Peligro: alguien escribe (1)
“No odies a los medios: conviértete en el medio”, propone Jello Biafra, ex cantante del grupo Dead Kennedys y líder del Partido Verde de Estados Unidos. La frase alude a quienes no son nativos de la tribu digital e ignoran si podrán adaptarse a ella.
El mensaje de Biafra es compartido por David Weinberger, guru de Harvard que ha estudiado las consecuencias morales del ciberespacio. Entre otras cosas, la informática ha traído un nuevo criterio de objetividad. En la Era del Papel las aseveraciones dependían de la autoridad del autor y del medio donde publicaba; equivalían a las señales de alto en el tráfico, límites imposibles de traspasar. En la Era de los Links, la objetividad se basa en la transparencia, es decir, en establecer conexiones para verificar un dato o un juicio. Una objetividad sin transparencia no es otra cosa que arrogancia. Lo que antes requería de erudición y de una inmensa biblioteca ahora toma unos segundos: “La objetividad es un mecanismo para confiar cuando tu medio no puede hacer links”, concluye Weinberger.
¿Qué tan preparados estamos para dar el salto a un vertiginoso un mundo sin límites? La tecnología del siglo XXI avanza a tal velocidad que nos permite ser arqueólogos de nosotros mismos. Los cacharos que una vez usamos revelan arcaicas formas de comportamiento que extrañamente fueron nuestras.
Me detengo en la cinta para la máquina de escribir. Lo habitual era comprar un carrete bicolor: la parte superior escribía en negro y la parte inferior en rojo. Algún genio impetuoso decidió que la escritura mejoraba si los subrayados se imprimían en el color de la emergencia.
Aunque había carretes enteramente negros, se usaban menos. “Las cintas negras son para el karate”, me dijo un redactor de una agencia de noticias.
La parte moral de este recuerdo es la siguiente: cuando compré una cinta que sólo era negra, el resultado fue la parálisis ante la Olivetti. Sin la franja roja, el carrete parecía ilegal. Entendí entonces la secreta utilidad de la parte roja: recordar que abajo hay peligros. No era un recurso tipográfico sino psicológico; indicaba la zona del riesgo, la herida abierta. Y esa presencia reconfortaba. El peligro aterra, pero las señas de peligro tranquilizan.

