Relatos hiperbreves 6

CENTRIFUGADO, de JdeJ

Sentada en las baldosas de la cocina, con la cara pegada al tambor de la lavadora, observa fijamente la máquina, ansiosa porque empiece a centrifugar y se lleve de su ropa el olor a adulterio. Mientras los restos de culpa desaparecen del vestido, llora por no poder centrifugar también su cuerpo.
JdeJ

HISTORIA DE UN ABANDONO AL AMANECER, de Manuel DB
Palpé a mi lado y ya no estaba. Ya no estaba. No quise abrir los ojos. ¿Para qué hacerlo?, ya no estaba.


SIN TÍTULO, de Loma

Tras hacer el amor, ella se lo dijo. Después de todo, él sólo le había
preguntado si también se había acostado con Carlos, de lo otro no mencionó
nada. Fue cuando Aurelio empezó a recordar dónde había guardado la pistola.

SIN TÍTULO, de Ephesus

La inquietud de la arboleda, esa lasitud tan imperceptible que
parece impropia de todo el tejemaneje que atribuimos desde pequeños a
las plantas, se vuelve áspera -sin el candor del parque concurrido-
cuando barrunta la presencia de la desigualdad amorosa: son signos
sutiles, aunque bien los percibe en la pareja que se perfila en el
claro. Los rodrigones recién colocados apenas atinan a contener el
desasosiego de algunos frutales jóvenes. No es el ceño de él o la
insatisfacción, tan visible y limpia en ella, lo que indigna a la
comunidad vegetal. Sólo los brazos, lo único que cualquier roble o
álamo sabe reconocer, agitados con crispación, llenos de golpes,
destacan por su disonancia, incapaces de mecerse con la brisa.

EL COCODRILO O EL DEPENDIENTE, de Sharon Smith

Partía el agua en dos, un corte magistral, limpio, silencioso. Dejaba entrever sólo la cima de su espalda que brillaba como el filo de un cuchillo. Un cuchillo que se deslizaba por las aguas del pantano. Unas aguas tranquilas, demasiado tranquilas, turbias, estancadas. Sólo se oía un remoto, casi imperceptible, ruido sordo del agua que se separaba al pasar el animal. El verdor que cubría su espalda le hacía invisible en las aguas turbias de la ciénaga. En la quietud seguía su camino con precisión. El peligro llenaba el aire. Sentí escalofríos en la nuca, inmóvil. Pero no, no era miedo lo que me inmovilizaba, sino la maestría de su incisión en las aguas quietas.

- Señora, quiere usted algo más.
- Sí, por favor, cuando termine de cortar esa pieza, corte dos o tres piezas
más, perdón.

Habría calculado mal el número de visillos.

Sólo ahora oigo los pájaros, el murmullo de las hojas y el revoloteo de insectos al mí alrededor. Pero, de nuevo, vuelve a deslizarse el cocodrilo por el agua, derecho, sin desviarse lo más mínimo.

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