Relatos hiperbreves 8

"ESTRELLA", de Juana Díaz

Oh, pobre de mí, cuanta tristeza siento en el alma. Un corazón se encoge de desesperanza, al ver tanta pobreza y tanta hambre. Desde la ventana diviso, en esta noche callada de ruiseñores: nada. Una oscuridad inunda mi ser, como cuando murió mi madre o como cuando se va el alba. Las estrellas esta noche parecen mas altas, mas dispersas, más relucientes y limpias pero calladas. Inmune ante la necesidad que hay en el mundo, en cada ser de carne y hueso que son como hojalata, que se pisotea sin valor, arrojándola a la basura que todos comeremos, donde iremos a parar. Esta estrechez, esta falta de necesidad para subsistir me pone nervioso y nado a la deriva, sin saber donde ir ni que hacer.
Aquella estrella sin luz se aleja, como mi pobre sentimiento de ser alguien y no soy nada.

TEATROS, de Lecce

El estío era de romanticismo decimonónico y hortera al uso, es decir, de lago en acuarela y sol que calienta en relatividades porque el amor, vapor envolvente y dulzón, despistaba las malas sensaciones demasiado humanas. Él la miraba cavándole túneles al silencio y ella respondía en una hiperritmia de la sonrisa convada y menos comedida. Él cogió su mano con suavidad de parodia o mimetismo neoclásico y ella dejó escapar unas apetencias en la comisura de los labios. Él susurraba en sutiles parpadeos pero ella aguantó el mutismo, lo sostuvo unos segundos hasta que el grito les invadiera las ficciones e intimidades:
- ¡corten!
Él soltó su mano y arrastró una caricia comunicativa hasta las yemas de los dedos.
- pero ¿por qué?- preguntó indignado.

JACTANCIA, de Máximo Cerdio

Abrió el diccionario. De aquella blancura extendida, las letras como cuervos
ascendieron hasta su cara.
Una i se le clavó en la pupila, y el mostro entonces nomás fue un alarido.
Cuando los inquilinos lograron romper la cerradura, no hallaron nada, sólo
silencio en el cadáver de don Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y
duque de Escalona, mayordomo mayor de Felipe V, ahogado en un charco de
tinta.

ALGUNAS VIUDAS SE MUEREN DE AMOR, de Milton Fornaro

"No puedo más" se quejó el Chucho Chico debajo de la luz de mercurio que daba una blancura de interior de heladera a la mugre de la avenida.
"Ahora no me podés fallar" le recriminó el Chucho Grande levantándolo de las solapas. "Aguantá". Y el otro como si nada. El sostenido daba lástima: un borrachito con las piernas como flecos, que hacia horas había empezado a beber para agarrar coraje y no supo detenerse. Alguien, cualquiera, con un mameluco de pintor, a punto de dormirse con una llave en el bolsillo.
"Si querés te abrís, pero dámela" dijo el Chucho Grande apretándolo contra la columna humedecida del farol. "¡Dale, carajo! ¡Cagón!".
El Chucho Chico no podía responder, porque el sueño ya se le había metido en el cuerpo.
"¡Dámela! -prepoteó a nadie el iracundo- ¡Dámela o sos boleta!", amenazó tanteando el cuchillo que llevaba en la cintura, el mismo que al otro día aparecería en la escena del crimen.
Aflojó los brazos y lo dejó caer dormido, resbalando. En el suelo le resultó fácil revisarle los bolsillos. Cuando sus dedos tocaron la llave, el Chucho Grande sonrió al pie de la columna de la luz. Imaginaba la cara de asombro de la señora viuda urgida de amor cuando se encontrara con el Chucho que no estaba esperando.

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