Funerales preventivos (1)
El Presidente de la República, interesado en inaugurar la modernidad a cada día, se chupó el índice y lo alzó para ver por dónde soplaba el viento. Como estaba en un cuarto cerrado, sólo percibió la leve brisa que producía la aspiradora de la sirvienta.
Hacía mucho que no contemplaba ese trabajo doméstico. Le pareció fascinante que su destino de hombre público incluyera ese momento banal.
La aspiradora alisaba las huellas de eminentes zapatos en la alfombra. El Presidente abrió la ventana para saber hacia dónde soplaba el viento y respiró un aire dulce que en un principio no le llamó la atención. Pensó en las partículas de mugre que iban a dar al vientre de la aspiradora, símbolo del acabamiento, anuncio del fin de su sexenio, el Tiempo de los tiempos. ¿Honrarían su pasado como lo merecía?
El aspecto más terrible de la política era que tenía punto final. El retiro: ese incómodo más allá. ¿Soportaría ser testigo del paulatino deterioro de su reputación? Su sucesor encontraría en él los pretextos necesarios para exculpar su propia incompetencia, del mismo modo en que él responsabilizó a su antecesor de la deforestación de los bosques, la caída de la bolsa y la muerte de los delfines.
Cerca de la residencia presidencial había una fábrica de galletas. El mandatario respiró un olor rico en harinas. El polvo que recogía la aspiradora se mezclaba con tenues levaduras. La posibilidad de que la bolsa de fieltro recogiera dulces desperdicios lo puso aún más melancólico. Las energías de seis años de gestión terminarían de la misma manera, en lo ya sucedido, el saco del tiempo que todo lo igualaba. La gran debilidad de la política consistía en no administrar la posteridad. Del mando absoluto se pasaba a la agraviante categoría del respeto: el ex Presidente recibía el esmerado trato con que se distingue a un fantasma.
“¿Qué es la política?”, solían preguntarle los reporteros. “Vocación de servicio”, contestaba el Primer Ciudadano, acompañando la frase con un gesto que en su opinión transmitía tendencia al sacrificio y austeridad republicana (bajaba la vista con humildad para verse las agujetas y se frotaba el mentón como agregando: “no hay de otra”). Sin embargo, su verdadera respuesta era: “La política es hacer que lo mío se vuelva nuestro”. La frase no le gustaba a sus asesores. Unos la consideraban mesiánica, otros la juzgaban peligrosamente reversible (¿el Presidente también quería que lo colectivo fuera suyo?). La mención de “lo mío” y “lo nuestro” podía ocasionar que los periodistas recordaran casos de malversación de fondos públicos.
Con todo, a él le gustaba la frase: “hacer que lo mío se vuelva nuestro”. ¿Había forma más satisfactoria de mostrar que sus ocurrencias eran un instrumento de divulgación social?
Vio unas calaveritas de azúcar en la mesa del comedor y experimentó una epifanía. Concibió una iniciativa muy suya y muy mexicana.
El único país que se amparaba en un emblema de depredación –el águila devorando a la serpiente- había desarrollado un culto a la muerte que transformaba la tragedia en fiesta. En los velorios se contaban los mejores chistes y se servía el mejor café con piquete.
Llegaba el momento de perfeccionar la cultura fúnebre desde la modernidad de la Administración. Para evitar la deshonra y la calumnia, inevitable resultado de la revisión histórica, los servidores de la patria contarían desde ahora con un programa de funerales anticipados. El retiro dejaría de ser una variante del olvido para transformarse en un activo control de la posteridad.
A partir de cierto nivel, el político de carrera merecería un servicio de pompas fúnebres sin pasar por el inconveniente biológico de morir. A diferencia de las antiguas exequias de Estado, éstas serían un festejo.
El Día de Muertos se instaló el Comité Consultivo para crear la Secretaría de los Difuntos Ilustres.
La función de la nueva dependencia sería garantizar que los funcionarios tuvieran el funeral preventivo que merecían, en el mejor estilo de un país que consagra a sus muertos juguetes, tamales y obras maestras del arte.
A través de la Dirección General del Más Allá, el interesado podría supervisar lo que se dijera de él. Toda noticia estaría sujeta a la ley de amparo póstumo. Al fin la posteridad política tendría el blindaje del sepulcro.
Como al Presidente aún le quedaba un año de mandato, aprovechó el tiempo para mostrar que la nueva Secretaría no estaba diseñada para su exclusivo beneficio. Por decisión de su gobierno, se celebraron funerales preventivos de cuatro Subsecretarios, tres Oficiales Mayores y dos Secretarios. La práctica se amplió después al Rector de la Universidad Nacional y dos líderes sindicales. Hubo una intensa polémica sobre la conveniencia de incluir en el programa de beneficios a los prelados de la iglesia. Con valentía republicana, el Presidente mantuvo la condición laica del más allá político.

