Relatos hiperbreves 5

ESTRÉS, de Sergio Sánchez

Con el sabor del desayuno en el paladar y el despacho de abogados en la cabeza, apenas había empezado a dejar atrás y a medio cerrar la puerta de casa cuando
se precipitó por el borde del microcuento, sin haber acabado siquiera de anudarse la corbata.


EL QUICIO, de Antonio del Valle

Un hombre cabalga hacia el establo ajeno a que cuando entre se va a golpear en la cabeza con el quicio de la puerta y va a cambiar su vida. No muy lejos de allí, una mujer, cuyo marido monta a caballo, está duchándose ajena a que va a sonar el teléfono y va a cambiar su vida. Por una calle de la ciudad circula en coche una joven, que se va a casar mañana, en dirección a la casa de la mujer que se ducha; es ajena a que minutos más tarde una mujer que sale corriendo de su portal se va a cruzar delante de su coche y va a cambiar su vida. En un café, el futuro marido de la joven que circula en coche charla con su amigo porque no quiere casarse y no sabe cómo parar esa boda; es ajeno a que va a cambiar su vida.
El hombre que cabalga hacia el establo se golpea contra el quicio de la puerta y cae, sin sentido, de su cabalgadura. En la madera del quicio de la puerta quedan unos restos de sangre del hombre que cabalgaba y de una araña que pasaba por allí.
Cuatro horas más tarde, un mozo de cuadra tuerto duerme la siesta sobre la paja sin saber que esa tarde iba a ser picado por una gran araña en su ojo bueno y hubiera acabado perdiendo la vista.


SIN TÍTULO, de Fennoquio

Aliento salino que el viento transporta en su regazo, naces con el quebrar de las olas para perecer dentro de mis sentidos, donde dejarás una eterna huella. Brisa envolvente, haces viajar al pasado las mentes más labradas, dejando a las noveles ilusionarse con el futuro. Señor feudal de los hombres que trabajan tus vastos dominios, los cuales te rinden culto sabedores de que eres su sustento y permanecen aletargados, cuando das muestras de tu poderío. A pesar de que son incontables los súbditos engullidos en tu seno, cada día son más los que se postran surcando tu relieve; tu, como por acto de benevolencia, les concedes que descubran tus tesoros, ya que disfrutas al contemplar el pavor de sus ojos al desperezarte después de una larga quietud. Rabia incontrolada, furia desatada, como una fiera herida no escondes tu grito encolerizado. Tintando el cielo de luto, pactas con tus hermanos de sangre la venganza sobre los que abusan de tu paciencia. Descargando sobre ellos tu peso de forma gradual, actúas como un padre ofendido, siempre con una vía hacia el arrepentimiento si observases indicios de ella. También, como madre, devuelves a los respetuosos a sus mundos, meciéndoles, mimándoles porque al fin y al cabo son los que interrumpen tus largos monólogos con la nada, y siempre, como niño, los esperas al alba, antes de que el primer rayo de sol descubra al reflejarse en tu alma, el amor que te embarga.

SUEÑOS, de Mila Iglesias

Era un sueño.
Sus ojos, sus manos, su cuerpo y su boca. Era mío.
Su aliento, su risa, su llanto; su llanto. Pero no lloraba, no reía y no
respiraba. Lo abracé. Despierta mi vida, despierta.
¿Qué ocurre? ¿Por qué se apagan las luces? ¡Que alguien encienda la luz!,
¡una luz!.
Necesito claridad. Necesito despertar. Mas el sueño no termina.
Este olor, me repugna, me adormece, estoy soñando. Mi niño, mi niño...
"Escape de gas en la avenida Maracaibo, pierden la vida Marina Arias
Fernández y su hijo Raúl Arias Fernández de 21 años y 7 meses
respectivamente".


COMO UN IMPACTO, de J.M. Calero

Era sábado de primavera y tibio el calor del mediodía. A veces, cuando no lo esperamos el ascensor se detiene. Él había decidido esa mañana volver a correr hasta a sentir la angustia de no poder mas , hasta notar que el sudor le devolvía su dignidad. Cuando se abrió la puerta del ascensor fue una sorpresa para ella verlo ahí delante de pie, sudoroso, con los ojos llenos de cansancio y satisfacción. Entre el garaje y la primera planta, acababa de colocarse una horquilla mirándose al espejo. Fue una sorpresa para él encontrarla en un suelo blanco de bolsas del hipermercado , con la hermosa simetría de su pelo recién recogido en el espejo. Una mujer se siente llena, completa y feliz, cuando los ojos de un hombre adoptan una determinada tensión, una concreta inclinación, una distancia precisa entre cada uno de los párpados al mirarla.
El ascensor lleno de bolsas y dentro un hombre y una mujer.
Su albornoz blanco quedó varios meses en su retina como un impacto.

+ selección aquí:
 

ClubLiteratura
ClubCine
ClubMúsica
ClubFoto

HOJAS DE OTOÑO
DANIEL SADA
JOSÉ ÁNGEL VALENTE
CLUBCULTURA
AIRLINES
VIVA MÉXICO
BORGES SIGUE VIVO