|
"ESTRELLA", de
Juana Díaz
Oh, pobre de mí, cuanta tristeza
siento en el alma. Un corazón se
encoge de desesperanza, al ver tanta pobreza
y tanta hambre. Desde la ventana diviso,
en esta noche callada de ruiseñores:
nada. Una oscuridad inunda mi ser, como
cuando murió mi madre o como cuando
se va el alba. Las estrellas esta noche
parecen mas altas, mas dispersas, más
relucientes y limpias pero calladas. Inmune
ante la necesidad que hay en el mundo, en
cada ser de carne y hueso que son como hojalata,
que se pisotea sin valor, arrojándola
a la basura que todos comeremos, donde iremos
a parar. Esta estrechez, esta falta de necesidad
para subsistir me pone nervioso y nado a
la deriva, sin saber donde ir ni que hacer.
Aquella estrella sin luz se aleja, como
mi pobre sentimiento de ser alguien y no
soy nada.
TEATROS, de Lecce
El estío era de romanticismo decimonónico
y hortera al uso, es decir, de lago en acuarela
y sol que calienta en relatividades porque
el amor, vapor envolvente y dulzón,
despistaba las malas sensaciones demasiado
humanas. Él la miraba cavándole
túneles al silencio y ella respondía
en una hiperritmia de la sonrisa convada
y menos comedida. Él cogió
su mano con suavidad de parodia o mimetismo
neoclásico y ella dejó escapar
unas apetencias en la comisura de los labios.
Él susurraba en sutiles parpadeos
pero ella aguantó el mutismo, lo
sostuvo unos segundos hasta que el grito
les invadiera las ficciones e intimidades:
- ¡corten!
Él soltó su mano y arrastró
una caricia comunicativa hasta las yemas
de los dedos.
- pero ¿por qué?- preguntó
indignado.
JACTANCIA, de Máximo Cerdio
Abrió el diccionario. De aquella
blancura extendida, las letras como cuervos
ascendieron hasta su cara.
Una i se le clavó en la pupila, y
el mostro entonces nomás fue un alarido.
Cuando los inquilinos lograron romper la
cerradura, no hallaron nada, sólo
silencio en el cadáver de don Manuel
Fernández Pacheco, marqués
de Villena y
duque de Escalona, mayordomo mayor de Felipe
V, ahogado en un charco de
tinta.
ALGUNAS VIUDAS SE MUEREN DE AMOR, de
Milton Fornaro
"No puedo más" se quejó
el Chucho Chico debajo de la luz de mercurio
que daba una blancura de interior de heladera
a la mugre de la avenida.
"Ahora no me podés fallar"
le recriminó el Chucho Grande levantándolo
de las solapas. "Aguantá".
Y el otro como si nada. El sostenido daba
lástima: un borrachito con las piernas
como flecos, que hacia horas había
empezado a beber para agarrar coraje y no
supo detenerse. Alguien, cualquiera, con
un mameluco de pintor, a punto de dormirse
con una llave en el bolsillo.
"Si querés te abrís,
pero dámela" dijo el Chucho
Grande apretándolo contra la columna
humedecida del farol. "¡Dale,
carajo! ¡Cagón!".
El Chucho Chico no podía responder,
porque el sueño ya se le había
metido en el cuerpo.
"¡Dámela! -prepoteó
a nadie el iracundo- ¡Dámela
o sos boleta!", amenazó tanteando
el cuchillo que llevaba en la cintura, el
mismo que al otro día aparecería
en la escena del crimen.
Aflojó los brazos y lo dejó
caer dormido, resbalando. En el suelo le
resultó fácil revisarle los
bolsillos. Cuando sus dedos tocaron la llave,
el Chucho Grande sonrió al pie de
la columna de la luz. Imaginaba la cara
de asombro de la señora viuda urgida
de amor cuando se encontrara con el Chucho
que no estaba esperando.
|