Un relato colectivo sobre la marea negra en Galicia en el que puedes participar a partir de ahora.

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Punta do Trece, Costa da Morte, 13 de Mayo 2003, 12.45 horas.

Isma estaba empapado de sudor enfundado en las botas de goma, el mono blanco y la mascarilla: una armadura incómoda, asfixiante, pegada a la piel. Se dobló para recoger una bola de chapapote que acababa de traer el mar. Llevaba ya tres días en esa playa. Todos los acantilados desde Corrubedo hasta Carbaio estaban cubiertos de fuel. Miles de metros cuadrados de rocas embadurnadas de alquitrán. Ahora, con el calor, el chapapote empezaba a deshacerse. Plastilina que olía a gasolinera. Las mareas lo arrastraban. Las olas lo depositaban en la playa.

Trabajo de mierda, pensó. Él no hacía más que recoger y el mar no dejaba de escupir petróleo.

Había llegado hacía dos semanas, en un autobús de voluntarios procedente de Vallecas. Después del primer fin de semana, sus compañeros habían regresado a casa. Él había decidido quedarse más tiempo para recoger información que usaría en un programa de radio del barrio. Antes de llegar, sabía muy poco de Galicia. Noticias indirectas, artículos de periódico, algunas charlas en la casa okupada. Algo había oído sobre subvenciones a los marineros, nombres de empresas subcontratadas para limpiar las playas, chantajes, sobornos. Fragmentos fuera de contexto. Una vez allí, los días se habían hecho cada vez más largos. Por la mañana, playas y alquitrán. Por la tarde, grabadora y entrevistas. Cada pregunta sugería otra. El contexto iba tomando forma.

Al principio nadie le contestaba. Poco a poco había aprendido a preguntar. Con la gente mayor, humilde: preguntas abiertas. Dejarlos hablar. No interrumpirlos nunca. Ir ganando su confianza. Siempre parecía que no iban a decir nada, una respuesta genérica, un largo silencio. Y luego, de repente, iban directos al grano. Así se había enterado de las envidias feroces que dividían a los habitantes de los pueblos, entre quienes cobraban hasta 500.000 pesetas al mes de subvenciones y quienes no cobraban nada.

Con los funcionarios de la Xunta y los políticos pasaba lo contrario. Soltaban discursos prefabricados, declaraciones al puro estilo telediario. Mucha retórica y poca sustancia. Con estos tenía que atacar. Darles muy poco tiempo. Hacerles preguntas directas, inesperadas.

Oyó el ruido de un tractor a lo lejos, desde los acantilados. Una retroexcavadora de TRAGSA, la empresa encargada de la limpieza de las playas, estaba arrojando al mar piedras cubiertas de chapapote. Imposibles de limpiar antes del 31 de mayo, fecha en la que los trabajos de recuperación de las playas tenían que acabar oficialmente. La mierda difícil de quitar se echaba directamente al mar. Era un secreto a voces. Lo mismo que lo de las plataformas de alquitrán en la playa, debajo de la arena depositadas por las borrascas del invierno.

Se cagó en el ministro al que había oído en la tele afirmar que las playas estaban limpias, que el problema del Prestige estaba superado. Maldijo a los periodistas. ¿Pero qué coño hago aquí?, se preguntó. Estaba harto. Era todo una farsa. Y él formaba parte de la misma. Cómplice de un colosal timo.

Se quitó la mascarilla y se sentó en la arena. Habría terminado con ese trabajo de Sísifo. Mejor dedicarse a su investigación. Enchufar la grabadora. Afinar la preguntas. Comprender lo que estaba pasando. Sacarlo de allí. El primer paso que tenía que dar era ordenar las informaciones que ya había recopilado. Desde que el barco se había hundido parecía que todos estaban ganando algo. Los marineros cobraban un doble sueldo, la subvención del paro obligatorio después del cierre de la pesca, más el trabajo compatible de limpieza en las playas. Mucho dinero. Más de lo que habrían podido sacar faenando. El chiringuito de la playa también había hecho negocio en invierno entre los militares, los voluntarios y los empleados de TRAGSA. Los bares del pueblo, igual. Los dos hostales llenos. La pescadería había cerrado los primeros meses, con su correspondiente subvención. Ahora el pescado llegaba de las Rías Baixas y del extranjero. Se vendía más porque no había competencia. Los vendedores ambulantes ilegales y los furtivos habían desaparecido.

¿Qué coño pasa con los furtivos?, se preguntó. Había descubierto que los furtivos eran una figura clásica en la costa gallega. Se dedicaban a pescar y a recoger mariscos sin permisos y en zonas prohibidas. Un trabajo muy rentable. Todo el mundo lo sabía, nadie los veía. El tema había salido en algunas conversaciones antes, pero él había preguntado sin demasiada decisión. Si seguían pescando o no. Cómo vivían. Dónde acababa el pescado. Yoquesés y silencios como respuestas. El encargado del asilo de ancianos, tomando una cerveza, le había insinuado con una media sonrisa: qué-me-estás-preguntando-tonto.

Se levantó y se fue al chiringuito. Ya sabía por dónde seguir con las entrevistas: tenía que averiguar qué estaban haciendo los furtivos. Los sin rostro de la Costa.

 

Texto: Wu Ming + el tronco de Senegal

Fotos de Ana Bolívar


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