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EL AFECTO CHELSEA
Arthur Miller
(extracto)
Traducción de Miguel Martínez-Lage

Decidí mudarme al Chelsea en 1960, sobre todo por la privacidad que me habían garantizado. Me parecía un sitio maravillosamente fuera de cualquier recorrido habitual, poco menos que un cuchitril en el que seguramente a nadie se le iba a ocurrir buscarme. Fue poco después de que Marilyn y yo nos separásemos, y parte de la prensa aún se empeñaba en seguir mis pasos a veces, en busca de los trapos sucios, aunque ya con cierta desgana. Una amiga con la que más adelante me iba a casar había hecho las fotos para un libro sobre Venecia que escribió Mary McCarthy, y fue Mary quien le recomendó el Chelsea por ser un hotel barato, pero muy decente. (Claro está que Mary detestaba mis obras, pero eso no tiene importancia aquí ni la tuvo allí.) Mi amiga, Inge Morath, quien por lo normal residía en París, se había alojado en el Chelsea durante sus breves periodos de trabajo en Norteamérica, y le parecía un sitio desaseado, aunque también informal. «Allí no te molestará nadie», me aseguró.

El propietario, Mr. Bard, me hizo pasar a un apartamento recién redecorado en la sexta planta, con vistas al aparcamiento (posteriormente solar de un bloque de viviendas) de detrás del hotel. El aparcamiento tiene su importancia.

No supe muy bien qué opinión formarme de Mr. Bard. Judío húngaro, de ojos azules, bajo, de cara despejada, redonda, deleitada, desbordante de energía, señaló con un amplio gesto la habitación entera.
–Todo está en perfecto orden de revista –dijo–. Todo el mobiliario es nuevecito, los colchones y las cortinas están sin estrenar... Mire, fíjese en el cuarto de baño.

Según caminamos hacia el cuarto de baño me llamó la atención un trozo desgastado en el medio de la moqueta, y percibí lo que me pareció polvo de carbón, que crujía bajo las suelas de mis zapatos.
–La moqueta... –iba a decir, pero Mr. Bard me cortó en seco.
–Mañana traerán una moqueta nueva –dijo con un dedo en alto, y se le notó que hasta ese preciso instante nunca había pensado en la idea de cambiar la moqueta. Abrió los dos grifos del lavabo y señaló con orgullo el agua que salía–. Los grifos son nuevos, igual que en la ducha. Pero tenga cuidado en la ducha, porque donde pone fría sale caliente y donde pone caliente sale fría. Cosas de Mr. Katz.

–¿Qué sucede con Mr. Katz?

–Es el encargado de la fontanería y demás. A veces... –de nuevo optó por callar–. Bueno, ¿qué me dice? –No me dio tiempo a decir nada–. Le garantizo que nadie se llegará a enterar de que vive usted aquí. Todos los días viene una camarera a hacer la habitación. A veces, cuando me encuentro algo bajo de ánimo, y quizás quiera usted sumarse, voy a pescar al Pantano de Croton.
Casi se percibía a qué hacía referencia Mr. Bard, pero no del todo. Empezó a recordarme a una mujer a la que había conocido en Coney Island, que acostumbraba a salir furtivamente de noche para robar radiadores de los solares en construcción, pues su marido y ella iban a construir ilegalmente una planta más encima de su vivienda. Ante las objeciones de su hijo respondía: «Pero es que tienen muchísimos». Y por su manera de decirlo, parecía de lo más razonable. Mr. Bard tenía un talento similar para anular toda probabilidad adversa, una fluidez emocional que daba a sus pensamientos el vuelo de un gorrión, pasando en sucesivos tirabuzones de un asunto a otro; tenía una visión de la vida llena de entusiasmo, progresista. En una sola palabra, era la anarquía.

–Todo el mobiliario es nuevecito.

–Eso ya me lo ha dicho –dije. De hecho, era un mobiliario tosco, procedente del sur de la frontera, de Guatemala quizás, o de fuera de Queens, y toqué con cautela un escritorio, aunque comprobé agradecido que el barniz estaba seco.

Al cabo de una semana, las columnas de cotilleos, como a medias suponía que había de suceder, dieron cuenta de mi paradero, y los amigos de Europa vieron la misma gran noticia en algunos periódicos británicos y del continente.

–Qué desastre –dijo Mr. Bard cuando se lo eché en cara–. Hicimos todo lo posible por no decirlo. Todo el mundo lo hizo.

–¿Todo el mundo hizo el qué?

–A todo el mundo le dijimos que no dijera nada.

–Incluidos los periódicos.

–Incluidos los periódicos ¿qué?

–Que les dijeron que no dijeran nada.

Le pareció gracioso y se rió con ganas. Yo también me reí. Empezaba a cogerle el tranquillo a las cosas. Había oído un rumor según el cual Mr. Bard ganó el hotel en una partida de cartas con apuestas descabelladas que se jugó en el Hotel New Yorker, que en el transcurso de aquella partida también cambió de manos varias veces.

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