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Página oficial de Juan Villoro

Juan Villoro · Mapas

Barcelona como imagen (1)

Las ciudades extranjeras son sitios de comparación. Para quien creció en el expansivo caos de México D. F., Barcelona representa una aventura del orden. Enrique Vila-Matas ha escrito que la crispada vida de la Ciudad Condal recuerda al temperamento de Madame Bovary. En tal caso, la apocalíptica intensidad del Distrito Federal debe ser comparada con Janis Joplin. El nerviosismo barcelonés parece controlado por ansiolíticos de diseño.

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino evoca remotas urbes amadas. Barcelona llegó a mis oídos de esa forma, como un escenario perdido. Mi padre nació ahí y tuvo que abandonarla en 1932, a los diez años. La dilatada noche del franquismo le impidió volver.

Mi primera estancia larga en Barcelona comenzó el Día de Reyes de 1976 y duró cerca de un mes. Me hospedé en el Hostal Viena, del Barrio Chino, porque ahí había vivido Henry Miller. Como en los cines proyectaban películas dobladas, mi segundo albergue fue la Filmoteca, que parecía una cripta de conspiradores. Los edificios modernistas eran imponentes testigos de una prosperidad anterior y aguardaban el momento de que alguien se acordara de limpiarlos. Aunque el franquismo había producido horrendas moles cuadradas, el paisaje urbano se mezclaba en tranquila armonía, como las palmeras que convivían en los parques con árboles del frío.

El sol bañaba las piedras del barrio gótico pero las habitaciones se entregaban al plácido refugio de las sombras. Hice trámites en oficinas iluminadas con timidez por un patio de luz; las porterías parecían cuadros de Hopper: un cubil oscuro donde un foco amarillento iluminaba la rústica mano de un guardián.

Juan Villororo · Mapas

Para llegar a mi hostal recorría calles olorosas a orines y sorteaba a los marineros que dormían su borrachera. A los 19 años ese escenario me parecía perfecto; aún mejor era la tensión que animaba la ciudad. Un viento radical recorría las piedras clásicas de Santa María del Mar, los portales de la Plaza Real, la amplia simetría de las Ramblas, las librerías donde todos los libros parecían tratar de la contracultura. En los cafés se hablaba de eurocumunismo, antipsiquiatría, drogas alternativas, futbol total, nueva canción catalana, cine de autor, antinovela y travestismo con un fervor que anunciaba, no sólo que los cambios eran posibles, sino que ocurrirían entre las aceras de mar y de montaña. En cualquier portal surgía una mesa con libros marginales, mermeladas naturistas, serigrafías de Tàpies, velas aromáticas. Un tejido mediterráneo donde los talleres y plazas proponían una sensata artesanía del cambio.
En 1992 me instalé por unos meses en un departamento amueblado y conocí la Barcelona olímpica. La ciudad se abrió al mar y ordenó su circulación, pero sobre todo logró representarse a sí misma como sede de una elegante modernidad.

Ciudades como Venecia o Samarcanda disponen de una mitología superior a su escenario. Barcelona ha logrado ser una metáfora globalizada. Tal vez Woody Allen inauguró la tendencia de los personajes cinematográficos que quieren ir a Barcelona, esa verosímil locación de escape, tan comentada en las revistas de los aviones.

Me sorprende la cantidad de barceloneses hablan como alcaldes de la ciudad, satisfechos de su entorno. La imagen predominante es la de una urbe dominada por el buen gusto, la eficacia, la tolerancia y la luz mediterránea. Sin perder estos atributos, el escenario cambió en los últimos años: la tarjeta postal recibió retoques de photoshop para presentarse como plataforma de servicios.