Se acaban de cumplir cien años del nacimiento de Cesare Pavese, escritor que perdura sobre todo gracias al doloroso diario que lo preparó para el suicidio: El oficio de vivir.
Imposible leer a Pavese al margen de sus papeles póstumos, los poemas de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos y el dietario donde planea su aniquilación (a los 30 años anota que desea matarse; lo cumple a los 42, y su último apunte es ya canónico: “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”). Estos mensajes sellaron una poética del acabamiento que dio algunas de las mejores novelas de la posguerra italiana.
Los personajes de Pavese suelen han pasado por una caída y se preparan para volver a decepcionarse. Después de la guerra, el escritor caminaba por las brumosas calles de Turín urdiendo tramas melancólicas. Tímido y solitario, se afilió al Partido Comunista, pero no asumió tareas concretas y cultivó un voluntario desarraigo. En el inmejorable retrato que le dedicó Natalia Ginzburg, aparece como alguien silencioso y taciturno, al que le cuesta trabajo dar la mano: “la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía distraída del joven que aún no tiene los pies en la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños”.
Pavese no se casó nunca, viajó muy poco, no tuvo una casa (vivió siempre con su hermana). Fue un trabajador de hierro que rara vez dormía, prefería los cafés más apartados y usaba una bufanda espantosa. Odiaba las oficinas, pero cuando se comprometió con la editorial Einaudi, hizo que sus compañeros de pasillo, Ginzburg e Italo Calvino, se sintieran holgazanes.
Como en tantos otros casos llegué a su obra por Alejandro Rossi. Para alguien que comenzaba a escribir, su prosa no podía ser más atractiva, un registro de suave abandono, la voz de un joven que regresa a los lugares como si los estuviera dejando.
Gran conocedor de la literatura norteamericana, Pavese se interesó en la literatura de la acción y los diálogos rápidos, pero eligió atmósferas crepusculares, donde el anhelo no se cumple y la comunicación se dificulta. Sus personajes agotan la vida con precocidad; están de vuelta, antes de comenzar.
Los emblemáticos comienzos de sus historias convierten el paso del tiempo en una condición moral. La casa en la colina: “En otros tiempos ya decíamos la colina como si dijéramos el mar o el bosque. Yo volvía a ella por las noches, subiendo desde la ciudad que se oscurecía, y para mí no era un sitio como otros, sino un aspecto de las cosas, una manera de vida”. El diablo en las colinas: “Éramos muy jóvenes. Creo que ese año no dormía nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo, y ciertas mañanas se le veía paseando delante de la estación a la hora que llegan y salen los primeros trenes”. La luna y las fogatas: “Existe una razón por la cual he regresado a este pueblo, aquí y no a Canelli, a Barbaresco o a Alba. Aquí no he nacido, es casi seguro; dónde he nacido, no lo sé; no existe en estos parajes una casa ni un pedazo de tierra ni huesos que me permitan decir: ‘he aquí como era antes de nacer’”. Este último pasaje corresponde a un huérfano abandonado en la escalinata de una iglesia. La idea de no pertenecer, de estar escindido, es esencial a Pavese. Ginzburg sugiere que tal vez por eso quiso morir como un forastero en la ciudad que amaba, en un hotel cercano a la estación de trenes.
Interesado en el mito (uno de sus libros tutelares era La rama dorada, de Frazer), buscó aplicarlo en la región que conocía, las colinas de Turín, las villas de una burguesía decadente, una playa propiciadora de ritos sensuales. Alberto Moravia dedicó un duro ensayo a subrayar el fracaso de Pavese, su incapacidad de encontrar el mito en escenarios comunes y diálogos coloquiales. La etnografía existencialista buscada por el poeta de Turín sobrevive con menso fuerza que sus atmósferas.
En el taller de Augusto Monterroso solíamos hablar de Pavese. “Es un gran escritor”, decía el maestro, “muy intenso, pero no recuerdo sus historias”. Treinta años después me sucede lo mismo. A diferencia de Moravia, Pavese dependía menos de los personajes y las tramas que del ambiente que oprimía sus textos como la niebla de su ciudad.
El oficio de vivir es una insólita preparación para la muerte. El tema del suicidio –único problema filosófico esencial, según Camus- nunca le fue extraño y también recorre sus poemas y la escena inicial de Entre mujeres solas. Para Pavese, el hombre que se quita la vida es un homicida tímido; desearía destruir su mundo y se conforma consigo mismo. Su diario ofrece la franqueza de un desconfiado, la amarga lucidez de quien recela siempre: “El arte de vivir es el arte de arreglárselas de modo que las cosas y las personas vengan a nosotros sin que debamos invitarlas. Para obtener esto no basta despreciarlas, pero es preciso también despreciarlas”.
Tal vez haya modos históricos de querer estar triste y el de nuestra juventud fue el de Pavese. Si no recuerdo mal, el primer ensayo que leí de Francisco Segovia trataba del autor de Trabajar cansa y Luis Miguel Aguilar le dedicó versos que son un lema de vida: “No hay modo de escribir literatura/ Si no eres superior a lo que escribes”.
Hubo un tiempo en que leíamos a Pavese para curarnos del exceso de ser jóvenes, para atesorar lo que aún no perdíamos y entender por adelantado el peso de la ausencia, las cosas buenas que dejarían de ser nuestras. Pavese anunciaba que las lámparas se apagarían y la colina seguiría ahí, indiferente a lo que tanto quisimos. Fue la lección de un taciturno que no quiso vivir mucho o que quiso mucho lo poco que vivió, y que vuelve a nosotros en cada dolor irreparable, cada hueco que sólo puede ser llenado por la bruma.