La pasión en venta (1)
La inventiva naturaleza aún no nos sorprende con un perro dálmata rayado o una cebra con motas. Las fieras son constantes.
Para demostrar que puede oponerse a los designios naturales, el hombre ha ideado mascotas de diseño, como los peces que brillan la oscuridad o los gatos que no producen estornudos. Por suerte, esta alteración no ha llegado al pleno comercial. Aún no ha nacido el científico japonés capaz de inventar cachorros con la piel marcada por un anuncio de Toyota.
La apariencia animal depende del código genético (ya sea natural o alterado). La única excepción es del ser humano, que convirtió la hoja de parra en ropa interior y evolucionó para que la ropa definiera la personalidad de cada quien.
La camiseta de futbol surgió como emblema de pertenencia e identidad en los tiempos en que cada jugador –o su abnegada madre- estaba encargado de lavar la suya. Nadie pensaba entonces que eso tuviera otro valor que el simbolismo. Los aficionados distinguían a los suyos por la franja negra o las rayas rojiblancas en el pecho.
En aquella época del origen la estabilidad de un futbolista era tan larga como una novela rusa. De niño se probaba en el club de sus amores –casi siempre el de su barrio-, fichaba de por vida a cambio de un par de billetes y jugaba sin pensar que esa actividad pudiera llevarlo más allá de la portería contraria. La invención de los fichajes trajo un poderoso enigma emocional: ¿puede un futbolista ser aficionado de cada equipo que lo contrata? Con el profesionalismo y la opción de pasar de un club a otro ya no se podía esperar que el crack durmiera con la camiseta puesta y enjugara en ella las amargas lágrimas de la derrota, pero sí que su actitud implicara compromiso. El “amor a la camiseta” nació como algo literal (la pasión por una prenda amorosamente remendada) y luego se convirtió en sinónimo de respeto a los colores que avalan un contrato de trabajo.
La etiquetas del futbol observó un código severo hasta los años setenta. Jalar una camiseta resultaba afrentoso. Se trataba de prendas tan entalladas que representaban una segunda epidermis y no se podían jalar sin pellizcar al jugador. Por otra parte, los números en la espalda eran limitados. Los titulares iban del 1 al 11. Cada cifra definía una posición y una moral. “Juego de 10”, decía el desmedido émulo de Pelé. La camiseta indicaba en qué parte del campo el jugador expresaba su identidad.

