Logo Clubcultura
   Actualidad/Recomendaciones    Nuestras páginas oficiales    Blogs de Autor    Cultura Fnac

El teatro de la mirada

Ir a home

Página oficial de Juan Villoro

Aire iluminado (1)

                               

Juan Villororo

Al comienzo de la exposición que actualmente exhibe en el Centro Georges Pompidou de París, Lucian Freud informa que no hay dos rostros iguales. Cada persona irradia un resplandor único; compararla con otra equivale a comparar una vela con una lámpara. Para entender un cuerpo, hay que tomar en cuenta la atmósfera que lo rodea, el aura que lo inserta en el espacio: el significado del aire. Si la música y la literatura se apoyan en el silencio, la pintura se apoya en lo invisible.

La crítica no ha dejado de vincular a Freud con su eminente abuelo. ¿En qué medida su descarnada exhibición del cuerpo amerita terapia? El primer requisito para apreciar esta pintura consiste en ignorar que el artista desciende del inventor del psicoanálisis.

Otro fantasma que acompaña al célebre pintor figurativo es Francis Bacon, de quien fue amigo y con quien luego desarrolló una rivalidad tan intensa que semejaba una prolongación crítica del afecto. Tampoco en este caso conviene pedir cita a Dr. Sigmund. Ambos pintores se explican sin su sombra recíproca. Bacon se apropia del cuerpo en forma carnicera, torturada, para lograr, como en el poema de Yates, una “belleza terrible”. Freud no violenta a sus modelos y se niega a juzgarlos. Dueño de una rara objetividad, despliega una “historia natural”, investiga los pigmentos, las texturas, los tonos confusos que a la distancia discernimos como un cuerpo humano. Su obra es el reverso de la industria de la mirada y sus top-models inorgánicos.

Los cuadros de Freud se concentran en la figura humana. Nada más apropiado, entonces, que recorrer su exposición sin perder de vista a los demás espectadores.

En la segunda o tercera sala, me llamaron la atención dos mujeres. Una de ellas gesticulaba con un énfasis que me pareció excesivo. Se acercaba al lienzo con atrevida suficiencia, sin temor de que sonara la alarma. Su compañera la escuchaba con resignado interés. Pensé que estaba ante la Espectadora Protagónica. En todas las manifestaciones del arte hay alguien deseoso de formar parte del espectáculo, revelar que sabe “algo más”, destacar su insólita presencia.

La lectura suele ser una dicha solitaria; sin embargo, el exhibicionista de café despliega sobre su mesa manuscritos en atractivo desorden, coloca una pipa a modo de pisapapeles, abre un tomo contundente (de preferencia en lengua extranjera) y se dispone a ser admirado mientras lee (o finge hacerlo). En los teatros no falta el experto que ríe con estruendo, rigurosamente a destiempo, demostrándole a los legos que se les escapa una ironía esencial. En los conciertos de música atonal, el especialista se siente autorizado a callar con violencia a la ancianita que trata de quitarle el celofán a un caramelo. En las exposiciones, ciertos conocedores hacen dramáticas pantomimas para mostrar lo mucho que pueden interpretar un óleo.