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Desde la cancha

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Página oficial de Juan Villoro

Elogio del árbitro y su suplente (1)

Tarjeta roja

En los campos pobres el árbitro suele protagonizar el juego. No cuenta con asistentes y su justicia es absoluta. Los futbolistas consideran su presencia como un lujo comparable a que las porterías tengan redes. Aunque se equivoque, el juez confirma que ese potrero es una cancha y recuerda que es peor jugar en campos del carajo donde no hay quien sople un silbato.

La vanidad del árbitro pobre suele ser inmensa. Por gastadas que estén sus ropas, rara vez mostrarán la ofensa del remiendo. Todos se fijan en él. No pocas veces busca congraciarse con el público y las chicas que verá en el baile de esa noche inventando un pénaliti a favor de la escuadra local con una fantasía estimulada por el abuso de autoridad. En las canchas donde hay que imaginar líneas de cal, los árbitros ligan más que los jugadores.

Una de las grandes paradojas de esta ocupación es que la mejoría trae ofensas. Ni siquiera es seguro que los réferis profesionales ganen más que los amateurs. En las provincias sin ley, el hombre de negro puede traficar con pénaltis y expulsiones. Osvaldo Soriano contaba la historia de un hábil negociador de jugadas que cobraba por marcar un córner. A no ser que se vea beneficiado por la sofisticada ilegalidad de la liga italiana, el silbante avalado por la FIFA debe cuidar de dónde viene su dinero.

Todos vigilan al árbitro

Normalmente, los esforzados impartidores de justicia ejercen otros oficios para pagarse la pomada contra los calambres. Suelen ser veterinarios, contadores, ingenieros. Rara vez desempeñan funciones en la ciencia pura o la humanidades. Gente práctica, que vive para las molestias útiles y vacuna un gato como quien saca tarjeta amarilla.

A diferencia de los jueces de llano, los árbitros de estadio tienen el privilegio de ser abucheados por la tribu, puestos en entredicho por los comentaristas, los entrenadores y los directivos, vigilados por la Comisión de Arbitraje. Cuando un locutor desea elogiarlos, dice: “El árbitro estuvo tan bien que no se notó”. No hay mejor recompensa para él que la invisibilidad.