El aprendizaje del vértigo (1)
Un domingo en la Bombonera
Los superclásicos son la Navidad del fútbol. El anhelo casi siempre supera al resultado. Durante meses, los hinchas imaginan goles con la desmesura de los niños que piden una PlaySyation a Santa Claus a cambio de galletas para los renos que llegarán cansados.
El Boca-River del 4 de mayo de 2008 comenzó para mí con años de anticipación. En 1974 estuve en el Monumental para ver un River-Boca, pero no había ido la Bombonera, la excepción que Canetti no estudió en Masa y poder.
La espera cargó a la cita de tanta emoción que casi parecía una vulgaridad que se cumpliera. Amigos de México y España estaban atentos al 4 de mayo. El derby argentino interesa no sólo a quienes duermen con una camiseta que promueve la cerveza Quilmes, sino a la tribu planetaria interesada en las leyendas.
Como el Everest o la Gioconda, el campo de Boca tiene la fama de lo que es insuperable en su género: el espacio único donde se retratan japoneses. ¿En verdad representa el pináculo de la pasión futbolística? “Nosotros nos odiamos más”, me dijo el chofer que me recogió en el aeropuerto de Ezeiza. Se refería al encono entre Newells y Rosario. En el trayecto, habló de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor. En los grandes días, el fútbol era asunto de desprecio, y nadie odiaba como un canalla. Por desgracia, los medios inflaban repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: “Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires”.
No te preocupes: lo que tiembla es el mundo
El 16 de abril, Daniel Samper Pizano organizó en Madrid una cena para preparar el clásico. Ese día se jugaba la final de la Copa del Rey, entre Valencia y Getafe, pero no quisimos verla. Preferíamos hablar de fútbol futuro, es decir, del 4 de mayo. El otro invitado justificaba que la palabra interesara más que el balón. Jorge Valdano contó su debut como visitante en la cancha de Boca. Mientras se ataba los botines, sintió que todo se movía. Uno de los veteranos se acercó a decirle: “no sos vos, pibe, es la cancha”. Jugar en la Bombonera significa sobreponerse a un estadio a punto de venirse abajo por méritos pasionales. Ningún otro campo impone de ese modo en el ánimo del visitante.
En su estupendo libro Boquita, Martín Caparrós recuerda que fue en Argentina donde se bautizó al público como “jugador número 12”. Acostumbrados a la adversidad, los mexicanos consideramos que el marcador es una sugerencia que podemos ignorar. En cambio, el hincha argentino desea mejorar el resultado con tres recursos básicos: contener la respiración, putear a los contrarios y entonar canciones de amor lírico. No es casual que una de las barras más conspicuas se llame “la 12”. Sus integrantes no están ahí para ver un partido, sino para jugarlo con sus gritos.

