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El teatro de la mirada

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Página oficial de Juan Villoro

La investigación del tiempo (1)

                               

El león y el búho

Juan Villororo

Las primeras obras que vi de Manuel Felguérez estaban en mi casa y pertenecían a su faceta de artesano. Eran dos animales de hojalata: un león con afilada melena de tiras de latón y un búho de insomnes ojos de tuercas. Habían llegado ahí como algo más que un adorno y algo menos que un juguete: mascotas inanimadas. Resultaban más entrañables que los fantasiosos ceniceros que decoraban la casa, pero no se podía jugar con ellos (pesaban demasiado, raspaban mucho).
El búho (talismán de la filosofía y animal favorito de mi padre) fue a dar al cuarto de mi hermana y el león se quedó en el mío. Su cuerpo era gris acerado y tenía doradas marcas de soldadura. Cuando la luz de la luna entraba al cuarto, la melena de mi león brillaba. Me gustaba imaginar entonces al búho en el cuarto de mi hermana, dispuesto a volar a la alacena de las galletas, como hacen los búhos domésticos cuando nadie los ve.

Juan Villororo

Era incómodo que el león metálico participara en refriegas con los demás juguetes, de modo que comencé a inventarle historias. No estaba ahí para morder o rugir, sino para ser imaginado.
Años después, al ver al león dormido a los pies de San Jerónimo en la iconografía cristiana, recordé mi primer león. La imagen del sabio que traduce la Biblia al latín mientras el fiero animal descansa, alude a la supremacía del pensamiento ante la fuerza salvaje. Aun-que todo león es un especialista en dormir, ése ronca muy cerca del erudito, arrullado por el susurro de la pluma, sugiriendo que la concentración mental y la fe lo doman todo.
El león de Felguérez producía el efecto contrario. No se trataba de un ser vivo amaestrado por mi mente, sino de un ensamblaje de láminas que inquietaba la repisa. Era difícil verlo sin atribuirle alguna historia: pedía ser completado. No dormía; velaba para ser soñado.
Entre los muchos modos de acercarse a la obra de un artista que bautizó uno de sus proyectos esenciales como El espacio múltiple, elijo al niño que fabula ante un león de hojalata.
La erizada melena y los bigotes de alambre de la mascota inicial no aparecen en las piezas abstractas de Felguérez, pero la aventura que comenzó para mí con los ojos cerrados —imaginando un África de onírica ferretería, donde las gacelas tenían cuernos de tornillo—, prosigue con los ojos abiertos: cada cuadro es una entrada al sueño.
En los mapas antiguos, el límite del mundo conocido se demarcaba con la leyenda “Hic sunt leones” (aquí hay leones). La obra de Manuel Felguérez se ocupa de las regiones sin cartografía a las que sólo se accede por vía de la abstracción. No es casual que mi viaje a ese territorio haya comenzado con un león.

Todas las imágenes de las obras seleccionadas han sido extraídas del libro 'Manuel Felguérez', publicado por la editorial RM en colaboración con INBA.