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El teatro de la mirada

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Página oficial de Juan Villoro

Ver y no ver (1)

                               

Juan Villororo

Los espejos retrovisores llegaron para mostrar lo importante que sería tener ojos en la nuca. El fantástico gol que el Chicharito Hernández acaba de anotar con el Manchester United se basa en dos prodigios: el delantero remató con la coronilla y lo hizo de manera intencional. No fue una chiripa, sino la comprobación de un axioma místico: el que ve sin ojos, ve mejor.

Javier Hernández ya tenía todos los requisitos para ser el gran ídolo de la afición mexicana. Ahora ha realizado una jugada única, acaso irrepetible: el gol ciego. La proeza adquiere especial valor simbólico en un tiempo de mirones: no vio cuando todos lo veían.

La omnipresencia de las cámaras nos ha acostumbrado a que algo sólo sucede si es visto. Una boda sin imágenes es un matrimonio secreto. No es casual que en esta selva de ojos abunden los tatuajes en la espalda, destinados a la mirada ajena.

La tendencia a dejar constancia visual de lo que hacemos ha llevado a la proliferación de videos porno amateurs. ¿Se trata de exhibicionismo, erotismo espectral o de una crasa búsqueda de identidad? La gente existe porque se retrata; a tal grado que a veces olvida que tiene una cámara enfrente (lo raro en tiempos de reality show es no tenerla). El voyeurismo, que presupone una conducta de espionaje, es ya un oficio arcaico.

Antes, para verte la nuca tenías que ir a la peluquería, donde los espejos contrapuestos proyectaban tu imagen sin fin. Los famosos ya disponían del privilegio de verse de espaldas en una pantalla, pero el común de los mortales necesitaba una tortícolis o un lumbago para recordar sus partes traseras.

El siglo XXI se desarrolla como un safari de imágenes. En cualquier museo podemos ver la Obra Maestra retratada por un teléfono celular. Lo singular no es que busque atrapar la realidad, sino que sólo la contemple a través de un aparato: el visitante no despega los ojos de la cámara; el museo no está “ahí”, sino en su pantalla.
A continuación, ocurre un conflicto generacional. El padre dice: “Deja de fotografiar: ¡usa tus ojos!”. Su hija adolescente le hace caso, pero sólo porque acaba de recibir un twit.

El harén de Estambul era vigilado por eunucos que contemplaban lo ocurrido en un espejo. No custodiaban cuerpos sino reflejos. Privados de toda participación, veían de manera diferida sombras, siluetas, figuras en el aire. No eran muy distintos a quienes se adentran en un museo como coleccionistas digitales. ¿Llegará el momento en que ir a un sitio sea lo mismo que recorrerlo en Internet?