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Fábulas políticas

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Página oficial de Juan Villoro

La conferencia de prensa (1)

En los países donde la historia se estanca, hablar puede ser un acontecimiento. Esto explica la relevancia que la conferencia de prensa ha tenido en México. Durante 71 años, los políticos se plantaron ante un auditorio para decir noticias. Sus declaraciones formaron parte esencial de la realidad.

Esto no significaba que los periodistas les creyeran. Al contrario, la conferencia se basaba en una mutua incomprensión. El declarante no causaba sentido: por eso era noticia. Sus palabras no importaban en sí mismas; importaban porque desmentían, distorsionaban o confirmaban lo que otros dijeron.

No se recuerda la primera declaración que inició la cadena; sin ella, la serie hubiera sido imposible. La voz fundadora se había perdido. Ese vacío de origen potenciaba la discusión, que sólo podía ser actual. Las declaraciones circulaban en el inmediato aire del eco.

La conferencia de prensa podía ser aburrida, pero nadie se quejaba. La prensa buscaba opiniones, y sobre todo, opiniones sobre opiniones. Ante el micrófono, el político añadía un hilo a la madeja. La claridad hubiera acabado con un ritual de nudos y contradicciones.

Nadie escuchaba con el escalofrío del asombro. El cronista sagaz interpretaba silencios; el cronista crítico transcribía faltas de concordancia; el cronista comprado ponía “gelatina” donde el otro había dicho “jaletina”.

¿Cómo surgió esta arraigada costumbre?

Luego de las luchas armadas que desangraron al país, el Partido Único decidió que había terminado la historia. Las desbocadas cargas de caballería que buscaban justicia acabaron mal, pero permitieron llegar a las desperdigadas oficinas que tramitaban justicia.

En el mundo de la paz burocrática, ¿qué fue de las intrigas, las asonadas, los calambres, las luchas intestinas? ¿Prosperaban en la oscuridad de los archivos, bajo las persianas de los acuerdos secretos? ¿Los mismos hombres que se combatieron a caballo disputaban ahora a puerta cerrada? La política empezó a ser conocida como “la tenebra”, oficio de sombras.

Nada podía saberse en forma directa: el Partido Único garantizó el fin de lo múltiple y ofreció la novedad rectilínea: las cosas pasaban unas detrás de otras, conforme a decreto; si algo distinto ocurría, era imposible saberlo.

La patria revuelta conoció la serenidad donde nada sucede porque todo se tramita.

¿Cuáles son las noticias de un país sin otra costumbre que la normatividad? Las declaraciones.

Los políticos hicieron camino al hablar, con un lenguaje muy suyo. No se recuerda al genio inaugural que se quedó sin argumentos pero no sin orgullo y dijo que “aceptaba sin conceder”, ni al primero que ofendió con “todo respeto”, ni al que enfrentó toda crítica con la dura sentencia: “¡más a mi favor!”.

Las declaraciones contenían en sí mismas el valor de un ataque o una adhesión, pero esto no siempre se sabía. Había que descifrarlas para saber que el Licenciado Fulano era “el caballo negro”, el Licenciado Mengano “el enano amarillo”, determinada Secretaría de Estado “una cabeza de playa” y una oficina hasta entonces ignota “la quinta columna”.