¿Le
gustan los perros o los gatos?
-Las perras, pero ya no tengo animales.
¿Qué cosas recuerda de su
niñez?
-Todo. No tengo mala memoria.
¿Coleccionaba figuritas?
-Sí. De fútbol y de actores
y actrices de Hollywood.
¿Tenía una patineta?
-Mis padres cometieron el error de regalarme
un par de patines cuando vivimos en Valparaíso,
que es una ciudad de cerros. El resultado
fue desastroso. Cada vez que me ponía
los patines era como si me quisiera suicidar.
¿Cuál es su equipo de fútbol
favorito?
-Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda
y luego, consecutivamente, a tercera y a regional,
hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.
¿A qué personajes de la historia
universal le hubiera gustado parecerse?
-A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo.
A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe
Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra
profesora, a Houdini, que es una mezcla de
Alicia, de Sorel y de Mishkin.
¿Se enamoraba de las vecinas más
grandes que usted?
-Por supuesto.
¿Las compañeras de la escuela
le prestaban atención?
-No creo. Al menos yo estaba convencido de
que no.
¿Qué cosas debe a las mujeres
de su vida?
-Muchísimo. El sentido del desafío
y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo
por decoro.
¿Ellas le deben algo a usted?
-Nada.
¿Ha sufrido mucho por amor?
-La primera vez, mucho, después aprendí
a tomarme las cosas con algo más de
humor.
¿Y por odio?
-Aunque suene un poco pretencioso, nunca he
odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser
incapaz de un odio sostenido. Y si el odio
no es sostenido, no es odio, ¿no?
¿Cómo enamoró a su
esposa?
-Cocinándole arroz. En esa época
yo era muy pobre y mi dieta era básicamente
de arroz, así que lo aprendí
a cocinar de muchas formas.
¿Cómo era el día que
se hizo padre por primera vez?
-Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba
solo, y como no se podía fumar en el
hospital me fumé un cigarrillo virtualmente
encaramado en el artesonado de la cuarta planta.
Menos mal que no me vio nadie desde la calle.
Sólo la luna, habría dicho Amado
Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera
me dijo que mi hijo ya había nacido.
Era muy grande, casi calvo del todo, y con
los ojos abiertos como preguntándose
quién demonios era ese tipo que lo
tenía en los brazos.
¿Lautaro será escritor?
-Yo sólo espero que sea feliz. Así
que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión,
por ejemplo, o cirujano plástico, o
editor.
¿Qué cosas reconoce en él
como suyas?
-Por suerte se parece mucho más a su
madre que a mí.
¿Le preocupan las listas de ventas
de sus libros?
-En lo más mínimo.
¿Piensa alguna vez en sus lectores?
-Casi nunca.
¿Qué cosas de todas las que
le han dicho sus lectores en torno de sus
libros lo han conmovido?
-Me conmueven los lectores a secas, los que
aún se atreven a leer el Diccionario
filosófico de Voltaire, que es una
de las obras más amenas y modernas
que conozco. Me conmueven los jóvenes
de hierro que leen a Cortázar y a Parra,
tal como los leí yo y como intento
seguir leyéndolos. Me conmueven los
jóvenes que se duermen con un libro
debajo de la cabeza. Un libro es la mejor
almohada que existe.
¿Qué cosas lo han enojado?
-A estas alturas enojarse es perder el tiempo.
Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.
¿Ha tenido miedo alguna vez de sus
fans?
-He tenido miedo de los fans de Leopoldo María
Panero, el cual, por otra parte, me parece
uno de los tres mejores poetas vivos de España.
En Pamplona, durante un ciclo organizado por
Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo
y a medida que se aproximaba el día
de su lectura la ciudad o el barrio donde
estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks
que parecían recién escapados
de un manicomio, que, por otra parte, es el
mejor público al que puede aspirar
cualquier poeta. El problema es que algunos
no sólo parecían locos sino
también asesinos y Ferrero y yo temimos
que alguien, en algún momento, se levantara
y dijera: yo maté a Leopoldo María
Panero y después le descerrajara cuatro
balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso,
uno a Ferrero y el otro a mí.
¿Qué siente cuando hay críticos
como Darío Osses que considera que
usted es el escritor latinoamericano con más
futuro?
-Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano
con menos futuro. Eso sí, soy de los
que tienen más pasado, que al cabo
es lo único que cuenta.
¿Le despierta curiosidad el libro
crítico que está preparando
su compatriota Patricia Espinoza?
-Ninguna. Espinoza me parece una crítica
muy buena, independientemente de cómo
vaya a quedar yo en su libro, que supongo
que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza
es necesario en Chile. De hecho, la necesidad
de una, llamémosla así, nueva
crítica, es algo que empieza a ser
urgente en toda Latinoamérica.
¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
-A Celina la conozco personalmente y la quiero
mucho. A ella le dediqué uno de los
cuentos de Putas asesinas.
¿Qué cosas lo aburren?
-El discurso vacío de la izquierda.
El discurso vacío de la derecha ya
lo doy por sentado.
¿Qué cosas lo divierten?
-Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar
en un bar al lado del mar y comerme un croissant
leyendo el periódico. La literatura
de Borges. La literatura de Bioy. La literatura
de Bustos Domecq. Hacer el amor.
¿Escribe a mano?
-La poesía, sí. Lo demás,
en una vieja computadora de 1993.
Cierre los ojos, ¿cuál de
todos los paisajes de la Latinoamérica
que usted recorrió le viene primero
a la memoria?
-Los labios de Lisa en 1974. El camión
de mi padre averiado en una carretera del
desierto. El pabellón de tuberculosos
de un hospital de Cauquenes y mi madre que
nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos
la respiración. Una excursión
al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera
y alguien más que no recuerdo, aunque
sí recuerdo los labios de Lisa, su
sonrisa extraordinaria.
¿Cómo es el paraíso?
-Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas
e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta
y que sabe que nada perdura, ni el paraíso,
y que eso al fin y al cabo no importa.
¿Y el infierno?
-Como Ciudad Juárez, que es nuestra
maldición y nuestro espejo, el espejo
desasosegado de nuestras frustraciones y de
nuestra infame interpretación de la
libertad y de nuestros deseos.
¿Cuándo supo que estaba gravemente
enfermo?
-En el '92.
¿Qué cosas de su carácter
cambió la enfermedad?
-Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual,
a los 38 años, ya iba siendo hora de
que lo supiera.
¿Qué cosas desea hacer antes
de morir?
-Ninguna en especial. Bueno, preferiría
no morirme, claro. Pero tarde o temprano la
distinguida dama llega, el problema es que
a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida,
sino más bien, como dice Nicanor Parra
en un poema, es una puta caliente, que es
algo que hace dar diente con diente al más
pintado.
¿Con quién le gustaría
encontrarse en el más allá?
-No creo en el más allá. Si
existiera, qué sorpresa. Me matricularía
de inmediato en algún curso que estuviera
dando Pascal.
¿Pensó alguna vez en suicidarse?
-Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví
precisamente porque sabía cómo
suicidarme si las cosas empeoraban.
¿Creyó en algún momento
que se estaba volviendo loco?
-Por supuesto, pero me salvó siempre
el sentido del humor. Me contaba historias
que me volvían loco de risa. O recordaba
situaciones que hacían que me tirara
al suelo a reírme.
La locura, la muerte y el amor, ¿de
qué de estas tres cosas ha habido más
en su vida?
-Espero de todo corazón que haya habido
más amor.
¿Qué cosas lo hacen reír
a mandíbula batiente?
-Las desgracias propias y ajenas.
¿Qué cosas lo hacen llorar?
-Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.
¿Le gusta la música?
-Mucho.
¿Usted ve su obra como la suelen
ver sus lectores y críticos: arriba
de todo Los detectives salvajes y luego todo
lo demás?
-La única novela de la que no me avergüenzo
es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible.
Las malas críticas que ha recibido
son mis medallas ganadas en combate, no en
escaramuzas con fuego simulado. El resto de
mi "obra", pues bueno, no está
mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá
si algo más. Por ahora me dan dinero,
se traducen, me sirven para hacer amigos que
son muy generosos y simpáticos, puedo
vivir, y bastante bien, de la literatura,
así que quejarse sería más
bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad
es que no les concedo mucha importancia a
mis libros. Estoy mucho más interesado
en los libros de los demás.
¿No le sacaría algunas páginas
a Los detectives salvajes?
-No. Para sacarle páginas tendría
que releerlo y eso mi religión me lo
prohíbe.
¿No le da miedo que alguien quiera
hacer la versión cinematográfica
de la novela?
-Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras
cosas. Digamos: cosas más terroríficas,
infinitamente más terroríficas.
¿"El ojo Silva" es un
homenaje a Julio Cortázar?
-De ninguna manera.
Cuando terminó de escribir "El
ojo Silva", ¿no sintió
que había escrito un cuento capaz de
estar a la altura, por ejemplo, de "Casa
tomada"?
-Cuando terminé de escribir "El
ojo Silva" dejé de llorar o algo
parecido. Qué más quisiera yo
que se pareciera a uno de Cortázar,
aunque "Casa tomada" no es uno de
mis favoritos.
¿Cuáles son los cinco libros
que marcaron su vida?
-Mis cinco libros en realidad son cinco mil.
Menciono éstos sólo a manera
de punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote,
de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra
Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar.
La conjura de los necios, de Kennedy Toole.
Pero también debería citar:
Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché.
Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones
de uso, de Perec. El castillo y El proceso,
de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El
Tractatus, de Wittgenstein. La invención
de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón,
de Petronio. La Historia de Roma, de Tito
Livio. Los Pensamientos, de Pascal.
¿Se lleva bien con su editor?
-Bastante bien. Herralde es una persona inteligente
y a menudo encantadora. Tal vez a mí
me convendría más que no fuera
tan encantador. Lo cierto es que ya hace ocho
años que lo conozco y, al menos de
mi parte, el cariño no hace más
que crecer, como dice un bolero. Aunque tal
vez me convendría no quererlo tanto.
¿Qué dice de los que piensan
que Los detectives salvajes es la gran novela
mexicana de la contemporaneidad?
-Que lo dicen por lástima, me ven decaído
o desmayándome en las plazas públicas
y no se les ocurre nada mejor que una mentira
piadosa, que por lo demás es lo más
indicado en estos casos y ni siquiera es pecado
venial.
¿Es cierto que fue Juan Villoro
el que le convenció para que no titulara
Tormentas de mierda a su novela Nocturno de
Chile?
-Entre Villoro y Herralde.
¿De quién más escucha
consejos alrededor de su obra?
-Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera
de mi médico. Yo doy consejos a diestra
y siniestra, pero no escucho ninguno.
¿Cómo es Blanes?
-Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita,
de treinta mil habitantes, bastante bonita.
Fue fundada hace dos mil años, por
los romanos, y luego pasaron por aquí
gente de todos los lugares. No es un balneario
de ricos sino de proletarios. Obreros del
norte o del este. Algunos se quedan a vivir
para siempre. La bahía es bellísima.
¿Extraña algo de su vida
en México?
-Mi juventud y las caminatas interminables
con Mario Santiago.
¿A qué escritor mexicano
admira profundamente?
-A muchos. De mi generación admiro
a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece
el más arriesgado, a Villoro, a Carmen
Boullosa, entre los más jóvenes
me interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue
y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla.
Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día
escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis,
el cual, según me contó Villoro,
motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o
4), lo que me parece un hallazgo poético.
Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis
sigue con las uñas aceradas. También
me gusta mucho lo que hace Sergio González
Rodríguez.
¿El mundo tiene remedio?
-El mundo está vivo y nada vivo tiene
remedio y ésa es nuestra suerte.
¿Usted tiene esperanzas, en qué,
en quiénes?
-Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme
a los potreros de la cursilería, que
son mis potreros natales. Yo tengo esperanza
en los niños. En los niños y
en los guerreros. En los niños que
follan como niños y en los guerreros
que combaten como valientes. ¿Por qué?
Me remito a la lápida de Borges, como
diría el ínclito Gervasio Montenegro,
de la Academia (como Pérez Reverte,
fíjese usted) y no hablemos más
de este asunto.
¿Qué sentimientos le despierta
la palabra póstumo?
-Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador
invicto. O al menos eso quiere creer el pobre
Póstumo para darse valor.
¿Qué opina de quienes opinan
que usted ganará el Premio Nobel?
-Estoy seguro, querida Maristain, de que no
lo ganaré, como también estoy
seguro de que algún atorrante de mi
generación sí que lo ganará
y ni siquiera me mencionará de pasada
en su discurso de Estocolmo.
¿Cuándo ha sido más
feliz?
-Yo he sido feliz casi todos los días
de mi vida, al menos durante un ratito, incluso
en las circunstancias más adversas.
¿Qué le hubiera gustado ser
si no hubiera sido escritor?
-Me hubiera gustado ser detective de homicidios,
mucho más que ser escritor. De eso
estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios,
alguien que puede volver solo, de noche, a
la escena del crimen, y no asustarse de los
fantasmas. Tal vez entonces sí que
me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía,
se soluciona con un tiro en la boca.
¿Confiesa que ha vivido?
-Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo
y viendo películas, y como les dijo
Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda,
mientras yo viva, esta bandera no se arriará.