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EL AGUA SABÍA A JABÓN,
de Rojas Martínez
Hoy he despertado en un país donde
el agua sabía a jabón, donde
los ojos se rajaban por el frío y
donde la ropa siempre resultaba molesta.
Y lo que más me ha sorprendido ha
sido que simplemente he despertado. Anoche
estuve hasta las tantas hablando en voz
alta con los pasillos de mi casa, arrancándome
una a una las canas de mi flequillo frente
al espejo del cuarto de baño y buscando
las tres últimas páginas de
La Conjura de los Necios que hace unos meses
escondí en no sé qué
esquina de mi habitación. Por aquel
entonces el agua aún me parecía
incolora, inodora e insípida, pero
de mis ojos ya empezaba a escapar algo de
salitre y mi ropa se despachaba a gusto
con olores de sueños pasados. Debí
preverlo; aunque estuviese demasiado ocupado
en arrancar sólo pelos de color blanco
de mi cabeza, debí preverlo. Las
fotografías rotas con violenta asimetría,
los vinilos rayados por abrecartas sin conciencia,
los cuadernos inundados de cursis poemas
con rimas asonantes y las perchas vacías
en el armario: todo encajaba; con las persianas
subidas el mundo se ve mejor. Dios, me han
roto el corazón y sólo ahora
me he enterado. Ni siquiera recuerdo haber
tenido nunca uno. Hasta ayer me creía
un tipo duro que nunca pagaba lo que fiaba
en las panaderías y hoy soy alguien
sin más.
GODZILLA, de María Emma Visus
Arbesu
Cuando recorras la ciudad, una de esas
noches en las que no hay nada en la tele
que te mantenga atado al sofá, párate
en una esquina cerca de un parque, junto
a una farola oxidada a la que le falta una
bombilla.
Tuerce el cuello hacía arriba y fuerza
a tus cansados ojos, esos que ya no te hacen
caso, a mirar más allá de
la noche.
Si lo haces correctamente, verás
los ojos de un monstruo gigantesco, mutado
por efectos de la radiación nuclear,
verás unas grandes pupilas, que en
su eterna tristeza dejan caer lágrimas
corrosivas que un día formarán
un mar de ácido en medio de la ciudad,
para que los más pequeños
puedan disolver sus cuerpos sin molestar
a nadie.
Si lo ves, vuélvete a tu casa a ver
la tele, no sea que te vaya a caer una lágrima
encima.
LA FUGACIDAD DE LA VIDA, de Peces Solubles
Mis cinco. Mis cinco tiros coincidieron
con las señales horarias de Radio
Nacional de España. Ella cayo desplomada
mientras teatralmente sujetaba la efímera
y amarilla flor de cactus. Titulares del
día de hoy.
SIN TÍTULO, de Frank Kubelick
La eternidad se presentó ante él
con vocación de habitarle. Al principio
receló de su figura aunque no tardó
en acostumbrarse a la fragilidad y belleza
de sus halagos. Le cautivó la negación
de la muerte y del miedo, y sucumbió
a la seguridad de sus interminables fronteras.
Se apaciguó. Y durante años
fue feliz, suavemente mecido por las olas
de su lluvia. Pero después de los
siglos, hastiado de aquella tormenta de
aburrimiento, buscó al fin la muerte
con vehemencia. El miedo y el horror se
habían ocultado más allá
del pensamiento, abandonándole en
el pasadizo incierto de la no existencia.
DIÁLOGO DEL CABALLERO Y LA MUERTE,
de Miguel Ibáñez de
la Cuesta
- ¿Quién eres? -preguntó
el Caballero.
- Soy la Muerte. ¿Acaso no me esperabas?
- Sí, bueno, claro que te esperaba.
Pero no hoy.
- Mira por dónde, cuando los fui
a visitar, tus enemigos decían lo
mismo. Y eso no te impidió manejar
mi guadaña como si fuera tuya.
- Eso no es cierto. Yo maté a mis
enemigos con mis propias armas.
- Todas las armas son un reflejo de la mía.
Todas las muertes son un reflejo de la Muerte.
- Eso que dices, no lo acabo de entender.
"Si hay algo que me fastidia, son los
nominalistas", masculló la Muerte
mientras segaba con su guadaña la
cabeza del Caballero.
PALABRAS POR ANUNCIOS, de Margarita
López Pérez
Anuncio 1
Vendo ático soleado por no poder
atender. Ideal para volar en las noches
de luna llena.
Anuncio 2
Me gustaría conocer mujer de mediana
edad, ojos azules, pechos prominentes, que
sepa cocinar, fregar, planchar y dar besos
de buenas noches. Prometo portarme bien
y sacar buenas notas en el cole.
BREAKFAST WITH ACEVEDO, de Óscar
García López
Retoza Acevedo. Ernesto Acevedo en el limbo
de los minutos alargados del desayuno. Coffee
and milk without me.
Esta atascado en esos momentos de irrealidad
entre el calor de las sabanas recién
abandonadas y el frío de la mañana
emergente.
Piensa Acevedo, con la mirada extraviada
en los azulejos color tiempo, en las cosas
que probablemente no hará hoy y en
lo poco que le importa el dejar de hacerlas.
Moja Acevedo su magdalena proustiana y valenciana
en los restos de la taza y se imagina vivir
colgado en un anuncio de compresas. Ah!!
la felicidad es un fondo musical en tres
acordes de tonos ocres.
Acuérdate Acevedo, de lo solo que
estas o estuviste, y tomate de nuevo el
pulso para certificar que aun estas vivo
o que una vez viviste.
Mójate la cara de una vez y destierra
todo resto de inconformismo matutino. Se
hace tarde.
Y Ernesto Acevedo agarra con decisión
su portafolio de piel de tiburón,
parándose ante la imagen reflejada
en el espejo del recibidor para confirmar
su aparente presencia y, en un esfuerzo
admirable, ajustarse la corbata un poco
más si cabe.
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