Leer para vivir (1)
La lectura es como el paracaidismo: en condiciones normales la practican algunos espíritus arriesgados, pero en caso de emergencia le salva la vida a cualquiera.
El Segundo Encuentro Nacional de la Voz y la Palabra se presta para reflexionar en la lectura, la forma silenciosa y profunda en que una voz se comunica con otra. A pesar de los muchos estímulos culturales de que disponemos, la palabra mantiene una fuerza inquebrantable.
Hace unos meses, Óscar Tulio Lizcano, víctima de la guerrilla colombiana, rindió un inaudito testimonio de la forma en que los libros preservaron su dignidad. En la clínica de Cali donde se recuperaba de ocho años de privaciones como rehén de las FARC, habló de la selva donde perdió veinte kilos pero no la lucidez. De los 50 a los 58 años vivió agobiado por las enfermedades, la desnutrición, las humillaciones de perder todo sentido de la privacidad. Para conservar la cordura, clavó tres palos en la tierra y decidió que fueran sus alumnos. Lizcano les enseñó política, economía y literatura. Como tantos maestros, se salvó a sí mismo con la prédica que lanzaba a sus perplejos discípulos. Un comandante vio el aula donde los palos tomaban lecciones y decidió pasarle libros. Lizcano leyó a Homero y seguramente admiró la desmesura de Héctor, dispuesto a desafiar al favorito de los dioses. “La poesía me alimentó”, dijo el hombre cuya dieta material era tan ruin que se veía mejorada por un trozo de mono o de oso hormiguero.
En las cárceles, las dictaduras, el exilio y los hospitales otros lectores han encontrado un consuelo semejante. Aunque el fin de los libros se anuncia con frecuencia, los desastres del mundo refrendan su importancia. “Soy un optimista de la catástrofe”, ha dicho George Steiner a propósito de la vigencia de la letra. Cuando el viento sopla a favor, la gente come espagueti o duerme la siesta. En los momentos de prueba y las horas bajas, busca el auxilio de un libro.
En Los náufragos de San Blas Adriana Malvido relata la odisea de tres pescadores mexicanos que se extraviaron en el Pacífico durante 289 días. La sed, el hambre, el sol y los tiburones eran sus más evidentes enemigos. Tuvieron que sortear esos peligros, pero también el tedio, la convivencia forzada, las ideas que podían llevarlos a la demencia. ¿Cómo sobreponerse a esos días inertes e idénticos a sí mismos? Uno de los pescadores, Salvador Ordóñez, llevaba una Biblia a la que atribuye su supervivencia: “Esta Biblia me dio confianza en el mar. Me salvó”, dijo a Malvido.
Otro de los tripulantes, Lucio Rendón, no era afecto a la lectura, pero enfermó y pidió que le leyeran. Cuando los náufragos fueron rescatados, acababan de repasar el Apocalipsis de San Juan.

