los ojos que estás tan jodido como yo.

Gabino empalideció, trató nuevamente de calmarlo pero el hombre se ofuscaba aún más.
-Basta Gabino, no me jodas más. ¿Qué carajo dirías vos si fueras a tener un hijo y te enteraras que tu hijo... ¡es un monstruo!?
-¡¿Qué decís?!

Isma, que desde el primer momento había encendido la grabadora que llevaba en su bolsillo sintió que estaba en el lugar y momento indicados. Antonino comenzó a llorar desconsolado y el morocho aprovechó la oportunidad para apartarse los tres a un lugar desocupado.
-Por favor ¿Pueden decirme qué está pasando aquí?
-No sé -respondió nervioso Gabino- déjeme hablar con él y después yo me contacto con usted. No es conveniente que nos vean juntos, váyase Isma.
-Este es mi teléfono móvil -dijo Isma a la vez que, con disimulo, sacaba de su bolsillo una tarjeta- llámeme Gabino, se lo suplico.
-Sí, lo haré. No tenga duda, ahora sí que lo haré. Pero ¡Desaparezca!

Gabino y Antonino hablaron largo tiempo. Éste último estaba desesperado, su esposa presentaba un embarazo de cuatro meses pero el feto mostraba malformaciones muy graves. No era descabellado, para los médicos, pensar que el continuo trabajo del padre de la criatura con el chapapote fue la causa de tales malformaciones.
Gabino, que con su amigo, venían limpiando chapapote y evacuando playas desde la época del Casón, le prometió que iba a hacer algo, él también estaba cansado de estar en medio de tanto negociado. No podía solucionar lo del niño, pero podía dar el primer paso para evitar que esto ocurriera otra vez.
Isma se reunió con Breixo y Velasco y se retiraron del lugar. Quedó tan impresionado como esperanzado de conseguir algo que valga la pena.
¿Un hijo monstruo?, esa frase lo atormentaba. Él había escuchado algo pero no podía recordar qué. Caminaba sin rumbo, miraba sin ver, sumido en su pensamiento.
De repente recordó: ¡Argentina!. Se dirigió a su hotel, encendió su computadora personal e investigó los datos que tenía. Efectivamente, allí estaba la noticia. "Cutral Co, Argentina: Una joven de 17 años embarazada de un feto sin cabeza. Su esposo, de 28 años, hijo de un cacique mapuche, es uno de los miembros de la comunidad que presenta la mayor contaminación de compuestos derivados del petróleo en su organismo. El muchacho tiene, además, un hijo de 5 años que padece constantes problemas de salud.

La reserva mapuche está ubicada junto a yacimientos de gas y petróleo donde se vienen dando nacimientos de animales con espantosas malformaciones, como cabritos anacéfalos y con las orejas pegadas al cuerpo y cerdos sin cabezas y sin patas."
Isma sintió que se le helaba la sangre. Sintió miedo y se sobresaltó cuando su celular sonó.
-¡Hola!
-No pronuncie mi nombre, mañana a las cinco de la tarde en el Faro de Fisterra.
-¿En el...
-Sí, no diga nada más. Lo espero -interrumpió Gabino desde el teléfono.
-Bien, así será.

Isma se preguntaba por qué ese lugar. Finisterra era demasiado atrapante, rodeado y alimentado por fantásticas leyendas que le daban un toque muy misterioso.
Decidió salir en ese mismo momento para aquella región. Se alojó en el Hostal Mariquito y apenas si pudo conciliar el sueño por unas horas. Muy temprano, casi de madrugada, salió del hotel para recorrer la zona. Pudo averiguar algunos datos interesantes pero todo le parecía "poca cosa" al lado de lo que estaba esperando de Gabino.
Recorrió la capilla de Bon Suceso y el Castillo de San Carlos, construido para defender el puerto de los ataques de Inglaterra y Francia. Sus pensamientos estaban tan lejos como aquellas batallas.
A las cuatro de la tarde estaba ya en el faro y la adrenalina casi había intoxicado su organismo. Eterno como el mar que tenía enfrente fueron los minutos que aguardó hasta que Gabino apareció.
-Hola, Isma.
-Hola Gabino... ¿Por qué aquí?
-¿Qué ves a tu alrededor?
-Mmm... pues, ¡Mar!
-Así es. Ves mar porque estamos cinco kilómetro dentro de él. Invadimos su intimidad. Como siempre el hombre, ¡qué gran cosa el hombre!, se cree el dueño y señor de todo, hasta del mar... y lo invade... Y él responde así. Con furia, con esas olas endemoniadas que golpean incansablemente como queriendo derribar esta mole de piedra. Pero ¿sabes qué le molesta más?
-¿Qué? -preguntó Isma sin entender.
-Que desgarren su lecho yendo y viniendo con esas chatarras oxidadas y contaminantes. Por eso tantos barcos hundidos aquí frente a nosotros. Él no es culpable. Él se defiende. Interpone el Centolo, la bruma intensa y la violencia de su alma y como recompensa guarda en sus entrañas el Bitten, el Sunrise, el Denewell, el Blas de Lezo, el Ulster Duke, el Casón... y miles de almas de ingleses, suecos, españoles...
-Sí pero... el Prestige no se estrelló...
-No. Claro, esa es la diferencia. En este caso el mar no pudo defenderse, fue despreciablemente atacado con la indiferencia de la ley y el poderío de la mafia fortalecida por la impunidad de la globalización. ¡Hombre! Pregúntate ¿qué hacía un monocasco con semejante carga? ¿Crees que alguien se perjudicó aparte de nosotros? ¡No! El negocio es la destrucción.
-¿Cómo?
-¡Vamos hombre! ¡Qué pichón eres! Es la ley del capitalismo. Tragsa, por ejemplo, tiene concesión en exclusiva para la limpieza de las playas...
-¿Pero...?
-Y eso no es nada -continuó exaltado Gabino- el Prestige llevaba navegando doce años más de lo debido, no estaba en condiciones.
-¿Y la gente que lo contrató no lo sabía?
-¡Ay, muchacho, qué ingenuo!

Texto: Claudia Pioli de Bonino-
(SAN FRANCISCO CÓRDOBA, ARGENTINA)



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