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Fragmentos

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Óscar
Hijuelos,
"Los reyes del mambo tocan canciones de amor".
Parecía que gustaban a los más diversos públicos, pero
si había un local que pudieran llamar verdaderamente
"suyo", ése era la Sala de Baile Imperial, en
la esquina de la calle 18 Este y Utica Avenue,
en Brooklyn. Allí ellos eran la banda de la casa,
contratados al principio gracias a Miguel Montoya,
pero luego siguieron debido a la popularidad de César
y Néstor. Estaban tocando continuamente en concursos
en los que se daban premios de 25 dólares por los Mejores
Pantalones con Pinzas, las Camisas Más Chillonas,
la Mujer Más Atractiva, el Que Mejor Bailara
Llevando Un Paraguas, las Piernas Mejor Contorneadas,
los Zapatos Más Raros, el Sombrero Más Extravagante,
y un sábado por la noche, el concurso de los Mejores
Calvos, al que acudió una verdadera multitud.
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Francisco
Goldman,
"Marinero raso", Ed. Anagrama.
¡Qué día has tenido, viejo lobo de mar! No se lo contará
a ninguno... ni siquiera a Esteban: pensarían
que su cerebro ha volado como un pájaro. Ahora debería
buscar algo de comer para Desastres, pero...
¿qué? ¿Cómo arreglárselas para ponerle un plato de cucarachas
vivas? Luego, a la noche, le dejará en algún rincón
del comedor una lata de sardinas vacía. Tal vez Desastres
se presente y le dé tiempo de lamer el aceite antes
de que lo hagan las ratas. Pero... ¿por qué me siento
ahora incapaz de decirle: "¡Siéntate, Desastres!"?
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Roberto
Quesada,
"Big banana", Ed. Seix
Barral.
"El 4 tardó, pero mucho menos de lo que hubiese esperado
en la estación de Kingsbride al D o al C. Extendió
el mapa del subway y buscó la Grand Central Station.
Siguió la línea del 4 y se aseguró del transfer que
tenía que hacer, luego se recostó en la pared del tren.
Desde arriba se miraba el Bronx completamente
blanco: las casas de blanco, los árboles de blanco,
las calles tapizadas de blanco, todo hecho de nieve.
Lo único no blanco eran los latinos y los negros. La
gente del tren iba así como viajan los habitantes de
Nueva York los domingos: perezosos, sin hablar
mucho, menos ruido y bastante espacio para sentarse
holgadamente; es como si el domingo contagiase el ritmo:
tal parece que hasta los deseos de bronca se ausenta".
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Mayra
Montero,
"La
trenza de la hermosa luna", Ed. Anagrama.
Álex salió a la calle y volvió a sortear la hilera
de niños desnudos que jugaban a los barquitos junto
a los albañales. Se detuvo a contemplar el paso de una
embarcación mayor que las demás, hecha de corteza y
bejuco, que se atascó en el canal y se volcó suavemente,
como una paloma moribunda. Una pequeña mano la rescató
del lecho blando de la porquería y él emprendió el largo
camino de regreso hacia el cuartito de la rue Dessalines.
Poco antes de llegar, se detuvo a comprar tafiá para
llevarle a Tony Valcim. Era una boteliita pequeña,
con la que ensayó contento un par de malabares, pero
que se le heló en las manos poco después, en el instante
mismo en que se tropezó con Jacques Damien: -
Ni te acerques. Se han llevado a Tony y está
la casa rodeada.
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