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Fábulas políticas

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Página oficial de Juan Villoro

Cambios de rumbo (Homenaje a Slawomir Mrozek)(1)

Si otros países disponen de la hora del té o el rápido lunch de negocios, México perfeccionó el desayuno tonificante, que se digiere mejor a caballo. Después de degustar huevos con machaca o chorizo, ahogados en salsas de ardiente inspiración, el comensal queda listo para tomar Zacatecas y resistir hasta que los balazos se extingan y sea posible probar un bocado al calor de una fogata. El político de fuste desayuna como general en campaña. Poco importa que llegue a la cafetería en coche con chofer y que el resto del día enfrente un regimiento de trámites. Los poderosos ingredientes de la primera hora tienen un sentido ritual.

Refractarios a la transparencia, los miembros del Partido Único ofrecieron durante años señales herméticas para ser descifradas por los especialistas.

Los periodistas no tenían acceso a esos diálogos puntuados por el café y la salsa verde, en los que se amarraban acuerdos y se blindaban consignas, pero podían interpretarlos a la distancia. De pronto alguien dejaba de ser invitado, le servían el café frío, le ponían enfrente un acusador plato de digestiva papaya, lo dejaban llegar al final sin ofrecerle tortillas. Los reporteros registraban cualquier mordisco elocuente. Como el toreo o el teatro kabuki, el desayuno político era un sigiloso espectáculo de ademanes y poses.

El Partido Único fue acusado por algunas voces discordantes y no muy oídas de beneficiar durante décadas a una misma clase. Para acabar con estas conjeturas, el primer Presidente con doctorado contrató a un grupo de hermeneutas. Su misión consistiría en comprobar los plurales cambios de rumbo que el país había experimentado a lo largo de casi un siglo.

Los decodificadores de signos analizaron los desayunos de la clase política, máximo archivo de la discusión de iniciativas.

El informe mostró lo incluyente que había sido el Partido Único y las muchas ideologías a las que había dado cobijo.

En su origen, los comensales compartían la mesa con ánimo rijoso. Cada quien comía del plato que se le antojara. Fue la fase de la Revolución.

Esto trajo un previsible desorden. Hubo quien se ofendió de que le tocaran sus nopalitos y le encajó su cuchillo al vecino. Por el bien de la patria y la supervivencia de todos, se hizo necesario individualizar las raciones y repartirlas con anuencia del anfitrión. Así comenzó la Revolución Institucional.

El siguiente cambio ocurrió recién inaugurado el Partido Único. El apetito de novedad llevó a comer huevos con cuchara, algo no muy común (a no ser que se tratara de huevos tibios, los menos favorecidos por la clase política). Como las cucharas no siempre eran funcionales, los comensales llegaban al restaurante con los bolsillos llenos de cucharas confiables y las repartían entre los convidados. Fue la fase de la Unidad Nacional.