Érase una vez en América...

Dicen los estudiosos que las primeras muestras de la literatura en español en lo que sería suelo estadounidense empezaría a desarrollarse en el sudoeste del país en el siglo XVIII: expresiones populares, refranes, obras pastoriles que se representaban en Navidad, y que recogían las influencias de la España de la que provenían los conquistadores muy aderezadas por las culturas indígenas: la primera expresión de lo que luego dio en llamarse el melting pot estadounidense. En cuanto el territorio pasó a manos estadounidenses, la creación literaria pasó a ser algo meramente testimonial: los millones de hispanohablantes que quedaron al norte de la frontera de México tenían -y, por desgracia, siguen teniendo- otros problemas más acuciantes que el fomento de las Bellas Artes.

Por eso, todos los historiadores están de acuerdo en que habría que esperar a que el sindicalista hispano más famoso de la historia norteamericana, César Chávez, organizase la huelga de 1965 de los campesinos de Delano, en California. Esa es la fecha de nacimiento de lo que ha dado en llamarse Movimiento Chicano de los Derechos Sociales, y que promovió toda una eclosión de la conciencia racial y de las manifestaciones artísticas. Ahí surgió el interés por desprenderse de prejuicios e infravaloraciones y, con el apoyo de editoriales universitarias y medios de comunicación hispanos, comenzó la literatura latina, que es como ha dado en llamarse este fenómeno.

La mayor concentración de población hispana siempre ha sido el sudoeste del país: California, Nuevo México, Arizona y Texas. Es en esos estados en los que la cultura hispana ha arraigado con más fuerza, en contraposición a lo que sucede en los grandes núcleos urbanos de la Costa Este o los Grandes Lagos, donde las influencias ajenas de otros grupos étnicos se han incrustado con más fuerza, dando lugar -entre otros fenómenos- al spanglish, la mezcolanza de inglés y español que, creen muchos, será el futuro de la lengua española. O al menos, una suerte de lingua franca con la que comunicarse los hispanos estadounidenses, provenientes de veinte países distintos.

Todas estas variables influyen en la literatura. Así, los aspectos en los que se centra mayoritariamente el movimiento -si puede llamársele así- son el desarraigo, la lucha por defender la propia identidad en un medio hostil, el enfrentamiento entre dos modos de vida -el latino y el wasp- radicalmente distintos. Aunque hay también obras costumbristas que sólo reflejan los tópicos más arraigados del latino, no es menos cierto que subyace en casi toda la producción hispana un orgullo de raza y la certeza de que, para sobrevivir en los USA, no hay que olvidar las raíces.

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