Entrevista (I)
Entrevista con el autor de 'El avión del madera que logró dar media vuelta al mundo'.
En estos tiempos de vértigo en el que pocos se paran a leer, sorprende encontrar a un autor –más aún, si no es muy conocido- publicando un libro que supera las 600 páginas. ¿no le parece un asunto realmente arriesgado? La literatura ya lo es de alguna manera. Para quien escribe, lo arriesgado no es publicar un libro de 600 páginas. Lo arriesgado es publicar un mal libro. Si piensa en dos de las grandes novelas aparecidas en España el año pasado, Vida y Destino, de Grossman, y Las benévolas, de Jonathan Littell, ambas superan las mil páginas y la segunda, además, es de un novel, inédito en Francia cuando publicó la versión original. Otra cosa es para los editores, tanto de las dos obras que he citado como para los de Candaya, quienes han publicado El avión de madera… En este caso concreto, desde luego que sacar al mercado un libro de más de 600 páginas de un desconocido es un riesgo, pero no sólo financiero. De todos modos, tanto para un autor como para un editor comme il faut, la literatura es, también, correr riesgos, apostar por lo que cree.
¿Sabía dónde se metía? Quiero decir, cuando se puso a escribir, ¿sabía que aquello le llevaría tantas páginas? Lo intuía y, por esa razón, durante mucho tiempo, estuve tanteando el terreno y tratando de darle a la historia de Escua y de sus habitantes la apariencia de relatos no muy largos, con algunos puntos de conexión entre sus historias. Pero la realidad es tozuda y lo cierto es que, como me temía, entre las manos tenía una novela larga: la historia de una saga durante el siglo XX español no la despachas en veinte cuartillas. Eso implicaba un mínimo de páginas, que eran muchas. A veces, o siempre, como decía Borges, los libros deberían venderlos con el tiempo para leerlos. Lástima que no sea así.
¿Cuánto tiempo ha tardado en escribir esta historia? ¿Y desde cuándo le rondaba la cabeza? Me rondaba hace mucho. Algunos fragmentos o esbozos de algunos fragmentos ya los escribí a principios de los años noventa. En la práctica del día a día, la redacción me ha llevado dos años muy largos, y después períodos de meter el original en un cajón, de no sacarlo, de comenzar a pasearlo por editoriales, de revisarlo, de cortarlo. En total, cinco años.
¿Cuándo y por qué decidió que su protagonista sería un mensajero aéreo? Cuando escribes decides muchas cosas por obsesiones, intuiciones o intereses personales. El hecho de hacer del narrador un mensajero aéreo responde a un cierto encanto personal por los aviones, fascinación, miedo, llámelo como quiera, pero también a que yo, a primeros de los años ochenta, mientras estudiaba y me ganaba la vida como podía, hice ese trabajo en tres o cuatro ocasiones. Además, que el narrador viva en aeropuertos, en aviones, que pase buena parte de su vida volando, huyendo, de un lado para otro, me permitía reforzar otra idea de la novela. Marcelo Rojo es un desclasado, hace algo para lo cual su clase social nunca estuvo preparada, renuncia a sus orígenes y no quiere mirar atrás porque se siente incómodo con ese propio pasado personal. Pero el olvido tiene un precio. Y el suyo es pasar miedo en los aviones. Los aviones, por otra parte, los aeropuertos, el vivir una vida suspendida en el aire da a la novela elementos, a mi juicio, posmodernos, que la ayudan a situarla en la contemporaneidad absoluta, a pesar de que parezca una historia muy tradicional.
El tango… ¿Le ha gustado siempre o se ha embriagado de él a partir de esta novela? Siempre es mucho tiempo. Me gustó a partir de un momento determinado, los veintimuchos años, cuando la voz de Gardel grabada en los años treinta del siglo XX empieza a no parecerme un vestigio arqueológico repudiable y cuando escucho las letras de los tangos con la atención que merecen y descubro lo que son: historias en que se resumen, a menudo, las obsesiones humanas: amor, dinero, traición, el miedo a la soledad, venganza, la vinculación con los padres. En el tango, en verdad, está todo. Que en el caso de la novela aparezca Volver se vincula a la trama específica de la historia, porque el mensajero aéreo es, en cierto modo, ese "viajero que huye/, que tarde o temprano detiene su andar", y que tiene "miedo del encuentro/ con el pasado que vuelve a enfrentarse" con su vida. Además, no es casualidad que la novela acabe en Buenos Aires, la patria del tango. También, claro está, que sea Volver y no cualquier otro tango, que podría haberlo encontrarlo perfectamente y acoplarlo a la trama, es una llamada de atención a un libro de poemas de Manuel Vázquez Montalbán que se titula Pero el viajero que huye.
¿Podemos decir que era un libro que necesitaba escribir? ¿Una batalla íntima contra el olvido? Necesitaba escribir el libro, sí pero no por batallar íntimamente contra el olvido sino por homenajear a una serie de personas de mi vida que estaban y que ya no están. Por lo demás, tengo una memoria excelente y, desde ese punto de vista, diría que la batalla contra el olvido no puede ser individual, sino colectiva. Por eso escribo. Esta novela, creo, es una historia sobre el valor y la importancia de la memoria, sobre lo que significa el pasado y lo imposible que es resistirse a él, sobre lo que supone renunciar y tratar de olvidar. Ahora, los cadáveres siempre acaban por flotar. Renunciar al pasado es una quimera, olvidarlo es una falacia. O se asume y se sacan lecciones o se acaban por pagar las consecuencias. No en vano, cuando Marcelo vuelve a su lugar de residencia, en California, después de haber comenzado el proceso de recuperación de su pasado, empieza a sentirse liberado del miedo a volar que lo atenazaba.
¿Es "El avión de madera que logró dar media vuelta al mundo" una historia plagada de elementos personales, propios de su familia? ¿Qué espacio queda para la ficción en una novela que es también parte de nuestra historia reciente? Hay elementos personales, desde luego. Ya le he confesado alguno, como el hecho de que a primeros de los ochenta hice de mensajero aéreo en tres o cuatro ocasiones. Enumerar qué es cierto y qué no, sin embargo, no creo que tenga sentido, aunque sí le diré que yo jamás tuve un avión de madera hecho por mi padre. Ahora me sabe mal, pero así es, de lo que se deduce, también, que escribir es o puede ser otra manera de cambiar o mejorar el pasado. La ficción, aunque se base en hechos reales, es o debería ser una realidad paralela por sí misma, escribas ciencia-ficción, novela rosa o roman verité. De lo que se trata es que sea creíble, verosímil, tenga o no puntos de contacto con la realidad, o con aquello que creemos que es la realidad. El espacio para la ficción es total. Y se trata de escribir bien, desde luego.
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