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EL VALLE DE DIOS
Justin Webster
(extracto)
Traducción de Antonio Padilla

En un barrio periférico de Oviedo hay un caserón construido al estilo de un caserío asturiano tradicional, con altos gabletes y tejados en pendiente. Antaño estuvo pintado de un apagado color carne; rodeado de setos y un tanto apartado de la transitada calzada, su presencia se ve empequeñecida por la de los modernos edificios de apartamentos que hay al otro lado de la calle. Sólo un pequeño rótulo –Clínica San Rafael– indica que se trata de un hospital.

Una enfermera abre la recia puerta de madera mientras habla por un teléfono inalámbrico. Una vez concluida su conversación, le digo que quiero ver al director de psiquiatría y me hace pasar a una salita de espera. Allí sentado, veo pasar a dos pacientes. El primero, que sale, es un hombre joven y bien vestido que camina con paso vacilante mientras se apoya en una mujer de mayor edad. La segunda, que entra, es una señora entrada en años envuelta en un vestido con estampado de flores y calzada con zapatillas deportivas; su expresión es de felicidad, de entusiasmo incluso. Al cabo de unos quince minutos, un médico de pelo cano y bata blanca con el rostro enrojecido y preocupado aparece caminando hacia la recepción. Nos saludamos y me dispongo a levantarme, pero en ese momento baja la vista y desaparece.

El médico con quien yo había estado hablando por teléfono aquel mediodía se había mostrado amable y dispuesto a cooperar conmigo, pero me esfuerzo en no sacar unas conclusiones demasiado apresuradas. La razón de mi visita es psicológicamente delicada, por lo que estoy preparado para plantear la cuestión de forma indirecta, en términos generales antes de pasar a las preguntas concretas.

Pedro Quirós, el psiquiatra en jefe, de pronto aparece a mi lado. De edad similar y vestido con idéntica bata blanca que su colega, tiene un rostro juvenil y los ojos muy grandes y de un azul claro y brillante. Mientras musita unas disculpas por haberme hecho esperar, me hace pasar a una sala mucho mayor que es –o era– un estudio. El suelo está sembrado de libros, publicaciones y cajas de cartón atestadas de gavillas de folios mecanografiados y amarilleados. El Anuario Psiquiátrico, los Arquivos de Neuro-Psiquiatria, Junho 1933, S. Paulo, Brasil, la Revue Neurologique, Tome 70, 1938, están diseminados sobre la alfombra como naipes de juego al final de una partida. Contra uno de los viejos sillones de cuero hay una pila formada por marcos de cuadro y telas sueltas que ofrecen atisbos de óleos relucientes. Las paredes están desnudas y la estantería parece haber sido sometida a un saqueo.

El doctor Quirós me invita a un sillón enclavado frente al gran escritorio de madera mientras aposenta su propio cuerpo liviano en una simple silla de respaldo recto a unos pocos pasos de mí. Sus ojos muy abiertos me miran con franqueza.

–Tengo mucha documentación. En todo lo que pueda ayudar, estoy a su disposición –declara–. Ah...

Se levanta, rebusca en una de las cajas de cartón algo que ha recordado y vuelve con un libro de tapa dura, edición reciente y cuidada: La luz y la llama. Textos del doctor Pedro González Quirós Isla, perteneciente a la colección Crónica General de la Psiquiatría en Asturias. En la segunda página encuentro un retrato del autor, el cual lleva a pensar en una versión más corpulenta y menos juvenil del hombre que tengo ante mis ojos. El autor está sentado en el mismo sillón que yo ocupo en este momento, cuando su cuero todavía relucía y la estantería estaba llena a rebosar.

–Era el despacho de mi padre –explica el doctor Quirós.

Tras disculparse por el caos reinante, me comenta que algunos de los libros tienen mucho valor, pues pertenecen a una colección muy reputada entre los especialistas. Asimismo me confía que el mantenimiento del hospital, la clínica privada que su padre fundó cuando era el principal psiquiatra público ovetense, resulta muy oneroso en términos financieros. Su padre murió hace tres años, a los noventa y cinco años de edad. El hijo siguió sus mismos pasos profesionales, trabajó bajo su dirección en el hospital psiquiátrico de titularidad pública que hay en Oviedo y, a los setenta años de edad, justo acaba de jubilarse como director del departamento de psiquiatría del Hospital General de Asturias. Antes de darme ocasión a exponer el motivo de mi visita, vuelve a levantarse y abre un cajón literalmente relleno de documentos polvorientos. Me acerco a su lado y contemplo fascinado las distintas fechas: 1937, 1946, 1943... Nos sentamos otra vez y retomamos la conversación, si bien ahora tengo una carpeta rebosante de papeles en el regazo. Me digo que más vale ir al grano, pues nos desviamos en la charla y pronto me encontraré inundado de documentos o acusado de tener falsas intenciones.

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