Manzana digital
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Steve Jobs nació en San Francisco, en 1955, y creció al compás de Grateful Dead. Educado en la psicodelia, entendió la cultura digital como una forma de expandir la conciencia y hacer dinero con extraordinario buen gusto. Dandy cibernético, concibió Apple al modo de un espejo, una elegante superficie para viajar al interior de ti mismo.
Su camino sería heterodoxo o no sería. En 1976 abandonó la universidad para dedicarse a la tecnología de garage en compañía de Steve Wozniak. Jobs aportaba el talento organizativo y Wozniak los inventos. Si la asociación hubiera ocurrido en un observatorio de 1600, Jobs habría sido el pragmático, excéntrico, seductor y poderoso Tycho Brahe y Wozniak hubiera sido Kepler, insuperable intérprete del cosmos. Su asociación muestra que en los procesos tecnológicos crear un sistema de trabajo es más importante que tener una idea genial. Wozniak diseñaba prótesis, pero Jobs convencía a los cuerpos de que debían usarlas.
En una llanura de horticultores, plantaron una manzana mecánica. Silicon Valley sería su tierra prometida.
Como Moisés, Jobs fue abandonado por sus padres biológicos. Su prolífica trayectoria se alimentó de un combustible peculiar, el inmoderado afán de controlar su destino. Odiaba las soluciones de compromiso y rara vez aceptaba sugerencias. Abundan las anécdotas sobre el insultante desdén con que criticaba a sus colaboradores. En sus equipos de trabajo, la creatividad ajena contribuyó a su mesianismo. El resultado de esa extraña alianza fue una avasallante cauda de artilugios: Mac II, iPhone, iTunes, Pixar, iPad. La computación, el cine de dibujos animados, la telefonía y la música cambiaron para siempre.
Para reforzar el marketing, el mesías digital reclutó a John Scully, presidente de Pepsi, con esta pregunta: “¿Quieres seguir vendiendo agua azucarada o quieres cambiar el mundo?”
Cuando sus caprichos dejaron de ser rentables, fue expulsado de su propia empresa. Durante 11 años hizo su travesía del desierto. Uno de sus más brillantes fracasos fue Next, computadora destinada a las universidades que no encontró mercado. Gracias al declive de Apple y a las sorpresivas ganancias que obtuvo con Toy Story , pudo regresar a su primera compañía. Amante de los símbolos, aceptó un sueldo de un dólar y varios millones en acciones.

