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El teatro de la mirada

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Página oficial de Juan Villoro

"Revolución, estate quieta, ya te van a retratar" (1)

La Revolución Mexicana fue una epopeya tenazmente retratada. Dos inventos definitorios del siglo XX, el cine y la fotografía, transformaron la contienda en una épica de la mirada.
De acuerdo con Pete Hamil, la primera fotografía con impresión de medio tono apareció en el New York Tribune en 1897. El procedimiento, esencial para la reproducción periodística de las imágenes, haría que la Revolución fuera vista con avidez. Las fotos desplazaron en la prensa a las caricaturas y los grabados. En la feria de las balas, también se disputó por las imágenes que fijaban la memoria y perfeccionaban la mitología de los caudillos.

Los periódicos, casi siempre adictos al régimen, seleccionaron estampas para desprestigiar a los rebeldes. Ante la imagen de un prisionero zapatista, descalzo y de torvo aspecto, el editor de La Ilustración Semanal podía frotarse las manos y gritar como el Guasón en la película Batman: “¡Detengan la rotativa!”. Había dado con una estupenda foto para construir la leyenda bárbara del “Atila del Sur”.

El desplazamiento de los ejércitos fue seguido por fotógrafos de hombro heroico, que cargaban cámaras tan pesadas como ametralladoras. La voracidad de retratar no sólo afectó la visión colectiva de la guerra, sino la forma en que fue percibida por los participantes.

En Imágenes de la patria, Enrique Florescano comenta que durante la Revolución “las fotografías pasaron a ser parte del ceremonial memorioso del pueblo: retablos caseros, reliquias personales conservadas con celo, imágenes sagradas que obraban el milagro de revivir acontecimientos y personajes admirados”. Tener una foto era un proceso de introspección. Millones de mexicanos participaron en los acontecimientos sin consciencia de ser retratados. En la era de los edificios rigurosamente vigilados por circuitos de video (ese Gran Hermano policial), lo que llama la atención es no ser visto. El siglo XXI comenzó en estado de exhibicionismo digital: algo existe si se retrata con el celular y numerosas parejas consideran que sólo tienen relaciones sexuales si se graban en video y colocan el resultado en YouTube. En el voyeurismo contemporáneo, cuesta trabajo imaginar una época ajena al ojo omnipresente de las cámaras.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la gente se retrataba en estudios y dependía de la pose. Cuando el fotógrafo se sumergía bajo la esotérica tela negra unida a la cámara, el sujeto retratado ponía cara de foto. El 21 de julio de 1919, el escritor peruano Gastón Roger reflexionó en su columna de La Prensa acerca de la costumbre de “adoptar una postura [ante el fotógrafo] y no pestañear unos segundos”; la foto era un incierta cédula de identidad, representaba “una extensión personal tan consciente como imprecisa”.

La gestualidad de quien se retrataba en estudio, con ropas especiales y acalambrada quietud de estatua, era del todo distinta a los rostros captados en la improvisada intemperie. En un momento en que se consideraba necesario peinarse los bigotes para comparecer ante una cámara, las imágenes repentinas equivalían a un psicoanálisis exprés.

Richard Avedon comentó que el retrato “es una foto de alguien que sabe que está siendo fotografiado; lo que él hace con ese conocimiento pertenece a la fotografía, tanto como su apariencia o la ropa que lleva puesta”. El modelo dialoga y en cierta forma disputa con el lente. Lo que hoy damos por obvio es una destreza histórica, sólo adquirible en una época donde nada es tan normal como ser fotografiado.
Los retratistas de la Revolución captaron a sujetos desprevenidos, que actuaban con la cruda franqueza de quien ignora que es visto por la eternidad. No hay adiestramiento ante la mirada externa o el lente implícito de una cámara.

168 millones de watts
En 1910 las fiestas del Centenario de la Independencia fueron ante todo un júbilo de las luces. De acuerdo con Alfonso Morales, en los convites no hubo personaje más notorio que el relámpago. La pirotecnia (buena parte de ella traída de Francia) iluminó las noches, la Comisión Nacional de los festejos repartió faroles por doquier y los poetas alabaron los simbólicos alumbramientos de la patria. En el Hemiciclo a Juárez, Luis G. Urbina recitó:
…fue tu brillo, en lo profundo
de la terrible noche de la raza
hundida en un sopor meditabundo,
perenne antorcha que el pavor rechaza;
final insomne que a los vientos reta;
astro que resplandece y amenaza.