Ya sea ante un taxista hipercurioso, un reportero rutinario o el infatigable San Pedro, el escritor de ficción no puede evitar una pregunta, a un tiempo trivial y significativa: “¿Su libro es autobiográfico?” En la mayoría de los casos, quien interroga no parte de la lectura sino del asombro, primario e inagotable, de que la fantasía pueda provenir de la experiencia. Poco importa que el novelista en cuestión sea un curtido imaginador de extraterrestres: los otros desean saber con qué intimidad conoce a sus marcianos.
En mayor o menor medida, toda literatura es autobiográfica. “Madame Bovary soy yo”, exclamó Flaubert, para demostrar que un escritor se identifica a fondo con sus adverbios y sus adjetivos. Sin embargo, de acuerdo con Milan Kundera, esta frase se debe a Amélie Bosquet, novelista mediocre, deseosa de desprestigiar al colega que creía ser su personaje. Su frase cobró con el tiempo otro sentido y confirmó que las palabras literarias hacen que el mundo adquiera la resistente veracidad del apócrifo.
Alejandro Rossi ha renovado el indisoluble vínculo entre ficción y realidad con Edén. Vida imaginada, que acaba de recibir el Premio Villaurrutia. Su novela se ocupa con libertad de circunstancias autobiográficas. El punto de vista narrativo es un sugerente desdoblamiento: Rossi cuenta las peripecias de Alex, niño con el que dialoga a través del tiempo. Edén recrea el pasado en forma inventiva, no para traicionarlo, sino para buscar su secreta sustancia. De ahí el determinante subtítulo de “vida imaginada”.
Nacido en Florencia, de madre venezolana y padre italiano, Rossi abandonó Europa en los albores de la segunda guerra mundial y se estableció con su familia en Argentina. Edén cuenta esta errancia y los ritos de paso que comporta. Novela de aprendizaje, depende de un método de conocimiento que le debe mucho a la evocación sensorial, los asombros que llegan con la gratuidad de la magia.
Rossi no desea explicarse a sí mismo en forma retrospectiva ni simular que su exilio respondió a un orden inscrito de manera rigurosa en la trama del mundo. No prestigia su niñez con efectismo histórico; privilegia lo singular, lo irrepetible, lo que regresa como una vibrante ilusión de vida. Ya en el texto “Relatos” (incluido en Manual del distraído), Rossi había abordado un pasaje autobiográfico como un cuento que en cierta forma le era independiente e insistía en narrarse a sí mismo. Ahí, el descubrimiento de la belleza femenina es descrito como “ese hecho insólito y agobiante”. El testigo del misterio es rebasado por lo que ve.
Edén recupera las sorpresas y los desconciertos que conforman una infancia. El libro comienza mucho tiempo después, con la llegada del escritor a Alemania. Es entonces un hombre de cincuenta y tantos años, que ha estudiado filosofía y ejerce una literatura que alterna con fortuna la narración y el argumento. Durante el viaje encuentra a una lejana amiga de la infancia. Oír de nuevo ciertos nombres desata en él el torrente del recuerdo, pero sólo emprende la evocación de ese mundo un cuarto de siglo después. Esta lenta maduración no estuvo destinada a recargar los hechos sino a decantarlos.
Desde su título, Edén pertenece al orden celebratorio. Como Nabokov en Habla, memoria, Rossi está de parte del universo al que regresa. Sus recuerdos circulan con festivo proselitismo. Hay otras similitudes entre ambos autores. Al compilar sus cuentos, Nabokov incluyó “Madmoiselle O”, historia que fue leída como ficción hasta que se republicó como el capítulo 5 de su autobiografía. ¿Un relato falso o verdadero? Rossi y Nabokov hacen innecesaria esta pregunta. La ficción no se distingue del testimonio por ser mentira, sino porque no necesita comprobación. Surgida de lo real para aumentarlo, es “vida imaginada”.
A pesar del trasfondo que le brindan la guerra y el exilio, Rossi se resiste a inventar intrigas de época o buscar la artificiosa coherencia de un destino ejemplar. Elige, por así decirlo, “momentos desnudos”, que no dependen de un contexto que los trasciende sino de lo que ahí sucede. La pregunta “¿qué va a pasar?” carece de importancia porque la trama no se articula de manera episódica sino en fragmentos de experiencia, una unidad que se renueva como los vidrios de un caleidoscopio.
La novela desemboca en una epifanía: el niño nada en una alberca después de descubrir el amor, hacia un agua todavía futura. Esta perfecta imagen de la adolescencia hace suponer que al salir de ahí, Alex será Alejandro.
El soliloquio interior de Edén, la forma en que el autor discute con el que fue, recuerda la excepcional autobiografía de Isherwood, Christopher y los suyos, y remite a momentos no muy frecuentados de la tradición latinoamericana. Pienso, por ejemplo, en el venezolano Mariano Picón Salas, cuyos libros Mundo imaginario y Viaje al amanecer hacen que el recuerdo y la invención sean categorías complementarias y muchas veces idénticas. Con todo, no hay que forzar las comparaciones: Rossi aquilató como pocos la lección de Borges y su prosa está libre de la retórica que con frecuencia aqueja a Picón Salas.
El paraíso del novelista que vuelve al punto de partida suele estar presidido por la madre. Edén valdría la pena tan sólo por la recuperación de este idilio primordial: el amor siempre anterior.
En un pasaje de Habla, memoria, Nabokov le recita un poema a su madre, con tal concentración, que no advierte que ella llora. Tampoco se da cuenta de que en forma mecánica él aplasta un mosco en su mejilla. Sólo al terminar, ve las lágrimas de su madre. Ella le tiende un espejo para que él vea su propia cara, manchada por la sangre del mosco. ¿Cómo no percibió el piquete? ¿Dónde se hallaba cuando eso sucedía? Ante el espejo, el novelista apenas se reconoce, su verdadera identidad se encuentra en otra parte. Alejandro Rossi conoce el nombre de ese sitio: literatura, vida imaginada.