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ESTRÉS,
de Sergio Sánchez
Con el sabor del desayuno en el paladar
y el despacho de abogados en la cabeza,
apenas había empezado a dejar atrás
y a medio cerrar la puerta de casa cuando
se precipitó por el borde del microcuento,
sin haber acabado siquiera de anudarse la
corbata.
EL QUICIO, de Antonio
del Valle
Un hombre cabalga hacia el establo ajeno
a que cuando entre se va a golpear en la
cabeza con el quicio de la puerta y va a
cambiar su vida. No muy lejos de allí,
una mujer, cuyo marido monta a caballo,
está duchándose ajena a que
va a sonar el teléfono y va a cambiar
su vida. Por una calle de la ciudad circula
en coche una joven, que se va a casar mañana,
en dirección a la casa de la mujer
que se ducha; es ajena a que minutos más
tarde una mujer que sale corriendo de su
portal se va a cruzar delante de su coche
y va a cambiar su vida. En un café,
el futuro marido de la joven que circula
en coche charla con su amigo porque no quiere
casarse y no sabe cómo parar esa
boda; es ajeno a que va a cambiar su vida.
El hombre que cabalga hacia el establo se
golpea contra el quicio de la puerta y cae,
sin sentido, de su cabalgadura. En la madera
del quicio de la puerta quedan unos restos
de sangre del hombre que cabalgaba y de
una araña que pasaba por allí.
Cuatro horas más tarde, un mozo de
cuadra tuerto duerme la siesta sobre la
paja sin saber que esa tarde iba a ser picado
por una gran araña en su ojo bueno
y hubiera acabado perdiendo la vista.
SIN TÍTULO,
de Fennoquio
Aliento salino que el viento transporta
en su regazo, naces con el quebrar de las
olas para perecer dentro de mis sentidos,
donde dejarás una eterna huella.
Brisa envolvente, haces viajar al pasado
las mentes más labradas, dejando
a las noveles ilusionarse con el futuro.
Señor feudal de los hombres que trabajan
tus vastos dominios, los cuales te rinden
culto sabedores de que eres su sustento
y permanecen aletargados, cuando das muestras
de tu poderío. A pesar de que son
incontables los súbditos engullidos
en tu seno, cada día son más
los que se postran surcando tu relieve;
tu, como por acto de benevolencia, les concedes
que descubran tus tesoros, ya que disfrutas
al contemplar el pavor de sus ojos al desperezarte
después de una larga quietud. Rabia
incontrolada, furia desatada, como una fiera
herida no escondes tu grito encolerizado.
Tintando el cielo de luto, pactas con tus
hermanos de sangre la venganza sobre los
que abusan de tu paciencia. Descargando
sobre ellos tu peso de forma gradual, actúas
como un padre ofendido, siempre con una
vía hacia el arrepentimiento si observases
indicios de ella. También, como madre,
devuelves a los respetuosos a sus mundos,
meciéndoles, mimándoles porque
al fin y al cabo son los que interrumpen
tus largos monólogos con la nada,
y siempre, como niño, los esperas
al alba, antes de que el primer rayo de
sol descubra al reflejarse en tu alma, el
amor que te embarga.
SUEÑOS, de Mila
Iglesias
Era un sueño.
Sus ojos, sus manos, su cuerpo y su boca.
Era mío.
Su aliento, su risa, su llanto; su llanto.
Pero no lloraba, no reía y no
respiraba. Lo abracé. Despierta mi
vida, despierta.
¿Qué ocurre? ¿Por qué
se apagan las luces? ¡Que alguien
encienda la luz!,
¡una luz!.
Necesito claridad. Necesito despertar. Mas
el sueño no termina.
Este olor, me repugna, me adormece, estoy
soñando. Mi niño, mi niño...
"Escape de gas en la avenida Maracaibo,
pierden la vida Marina Arias
Fernández y su hijo Raúl Arias
Fernández de 21 años y 7 meses
respectivamente".
COMO UN IMPACTO, de
J.M. Calero
Era sábado de primavera y tibio
el calor del mediodía. A veces, cuando
no lo esperamos el ascensor se detiene.
Él había decidido esa mañana
volver a correr hasta a sentir la angustia
de no poder mas , hasta notar que el sudor
le devolvía su dignidad. Cuando se
abrió la puerta del ascensor fue
una sorpresa para ella verlo ahí
delante de pie, sudoroso, con los ojos llenos
de cansancio y satisfacción. Entre
el garaje y la primera planta, acababa de
colocarse una horquilla mirándose
al espejo. Fue una sorpresa para él
encontrarla en un suelo blanco de bolsas
del hipermercado , con la hermosa simetría
de su pelo recién recogido en el
espejo. Una mujer se siente llena, completa
y feliz, cuando los ojos de un hombre adoptan
una determinada tensión, una concreta
inclinación, una distancia precisa
entre cada uno de los párpados al
mirarla.
El ascensor lleno de bolsas y dentro un
hombre y una mujer.
Su albornoz blanco quedó varios meses
en su retina como un impacto.
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