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Las Boras
Un relato de José Balza

José
Balza:: Entrevista
:: Relato::
¿Por
qué abandonó la orilla del río y cruzó la única calle
del pueblo y atravesó su casa sin hablar con nadie y
el jardín trasero sin fijarse en los hicacos y los anones
ya maduros?
Todos los muchachos estaban nadando a esa hora y algunas
mujeres se bañaban o lavaban; el río desafía con su
más poderosa fuerza. La mañana envuelve el barranco,
la arena, los juncos, como si acabara de pulirlos y
todo anuncia el suculento almuerzo de cada día: pescado
frito, plátanos, jugo de tamarindo.
El niño -¿siete, ocho años? Goza tanto a esta hora,
que su padre o su mamá tienen que venir a amenazarlo
para que salga del río. Prácticamente nació dentro del
agua y nadar es su certeza.
Tal vez acaba de abandonar la fuerte corriente, porque
ha presentido un contraste: al fondo de las casas, bajo
el bosque denso, las pequeñas lagunas dejadas por el
invierno ya tienen una capa estable y total: su quieta
superficie se ha cubierto de boras. Y Allí el verdor
vibra con las flores moradas. El deseo de saltar en
aquella agua distinta, de sumergirse bajo los pétalos
violetas y las hojas aceitosas, lo impulsa en su inesperada
carrera. Los otros chicos -sus hermanos dentro de ellos-
le reclamaron que regresara, pero el niño avanza inexorablemente
hacia el fondo del monte, hacia una de las lagunas.
Ningún otro fruto lo distrae. Arriba el sol celebra.
Y ya está frente al cálido terciopelo: las hojas lo
invitan. Frena su impulso y en vez de saltar violentamente,
baja con calma, se coloca al borde del agua. La brisa
ondula y el silencio es casi absoluto. Ahora está abajo,
junto a las boras.
Y entonces cree escuchar un mínimo sonido. Levanta la
cara y sobre el barranco, muy cerca de él, advierte
que su prima, tan niña también, ha levantado la falda,
abre las piernas y se agacha. No quiere asustarla, mira
con intensa fijeza. Entonces ella orina: desde un peciolo
rosado el agua cae y suena como música. Él quiere ver
más. Se levanta un tanto, ella sonríe. El chorro disminuye,
pero él se empina un poco. Su dedo va a tocar aquel
cuerno de carne sonrosada -nunca vista- que lo determina.
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