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Lisboa
se viste de palabra
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"Aquí
el amor y la honestidad se dan las manos y se pasean
juntos; la cortesía no deja que se llegue a la arrogancia,
y la braveza no consiente que se le acerque la cobardía.
Todos sus moradores son corteses, son liberales y son
enamorados, porque son discretos. La ciudad es la mayor
de Europa, y la de mayores tratos; en ella se
descargan las riquezas de Oriente, y desde ella
se reparten por el Universo; su puerto es capaz
no sólo de naves que se puedan reducir a un número,
sino de selvas movibles de árboles que los de las naves
forman; la hermosura de las mujeres admira y enamora;
la bizarría de los hombres pasma, como ellos dicen;
finalmente, ésta es la tierra que da al cielo santo
y copiosísimo tributo".
Miguel de Cervantes, "Los trabajos de Persiles
y Segismunda".
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"Ahora
sale, saludó cortésmente y, dando las gracias, salió
por la puerta de la Rúa dos Correiros, la que
da a la gran babilonia de hierro y cristal que es la
Praça da Figuiera, aún agitada, pero nada que
se pueda comparar con las horas de la mañana, ruidosas
de gritos y pregones hasta el paroxismo. Se respira
una atmósfera compuesta de mil olores intensos, a col
aplastada y mustia, a excrementos de conejo, a plumas
de gallina escaldadas, a sangre, a piel desollada (...)
Ricardo
Reis da vuelta a la plaza por el sur, entró por
la Rúa dos Douradores, casi no llovía ya, por
eso puede cerrar el paraguas, mirar hacia arriba y ver
los altos frontispicios de color ceniciento o pardo,
las filas de ventanas a la misma altura, las de parapeto,
las de saliente, con las monótonas canterías prolongándose
calle adelante hasta confundirse en delgadas franjas
verticales, cada vez más estrechas, pero no tanto como
para esconderse en un punto de fuga, porque allá en
el fondo, aparentemente cortando el camino, se levanta
una casa de la Rua da Conceiçao".
José Saramago, "El año de la muerte de Ricardo
Reis".
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"Nada
más pisar la ciudad, llorando la muerte de su bienhechor,
sienten temblar la tierra bajo sus pies, el mar se alza
borboteando en el puerto, y rompe los navíos anclados.
Torbellinos de llamas y cenizas cubren las calles y
plazas públicas; las casas se derrumban, los tejados
son derribados sobre los cimientos, y los cimientos
son dispersados: treinta mil habitantes de toda edad
y sexo son aplastados bajo las ruinas. El marinero decía
silbando y jurando: "Algo habrá que ganar aquí. - ¿Cuál
puede ser la razón suficiente de ese fenómeno?, decía
Pangloss. - Es el fin del mundo!, exclamaba Cándido".
Voltaire, "Cándido".
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"Arturo
no cabía en sí. ¡Lisboa! ¡Por fin era Lisboa! Había
bajado la ventanilla y el aire le parecía lleno de una
vida más intensa, impregnado de la profunda respiración
de la ciudad, que todavía dormía en la mañana húmeda
[...] ¡Con qué deleite pisó por fin las aceras todavía
húmedas de los paseos y respiró el frío del invierno,
el aire de Lisboa que, después de la pesadilla de las
callejuelas de Oliveira, le parecía tener la
vitalidad oxigenada en la que dilatan las facultades!
Se quedaba boquiabierto ante los escaparates iluminados
de las tiendas; se detenía, mirando pasmado la tez pálida
de las mujeres que pasaban, se volvía con admiración
para seguir con la vista los carruajes con las siluetas
de los caballos."
José María Eça de Queiros, "La capital".
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