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SOLEDAD, de Martín
Heredia
Con los brazos sobre las sábanas,
blancas, algodón. Cara de sueño,
sueño todavía en tu cara,
tu cara de allá, tu cara de sueño
y de estar tan lejos mientras yo despierto
pero soñando, soñando con
tu sueño de sábanas blancas
en la cama de los dos que hasta ayer era
tuya, sólo tuya y hoy es de los dos
quién sabe hasta cuando. Te miro,
te toco con la mirada, te veo con tus ojos
cerrados, con tus párpados pesados
como si nunca hubieras estado, como si siempre
hubiera estado aquí, dentro tuyo,
sobre tu cama de sábanas blancas
de algodón contigo a mi lado pero
tan lejos. Despiertas, de a poco, tan de
a poco. Despiertas y no me ves. Me ves pero
no me ves. Estoy al lado y tan lejos, en
tu cama y en otra cama, en otra casa, en
otros brazos, en otros labios que dicen
algo que no entiendo y se apoyan en mi mejilla,
siento su calor, se da vuelta, me da la
espalda, sigue durmiendo y me quedo solo.
Sin ti, sin ella, sin nada que hacer sino
seguir insomne, sino darme vuelta una y
otra vez en tu cama, en su cama, en cualquier
cama y en cualquier lugar por siempre, porque
sé que ya nunca podré dormir,
porque sé que siempre me besarás
y me darás la espalda para seguir
durmiendo en otro lado, en otros brazos.
ROJO/VERDE, de José
Mora
El rojo sobre el cobrizo atardecer de estío
en la ciudad recalentada. Nada más
verlo me sentí deslumbrada por su
sonrisa tierna y un punto de tristeza en
sus ojos tan grises y por su piel atezada
con vientos de todos los veranos. A pesar
de su aspecto un poco desastrado, cuando
rozó apenas mi brazo desnudo, sentí
como si me enamorara con aquel primer amor
generoso, traspasada de pronto de ternura
y deseo. Me habló con voz queda,
muy cerca del oído, de algo indescifrable
que, en sus labios golosos y sus dientes
blanquísimos ¾un hermoso primer
plano que incitaba a los besos¾,
sonaba a poesía impura, a oscuros
anhelos. Estábamos en rojo. ¡Cómo
lo hubiera amado, honda y entrañablemente!
Deseaba prolongar este mágico encuentro
para alborotar sus cabellos pajizos y respirar
su aliento, para recorrer con deleite toda
su orografía y descubrir extasiada
un críptico tatuaje, para anegarme
en él y dormir en sus brazos.
Una estridencia pánica me apartó
del amado. Con ágiles reflejos se
volvió a su acera, llevando con prestancia
el cubo con el agua y demás utensilios.
Salí de mala gana, no rauda sino
seducible. Estábamos en verde. Ni
siquiera llegué a percatarme de que
no le había hecho entrega -mezquina
retribución para tan gran servicio-
de esa moneda que llevo aprestada para ocasiones
tales. Hace meses que el rojo no ha vuelto
a detenerme en ese mismo punto. Misterios
insondables del tráfico urbano.
VIDA DIARIA, de Alejandro
Bonnecarrere
Abrió los ojos a las siete de la
mañana y se le escapó un llanto.
La madre lo calló con su seno y enseguida
fue a prepararle el biberón. Se levantó,
lo vistieron, aprendió a caminar
y fue hasta la cocina a desayunar con su
hermano menor. Tomó el café
con leche y fue unos minutos a jugar, primero
solo, luego con niños de su edad.
A media mañana empezó la escuela.
Le costó un poco y la terminó
justo para almorzar. Comió rápido,
pidió permiso para levantarse de
la mesa y fue corriendo al liceo.
Al rato, fumando y de la mano de su novia
fue a pedir el pase a dirección.
Cansado por no haber dormido siesta estuvo
a punto de no entrar a la universidad. A
las cuatro y media dio su examen más
difícil y salió corriendo
a la iglesia para casarse.
A las cinco, con la merienda se enteró
que iba a ser padre y se alegró mucho
al ver que había nacido bien. Se
recibió a los pocos minutos, casi
cuando conseguía trabajo y lo ascendían.
Hizo la casa grande para que vivieran bien
con sus cuatro hijos. A las siete murió
su padre y nació su segundo nieto.
Siete y cinco se peló y siete y media
lo jubilaron. Se sentó a cenar ayudado
del bastón pero terminó la
comida en la cama, ya postrado.
Murió a las diez.
OLVIDO TEMPORAL, de Xesteira
Cuando ella llegó a casa, la noche
estaba de fiesta y se había olvidado
de salir. Ella se preparó el baño
y la cena, tomó el baño y
la cena, y se acostó. Mientras cerraba
los párpados pensó: "Qué
noche tan extraña". Y se quedó
dormida.
Cuando ella oyó el sonido del despertar,
el día estaba enfadado, y el sol,
más rojo que nunca, mojaba de cólera
las carreteras. Ella se preparó para
salir, y salió. En la calle todos
estaban extrañados: Nunca habían
visto un día tan nocturno como aquél.
Cosas que pasan con la noche.
AUTOPOIESIS, de Antonio
Rodríguez
El paisaje es un cosmos negro y vacío.
Invisible, Alguien, llega y se sienta sobre
una austera silla en una amplia sala, el
piso se ilumina en un embaldosado de figuras
geométricas y alegres colores. Teclea
en una rara consola suspendida en el aire.
A su alrededor, envolviéndolo todo,
un océano oscuro salpicado aquí
y allá de puntos brillantes que quizás
sean estrellas. En el espacio enfrente de
su rostro, la negrura densa se hace ahora
pizarra y aparece escrita como con tiza
blanca, una ecuación, y=F(y). Al
tiempo, Alguien, monologa:
- Los símbolos deben de ir al
comienzo. Costarán poco porque
poco son, pero, ¿cómo hacerlos
flexibles al contexto?. Lo primero entonces,
un contexto-madre que germine en contextos-hijos
portadores de símbolos variables.
¡Uh!, no sé, me temo que
es algo rebuscado, además, observo
en las simul-creaciones que en apenas
unas breves generaciones pierden fuerza,
se extinguen finalmente.
Continúa en su silla. No se advierten
cambios, ha permanecido trabajando largo
tiempo, pero ahora su cabeza reposa sobre
la misma consola, se agita en sueños.
Despierta de súbito. Con perplejidad,
como recordando.
- ¡Soñé!..., pero
esto no es posible, yo soy la materia
de los sueños. Es extraño,
como esta tarea que me impuse... En fin,
soñé y he comprendido en
qué consiste el código que
necesito. Será el amor o el desamor,
ése es el código binario
que dará ser al cosmos. El algoritmo
extraño. La delicada e insondable
danza de la belleza y el dolor. Es cuanto
necesito. Igual sucedía en mi sueño,
pero entonces..., ¿desperté?.
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