Un relato colectivo sobre la marea negra en Galicia en el que puedes participar a partir de ahora.

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Capítulo 2
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Se tumbó en el camastro con pesadez, la luz entraba por la ventana y le daba a la habitación un aire misterioso, se podían escuchar las olas rompiendo contra la playa, olas de un mar herido de muerte. Tenía que pensar en otra dirección, los dos últimos días habían sido algo más que inútiles, no conseguía ordenar las ideas de lo sucedido aquellos meses en su cabeza, y la clave era que lo estaba pensando mal. Si, se podía pensar mal. Había estado pensando como un detective, buscando pistas, puro pensamiento periodístico: demasiado metido en el papel, demasiado interesado en "descubrir" algo. Había perdido perspectiva, era como Oliver Stone buscando pistas en la zona cero con la esperanza de hacer la segunda parte de JFK. La cuestión era más compleja, no era como coger dos fotos al azar de todo el montón y darles continuidad: foto de voluntarios, empresas contaminantes con filiales ecológicas que limpiaban el chapapote, políticos del pleistoceno controlando los medios de comunicación… era otra cosa.

Dio la vuelta a la cinta mientras jugueteaba con el cuaderno y el lápiz.Tenía que haber traído una cámara… Le hubiera gustado fotografiar las manos de Breixo, esas manos enormes y llenas de vida, como esculpidas con sal, querría haberlas fotografiado para llevarse de ese lugar algo más que petróleo. Le dio al play…

"… Es cómo si andara jodido, como si gimiera, ¿no lo escuchas?, cuando rompen las olas, es como si se cagara en todos los dioses. En el barco lo notas perfectamente, es cómo un animal. Estar en el mar es muy duro, mucho. Hoy… si, claro, han llegado las subvenciones, pero eso no cambia nada. ¿Qué cambia eso?. Habrá quien se convenza… yo no lo creo, en éste país estamos siempre solucionando el problema de mañana, pero nunca el de dentro de un año, ¿me entiendes? Cuando los chavales tengan que emigrar, cuando el dinero desaparezca, entonces si que sabremos lo que ha dejado el barco…".

Breixo hablaba mirando al mar. Había salido a limpiar el chapapote con sus propias manos, junto con otros compañeros de las cofradías de pescadores, los primeros días, cuando no había ninguna medida de seguridad… "esa es otra, seguro que nos hemos cogido algo por respirar esa mierda tantos días".

Cuando aún no había ido el ejército, cuando el gobierno miraba hacia otro lado, y la oposición jugueteaba con el conflicto, desmadejándolo lentamente. Los primeros días del Nunca Maís, había salido con su barca a recoger el chapapote con sus manos, con los remos, con cubos. Con lo que fuera. Días y días sin parar, viendo como esa sangre negra atravesaba las redes y se posaba en las playas.

Breixo amaba el mar, lo amaba de una forma que Isma no podía comprender. Para él el mar era vida, trabajo, comercios cerrados, emigración, industria. Isma sintió por primera vez esa extraña sensación de distancia y lejanía. Él era un voluntario, uno de los miles que habían sentido la necesidad de ir a limpiar las playas sin mediación de nadie, de los miles que habían decidido no esperar, no dejar que el problema lo solucionara quien no quería solucionarlo, cierto. Honroso. Pero allí había más cosas, más cosas que no eran ni las playas ni el fondo marino, había vida. Vida herida de muerte, como el lecho marino.

Era una forma de ir clarificando las notas… intentar dibujar con alguna precisión un mapa del territorio, eso estaba haciendo, y eso era relevante. Las complejas tramas secretas no salían a la luz, al menos no así. Reconfortarse en la simplificación del "detective" no le llevaría a ninguna parte. Para saber que había pasado en todos esos meses había que ser sociólogo, historiador, sindicalista, pescador, ama de casa, estudiante… o había que escuchar el rumor de la cacofonía que producían sus relatos. Como Breixo hablando y mirando al mar.

Por fin pudo dormirse. La luz seguía entrando por la ventana.

Texto: Kaejane

Fotos de Ana Bolívar


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