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El teatro de la mirada

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Página oficial de Juan Villoro

Vocación de incendio (1)
Viaje a Orozco

Los tres grandes son dos: Orozco
Luis Cardoza y Aragón                                                               

                               

Para quienes nacimos en los años cincuenta y comenzamos a entender el mundo en los sesenta, el muralismo no fue un fenómeno vivo sino una retórica oficialista. Numerosos edificios habían sido decorados con mazorcas gigantes que aludían al origen del hombre según la cosmogonía prehispánica, conquistadores sanguinarios, incomprobables logros de la modernidad y el hit-parade de héroes de la Revolución.
En hospitales, universidades y oficinas de gobierno se reiteraba un discurso que pretendía ser unitario y buscaba reconciliar los distintos tiempos mexicanos, desde la convulsa edad en que la noche luchó contra el día y un jaguar amaneció con manchas por haber devorado al sol, hasta el esplendor hidráulico de las presas y los puentes que construía un Estado conciente de sus obligaciones.
Aunque en mi infancia no estaba en condiciones de distinguir el arte de la propaganda, asocié el muralismo con la iconografía gubernamental, un despliegue similar a los timbres de correos, el diseño de los billetes o la portada del Libro de Texto Gratuito, donde la Patria pintada por Jorge González Camarena miraba a los alumnos con la severidad de una madre desconfiada y viril.
La única expresión muralista que me cautivó entonces fueron los mapas temáticos de Miguel Covarrubias. Con juguetona imaginación, el pintor reducía el país a sus animales, sus plantas o sus artesanías. No era difícil imaginar un Mapa de mapas, el cambiante holograma de un hiperpaís donde un sitio fuera representado de manera sucesiva por una pirámide, un tlacuache y una papaya.
Covarrubias pintaba una nación más modesta que los ampulosos resúmenes históricos de Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, pero la idea que transmitía era más entrañable, una patria doméstica y risueña, similar a la de Ramón López Velarde, donde “el tren va por la vía como aguinaldo de juguetería”.
Años después, cuando supe que los murales avalaban el proyecto histórico de la Revolución, su contenido me pareció aún más hueco. Quienes despertamos a la cultura en los años setenta, vimos la gesta revolucionaria como algo osificado, el pretexto de sangre que había llevado al PRI al poder. Las expresiones urbanísticas de ese modo de dominación no eran muy encomiables. El monolito que contenía la mano de Álvaro Obregón se alzaba como un símbolo del horror, un sarcófago destinado a conservar el miembro amputado de un general. El Monumento a la Revolución parecía una gasolinera en desuso o un mausoleo a la nada. Por si quedaran dudas de que la historia se había detenido para siempre, la ciudad de México contaba con un Museo de la Revolución donde un tedioso guión trataba de demostrar que los caudillos que lucharon para matarse entre sí eran, a su peculiar manera, los héroes de la patria.
El fracaso de la Revolución mexicana fue acompañado por una horrenda estatuaria que pasó de las figuras ecuestres a los licenciados de bronce. Toda rebelión postula una aurora, un despertar donde se cumple la profecía fundacional; una vez en el poder, declara el fin de los tiempos: el futuro llegó para quedarse y repetirse. La Revolución soviética desembocó en una arquitectura faraónica y el delirio mesiánico del nacionalsocialismo concibió Germania, una urbe con amplias avenidas para que las masas desfilaran hacia su Líder. La primera revolución popular del siglo XX, la mexicana, no reorganizó el espacio con tan minucioso exceso; encontró una forma más suave y acaso más resistente de perpetuarse: institucionalizó la ruptura.
El impulso radical de Villa y Zapata desembocó en la dominación burocrática procurada por Carranza. La Revolución dejó de ser una violencia regeneradora para transformarse en la ideología que respaldó a gobernantes con proyectos contradictorios, que pasaron del nacionalismo a la economía de empresa y al esotérico liberalismo social. Siguiendo la lógica de la intriga, el madruguete y la ocasión propicia, los políticos priístas sustituyeron las armas por los trámites. En su novela La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán retrata el paso de la lucha armada a la conspiración en las oficinas. Tanto en el campo de batalla como en la política postrevolucionaria, los caudillos actuaron en nombre del pueblo para obtener beneficios personales. En Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoita muestra a una caterva de pícaros que entran en la lucha social sin otro afán que satisfacer apetitos privados.
De 1929 a 2000, los gobiernos emanados de la Revolución fueron el simulacro que permitió la rotación de bandos y camarillas dentro del Partido Oficial, la gran bolsa de trabajo y tráfico de influencias que encumbró y derrumbó a los miembros de la Gran Familia Revolucionaria.