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CENTRIFUGADO, de
JdeJ
Sentada en las baldosas de la cocina, con
la cara pegada al tambor de la lavadora,
observa fijamente la máquina, ansiosa
porque empiece a centrifugar y se lleve
de su ropa el olor a adulterio. Mientras
los restos de culpa desaparecen del vestido,
llora por no poder centrifugar también
su cuerpo.
JdeJ
HISTORIA DE UN ABANDONO
AL AMANECER, de Manuel DB
Palpé a mi lado y ya no estaba. Ya
no estaba. No quise abrir los ojos. ¿Para
qué hacerlo?, ya no estaba.
SIN TÍTULO,
de Loma
Tras hacer el amor, ella se lo dijo. Después
de todo, él sólo le había
preguntado si también se había
acostado con Carlos, de lo otro no mencionó
nada. Fue cuando Aurelio empezó a
recordar dónde había guardado
la pistola.
SIN TÍTULO,
de Ephesus
La inquietud de la arboleda, esa lasitud
tan imperceptible que
parece impropia de todo el tejemaneje que
atribuimos desde pequeños a
las plantas, se vuelve áspera -sin
el candor del parque concurrido-
cuando barrunta la presencia de la desigualdad
amorosa: son signos
sutiles, aunque bien los percibe en la pareja
que se perfila en el
claro. Los rodrigones recién colocados
apenas atinan a contener el
desasosiego de algunos frutales jóvenes.
No es el ceño de él o la
insatisfacción, tan visible y limpia
en ella, lo que indigna a la
comunidad vegetal. Sólo los brazos,
lo único que cualquier roble o
álamo sabe reconocer, agitados con
crispación, llenos de golpes,
destacan por su disonancia, incapaces de
mecerse con la brisa.
EL COCODRILO O EL DEPENDIENTE,
de Sharon Smith
Partía el agua en dos, un corte
magistral, limpio, silencioso. Dejaba entrever
sólo la cima de su espalda que brillaba
como el filo de un cuchillo. Un cuchillo
que se deslizaba por las aguas del pantano.
Unas aguas tranquilas, demasiado tranquilas,
turbias, estancadas. Sólo se oía
un remoto, casi imperceptible, ruido sordo
del agua que se separaba al pasar el animal.
El verdor que cubría su espalda le
hacía invisible en las aguas turbias
de la ciénaga. En la quietud seguía
su camino con precisión. El peligro
llenaba el aire. Sentí escalofríos
en la nuca, inmóvil. Pero no, no
era miedo lo que me inmovilizaba, sino la
maestría de su incisión en
las aguas quietas.
- Señora, quiere usted algo más.
- Sí, por favor, cuando termine
de cortar esa pieza, corte dos o tres
piezas
más, perdón.
Habría calculado mal el número
de visillos.
Sólo ahora oigo los pájaros,
el murmullo de las hojas y el revoloteo
de insectos al mí alrededor. Pero,
de nuevo, vuelve a deslizarse el cocodrilo
por el agua, derecho, sin desviarse lo más
mínimo.
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