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Página oficial de Juan Villoro

El espejo africano (1)

                               

Hace unos meses vi una película china que comienza con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros envían mensajes SMS y otros se leen la mano. Dos sistemas de comunicación coinciden en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.

¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad, y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a Internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un "autor de chat". Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran su  escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclan en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple, una fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.

El escritor habló de las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Como Internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me vio como si yo fuera un alienígena y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino de Chad! La oralidad a la que se refería no era resultado de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición.

Me parece que, pese a todo, mi disparatada interpretación no estuvo tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad digital permite un regreso a formas ancestrales de comunicación gregaria.

Quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con aparatos que desafían el entendimiento. Formados en culturas lentas -los tiempos en que había que esperar un año para que instalaran un teléfono-, tenemos ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.

¿Cómo lidiar con el asombro de lo nuevo? Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. A veces alguien le pone un apodo a su ordenador o se refiere a él como a una mascota. El episodio más curioso que presencié al respecto ocurrió durante un congreso de  escritores donde un novelista se resistía a apartarse de su lap-top. La llevaba al desayuno y a todas las sesiones. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más significativo. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto y dijo con desarmante sinceridad: "Hace año y medio me separé de mi mujer; ahora el ordenador es mi pareja". La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo, me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.