e
un tiempo a esta parte las librerías españolas
se han visto inundadas por lo que cierta prensa
ha tenido a bien llamar 'nueva narrativa colombiana'.
Lastimosamente, de esas tres palabras una quedaba
colgando, porque la novedad, lejos de significar
una renovación en las letras colombianas
(o hispanoamericanas), terminaba ciñéndose
estrictamente a los nombres y los rostros de los
autores, hasta ese momento desconocidos para el
público hispano. Lo nuevo eran ellos, no
los libros.
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Sin embargo, de entre la avalancha procedente del
país de García Márquez,
cabe destacar la voz de un escritor que, finalmente,
parece no tener deudas con el arquitecto de Macondo.
Juan Gabriel Vásquez (Bogotá,
1973) dejó Colombia hace ocho años,
siguiendo la estela de V.S. Naipaul, para quien
escribir novelas pasa por "el ensanchamiento
de la experiencia, por abarcar tanta porción
de mundo como sea posible". Así,
Vásquez vivió tres años en
París, donde realizó estudios de Literatura
Hispanoamericana en la Sorbona, para luego recalar
en Barcelona, donde lleva instalado cinco años,
trabajando como traductor y periodista, y donde
ha escrito su última novela 'Los informantes'
(Alfaguara, 2004). "Podríamos
hablar hasta mañana de las bondades que tiene
para un escritor ese riesgo de dejar su país,
su ambiente protegido. Pongamos el caso de Conrad,
el escritor que cambió de vida tres veces,
que hizo una carrera como escritor en su tercera
lengua" dice Vásquez, afirmando
en una frase y dos autores, por donde van los tiros
cuando de sus influencias se trata. Autores anglosajones.
La gran influencia, por cierto, es Philip Roth.
El Philip Roth político, quisquilloso y genial
de 'Pastoral americana' o 'La mancha humana'. "Mientras
escribía 'Los informantes' pensaba en lo
que ha hecho Philip Roth con la historia reciente
de Estados Unidos. En cómo narra hechos concretos
de la historia norteamericana a través de
vidas privadas" confiesa el colombiano.
Porque 'Los informantes', el primer libro
publicado por Vásquez en España, es
a todas luces una novela política. Una novela
que gira en torno a un hecho casi desconocido de
la historia reciente de su país: el alineamiento
de Colombia con el Estados Unidos de Roosevelt durante
la Segunda Guerra Mundial, la consiguiente persecución
de simpatizantes nazis y, por extensión,
de todo lo alemán, por parte del gobierno
del entonces presidente Eduardo Santos. "Se
sabe nada, casi nada de este episodio -relata Vásquez-.
En parte por eso escribí el libro. De hecho,
toda la novela nace de una conversación que
tuve en el año 99 con una mujer judía,
quien me contó que su padre, judío,
huyó de Alemania perseguido por los nazis,
y al llegar a Colombia, se vio perseguido por el
hecho de ser alemán. Esa paradoja fue el
detonante, la chispa, para empezar a buscar y construir
una ficción alrededor de eso".
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¿Es un hecho igual de desconocido dentro
de Colombia? ¿No se tiene una conciencia
nacional al respecto, no se enseña en los
libros de Historia?
No, en absoluto. De hecho, el único documento
periodístico serio y completo que pude encontrar
en sesenta años de textos colombianos, fue
un libro, 'Colombia Nazi', publicado en los años
ochenta por dos magníficos periodistas, Alberto
Donadío y Silvia Galvis. Nunca hubo una novela
que examinara las consecuencias de esta situación.
Lo que quería yo, con la perspectiva que
me otorgaban estos cincuenta, sesenta años,
era un poco recuperar esa memoria. Y sobretodo poner
el punto en las consecuencias, que son muchas y
sirven para entender muchos episodios violentos
de la historia colombiana. Yo creo que uno de los
temas de la novela es la manera en que mi generación
ha heredado los errores de esos ancestros.
Frente este vacío de fuentes documentales,
¿cómo fue el proceso de investigación?
Pues fue ir en busca de fuentes de primera mano.
Te hablaba de 'Colombia Nazi', pero esa no fue mi
fuente principal. Lo fue esta mujer alemana, que
al llegar a Colombia tenía 12 años
y vivió todos estos hechos a los 16, pero
se acordaba con muchísima precisión
de lo ocurrido. Eso, más el testimonio de
muchas otras personas a las que ella me remitió,
y otras que busqué por mi cuenta. Algunas
de las cuales, llegaron a Colombia a principios
del siglo XX, sufrieron estas experiencias y luego
regresaron a Alemania. Hablé con muchas de
estas personas, mantuve correspondencia con otras.
Y traté de armar el esqueleto de la novela
a partir de conversaciones con gente, que es una
de las herramientas que a mí más me
sirve, ese contacto directo. Procuro que los primeros
meses de contacto con un material que me parece
novelesco estén bastante anclados en la realidad,
cimentados en los testimonios de gente que haya
vivido el hecho.
Respecto a ese "anclaje a la realidad"
del que hablabas, el libro se nos muestra como el
libro que está escribiendo este periodista
Gabriel Santoro sobre su padre, ¿para qué
te sirve esa treta, como novelista, más allá
de jugar con la verosimilitud que pueda tener el
texto?
Desde 'El Quijote' sabemos que ese juego de cajas
chinas tiene como resultado, para el lector, que
la historia marco, la que sustenta a la verdadera
historia, gana muchísimo en verosimilitud.
Pero lo que más me interesaba explorar con
este sistema, era la forma en que la palabra afecta
a la realidad, en este caso a los personajes. La
manera en que una historia contada puede afectar
nuestras vidas, cómo un libro publicado puede
afectar nuestras vidas, cómo está
lejos de ser esa cosa pacífica y muerta que
hay en un estante, para convertirse en una fuerza
viva dentro de nuestra vida.
Resulta curioso cómo funciona este pequeño
truco de cajas chinas en tu novela, cómo
en este mundo escéptico en el que nos encontramos,
donde parece que todo es mentira, donde no le creemos
ni a la prensa ni a nadie, y en el que tantas veces
se ha decretado la muerte de la novela, pero en
'Los informantes' el viejo truco funciona, como
lector te lo crees.
Como tú yo también creo que el lector
contemporáneo es un escéptico, no
se cree lo que le cuentan en una novela. Pero sin
embargo, creo que el escritor tiene muchas estrategias
para luchar contra ese escepticismo, una de las
cuales, al nivel técnico más elemental,
es "las cajas chinas". Otra que yo utilizo,
por decirlo de algún modo, es el adelgazamiento
de la distancia que existe entre el autor y el narrador.
Aquí, deliberadamente yo construí
un narrador lo más parecido a mi posible,
como medio de decirle al lector: "estoy comprometido
moral y emocionalmente con la historia, yo me pongo
en la línea de fuego, yo estoy desechando
-hasta cierto punto-las máscaras de la ficción".
Entonces, el crear un personaje que algunos lectores
pudiesen identificar conmigo, era una manera de
hacerle ver al lector que en este libro hay un grado
de verosimilitud que no puede pasar por alto, hay
un alto grado de realidad en los hechos que se cuentan.
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