La elegancia de estar triste (1)
“¿Estás de malas o sólo eres francés?”. Esta pregunta tiene peculiar sentido. Como todos los años, la agencia Gallup valoró los índices de optimismo y pesimismo en el planeta. Noblesse oblige, los más tristes de la Tierra fueron los franceses, seguidos por los islandeses, los rumanos, los serbios y los británicos.
Una vez más, la alegría estuvo del lado de países pobres con ilusiones de mejorar. La nación más feliz es Nigeria, seguida de Vietnam, Ghana, China y Brasil.
España quedó entre las diez naciones más deprimidas. Los triunfos deportivos no han bastado para mejorar el ánimo, no sólo por la decepción de que algunas medallas de oro se debieran al dopaje, sino porque ser forofo no es un empleo remunerado.
Que los franceses dominen la tristeza invita a reflexionar sobre el humor del país de los 400 quesos y sobre la noción misma de “felicidad”.
París es, quizá, la capital más bella del mundo, pero sus habitantes la recorren como si no lo supieran. ¿Ignoran la supremacía de esos puentes y la cuidada geometría de los edificios? Por supuesto que no. Simplemente desprecian la dicha fácil. Uno de los grandes misterios de la cultura es que otorga valor a la inconformidad y al pesimismo. Repasemos algunos de los títulos más populares de la literatura francesa del siglo XX: La nausea, La peste, Buenos días, tristeza, El inmoralista, Viaje al fondo de la noche, Pompas fúnebres. Sin llegar a la contundencia de Victor Hugo, que resumió su época con un lema sin consuelo (Los miserables), los novelistas franceses del siglo pasado demostraron que lo interesante es duro. En manos de un francés, hasta los títulos neutros parecen tremendos: cuando Malraux escribe La condición humana, Camus El extranjero o Houellebecq La posibilidad de una isla, sospechamos que no hay alivio en ser humano, forastero o isleño.
La “nueva ola” del cine francés perfeccionó los personajes maravillosamente tristes. Mientras Alain Delon fumaba un cigarro oscuro, sus ojos melancólicos anunciaban que en la última toma sería acribillado con injusta elegancia.
El cine francés le debe mucho a los suéteres de cuello de tortuga, la iluminación sombría y los coches Citröen que permitían tomas a la altura de las rodillas de los peatones. Pero sobre todo, le debe su fortuna a la demostración de que las reacciones emocionales son arbitrarias y casi nunca agradables. El cine francés refinó al máximo la belleza neurótica: para tener chiste, las guapas también deben tener problemas.
Desde Las relaciones peligrosas, de Chardelos de Laclos, sabemos que, cuando el amor se enreda, requiere de denominaciones francesas como femme fatale, ménage à trois o voyeur.

