Tras
la muerte de Roberto Bolaño el pasado
15 de Julio, la entrevista realizada por la
periodista Mónica Maristain y publicada
originalmente por Playboy México, se
convirtió en el último suspiro
del escritor chileno. Clubcultura.com la ofrece
íntegramente para sus lectores.
En el desvaído panorama de la literatura
en lengua española, un espacio en
el que todos los días aparecen jóvenes
redactores más preocupados por ganar
becas y puestos en los consulados que por
aportar algo a la creación artística,
se destaca la figura de un hombre enjuto,
mochila azul en ristre, anteojos de enorme
marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos,
fina ironía a bocajarro siempre que
haga falta.
Roberto Bolaño, nacido en Chile en
1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho
tiempo al oficio de escribir. Desde que
con su monumental Los detectives salvajes,
acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad,
se hiciera famoso y se embolsara los premios
Herralde (1998) y Rómulo Gallegos
(1999), su influencia y su figura han ido
en crecimiento constante: todo lo que dice,
con su afilado humor, con su exquisita inteligencia,
todo lo que escribe, con su pluma certera,
de gran riesgo poético y profundo
compromiso creativo, es digno de la atención
de quienes lo admiran y, por supuesto, de
quienes lo detestan. El autor, que aparece
como personaje en la novela Soldados de
Salamina, de Javier Cercas, y que es homenajeado
en la última novela de Jorge Volpi,
El fin de la locura, es, como todo hombre
genial, un divisor de opiniones, un generador
de antipatías acérrimas a
pesar de su carácter tierno, su voz
entre atiplada y ronca, con la que responde,
cortés, como todo buen chileno, que
no escribirá un cuento para la revista
pues su próxima novela, que tratará
sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad
Juárez, ya va por la página
900 y todavía no la acaba.
Roberto Bolaño vive en Blanes, España,
y está muy enfermo. Espera que un
trasplante de hígado le dé
resto para vivir con esa intensidad que
alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo
en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos,
que a veces se olvida de ir a la visita
médica por escribir.
A los 50 años, este hombre que recorrió
Latinoamérica como mochilero, que
se escapó de las fauces del pinochetismo
porque uno de los policías que lo
encarceló había sido su compañero
en la escuela, que vivió en México
(alguna vez la calle Bucareli en un tramo
llevará su nombre), que conoció
a los militantes del Farabundo Martí
que luego se convertirían en los
asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador,
que fue vigilante en un camping catalán,
vendedor de bisutería en Europa y
siempre un hurtador de buenos libros porque
leer no es sólo una cuestión
de actitud, este hombre, decíamos,
ha transformado el rumbo de la literatura
latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar
y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho
Juan García Madero, antihéroe
adolescente de su gloriosa Los detectives
salvajes: "Estoy en el primer semestre
de la carrera de Derecho. Yo no quería
estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía
insistió y al final acabé
transigiendo. Soy huérfano. Seré
abogado. Eso lo dije a mi tío y a
mi tía y luego me encerré
en mi habitación y lloré toda
la noche". El resto, en las 608 páginas
restantes de una novela cuya importancia
los críticos han comparado con Rayuela,
de Julio Cortázar, y hasta con Cien
años de soledad, de Gabriel García
Márquez. Él diría,
frente a tanta hipérbole: ni modo.
Así que mejor vayamos a lo que importa
en esta coyuntura: a la entrevista.
¿Le dio algún valor en
su vida el haber nacido disléxico?
-Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol,
soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba,
soy zurdo. Problemas cuando escribía,
soy diestro. Como puedes ver, ningún
problema importante.
¿Siguió siendo Enrique
Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea
que tuvo usted con los organizadores del
Premio Rómulo Gallegos?
-Mi pelea con el jurado y los organizadores
del premio se debió, básicamente,
a que ellos pretendían que yo avalara,
desde Blanes y a ciegas, una selección
en la que yo no había participado.
Sus métodos, que una pseudo poeta
chavista me transmitió por teléfono,
se parecían demasiado a los argumentos
disuasorios de la Casa de las Américas
cubana. Me pareció que era un error
enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran
eliminados a las primeras de cambio, por
ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería
era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente
falso. De mi indignación por esta
mentira surgió la carta en donde
los llamé neostalinistas y algo más,
supongo. De hecho, a mí me informaron
que ellos pretendían, desde el principio,
premiar a otro autor, que no era Vila-Matas,
precisamente, cuya novela me parece buena,
y que sin duda era uno de mis candidatos.
¿Por qué no tiene aire
acondicionado en su estudio?
-Porque mi lema no es Et in Arcadia ego,
sino Et in Esparta ego.
¿No cree que si se hubiera emborrachado
con Isabel Allende y Ángeles Mastretta
otro sería su parecer acerca de sus
libros?
-No lo creo. Primero, porque esas señoras
evitan beber con alguien como yo. Segundo,
porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni
en mis peores borracheras he perdido cierta
lucidez mínima, un sentido de la
prosodia y del ritmo, un cierto rechazo
ante el plagio, la mediocridad o el silencio.
¿Cuál es la diferencia entre
una escribidora y una escritora?
-Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora
es Marcela Serrano. Los años luz
que median entre una y otra.
¿Quién le hizo creer que
es mejor poeta que narrador?
-La gradación del rubor que siento
cuando, por pura casualidad, abro un libro
mío de poesía o uno de prosa.
Me ruboriza menos el de poesía.
¿Usted es chileno, español
o mexicano?
-Soy latinoamericano.
¿Qué es la patria para
usted?
-Lamento darte una respuesta más
bien cursi. Mi única patria son mis
dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez,
pero en segundo plano, algunos instantes,
algunas calles, algunos rostros o escenas
o libros que están dentro de mí
y que algún día olvidaré,
que es lo mejor que uno puede hacer con
la patria.
¿Qué es la literatura chilena?
-Probablemente las pesadillas del poeta
más resentido y gris y acaso el más
cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa
Véliz, muerto a principios del siglo
XX, y autor de sólo dos poemas memorables,
pero, eso sí, verdaderamente memorables,
y que nos sigue soñando y sufriendo.
Es posible que Pezoa Véliz aún
no haya muerto y esté agonizando
y que su último minuto sea un minuto
bastante largo, ¿no?, y todos estemos
dentro de él. O al menos que todos
los chilenos estemos dentro de él.
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